'La ley de Las Vegas': la comedia animada de Netflix que te hará reír hasta que pierdas el juicio
2026-02-20 - 12:33
Lincoln Gumb es abogado. Único heredero del negocio familiar, eternamente a la sombra de su fallecida madre, está a dos días de cerrar el bufete por falta de clientes. ¿Su problema? Es demasiado aburrido. Y es que Lincoln vive y trabaja en Las Vegas, donde únicamente prosperan los casos (y los letrados) más llamativos y más estúpidos. Cuando la serie da comienzo, está defendiendo a un imitador de Austin Powers, argumentando con pruebas físicas y lógica implacable que no ha podido ser el responsable de vomitar en el carrito de bebé que había junto a un par de tipos disfrazados de Elmo. Por supuesto, pierde el caso, porque a nadie le importan las pruebas físicas y la lógica implacable. No es hasta que forma equipo con una ilusionista en horas bajas, Sheila Flambé (estaréis ya notando un patrón: todos los nombres de personaje son increíbles), que deja de creerse por encima de su ciudad y decide convertirse en el showman más decadente en el mundillo del pleito. Es una sinopsis rocambolesca y ridícula para una serie rocambolesca y ridícula, y digo esto como el mayor de los halagos. Y es que hay una razón de peso para ello: a La ley de Las Vegas solo le importa ser graciosa. Igual que Community o Rockefeller Plaza, dos de los mayores clásicos de culto de la sitcom moderna, usaron sus premisas iniciales como mera excusa para experimentar al máximo con todo tipo de comedia; la creación animada de Cullen Crawford (curtido tanto en el mundo del late-night como en la maravillosa Star Trek: Lower Decks) aspira a una densidad de gags por minuto no alcanzada desde quizá Los Simpson en su cénit. Y, muy a menudo, lo logra. Esto se ve reforzado por su forma de abrazar la risotada más pura en todos los rincones que encuentra: ¿tiene algo la oportunidad de ser gracioso? En ese caso, lo será. Esto no solo incluye sus diálogos-metralleta (ante una melodía publicitaria de cinco segundos, Sheila espeta alegremente "¡ah, perdí mi virginidad con esta canción!"): también su imparable aluvión de gags visuales, sus desternillantes canciones de fondo, sus títulos de episodio (el piloto ya viene bautizado como "¡Por fin! ¡Una serie de abogados!") o el mismísimo logo final de su productora, parodia directa de la mítica Amblin Entertainment. No hay nada a salvo de la carcajada. También ayuda, claro, que por el camino la serie establece un equilibrio cuasi-perfecto entre la estructura episódica ("¿por qué todo lo que hacemos es tan alocado y conceptual?", destaca la joven Irene ante una de sus surrealistas premisas) y la continuidad estrecha, que aparece en los sitios menos pensados: desde ínfimos gags recurrentes viajando entre episodios, que sirven de recompensa constante para el espectador atento (el celebrity crush de Lincoln con Emily Blunt, la afición de Sheila por Dilbert...), hasta toda clase de secundarios que no dejan de regresar para perfilar su particular visión de Las Vegas como si de una nueva Springfield se tratara. Pero en gran parte, todo esto funciona porque la serie adora a sus personajes y quiere que tú los adores también. A lo largo de los diez episodios que forman su primera temporada, y entre juicios centrados en la verdadera identidad de Santa Claus (¡en pleno especial de Halloween!) o en demostrar la existencia de Dios (tal vez el punto álgido cómico de la serie hasta la fecha), La ley de Las Vegas logra encariñarte con su extraño cuarteto de protagonistas, situando un poco en tierra este absurdísimo mundo. Y a la espera de ver si la serie cuenta con el éxito suficiente como para seguir adelante tras la delirante conclusión de su primera temporada, está claro que Crawford y su equipo (que también incluye a guionistas como Branson Reese, autor del fantástico webcómic Swan Boy) han aprovechado al máximo esta oportunidad, tanto para firmar la serie que ellos mismos querrían ver como para llenarla de hilaridad hasta rebosar. Se la podrá acusar de muchas cosas, pero a diferencia de su protagonista, dudo que nadie sea capaz de tacharla de aburrida.