La lotería de nacer rey
2026-03-15 - 08:23
Nacer rey es una desgracia. Es como que te toque la lotería antes de nacer. Si la ganas con cincuenta años, estupendo. Pero si naces con ella debajo del brazo —en lugar del pan— deja de ser una bendición y empieza a parecerse a una condena. Todo ser humano desea, aunque sea como ilusión, la oportunidad de construir su propio destino. De lo contrario, ¿para qué atravesar este valle de lágrimas? Hace poco fue noticia que Sting había decidido no dejar su fortuna a sus hijos. No por despecho, sino por amor. "Mis hijos quieren forjar su propio camino en la vida. No tengo intención de quitárselo", explicó. La frase encierra una intuición clara: una herencia demasiado grande puede convertirse en un sabotaje existencial. La monarquía es también un privilegio abrumador para quien nace destinado a encarnarla. El propio Juan Carlos lo sugiere con crudeza en su último libro, Reconciliación: Memorias, publicado por Editorial Planeta y escrito con la colaboración de la periodista francesa Laurence Debray. En uno de los pasajes más reveladores escribe: "Ahora que mi hijo, por deber, me ha dado la espalda, que mis supuestos amigos han desaparecido, me doy cuenta de que nunca he sido libre". No soy monárquico —o nunca lo he sido demasiado—, pero eso no debería impedir reconocer un hecho evidente: las memorias del rey Juan Carlos deberían ser lectura obligada para cualquiera que quiera entender la historia de España del último medio siglo. En estos tiempos de literatura convertida ya en farsa —atrás quedó la literatura como tragedia— el libro de Juan Carlos, al que me asomé con un recelo pronto disipado, produce una sorpresa: es, en sí mismo, un libro profundamente literario. Se lee casi como una novela de acción, algo así como un Papillon de los palacios y de los grandes escenarios políticos. Pocas vidas españolas contienen tanta materia narrativa como la suya. El protagonista atraviesa la historia reciente de España con una mezcla de velocidad política y fatalidad histórica, y con la obstinación de un aventurero. Los acontecimientos avanzan mientras el narrador defiende su legado con convicción y, en no pocos momentos, con argumentos. He recomendado el libro a varios amigos y lo rechazan inmediatamente, tanto a izquierda como a derecha. "No me cae bien el personaje". Vivimos en un país marcado de forma decisiva por Juan Carlos I y, sin embargo, muchos prefieren ignorar su historia, como si comprenderla dependiera de la simpatía personal. Pero basta abrir el libro y leer unas páginas para descubrir que lo interesante no es solo el personaje, sino la extraordinaria materia narrativa que lo rodea y la pericia con que Debray y el propio monarca la convierten en relato. La aristocracia es, quizá, la clase social más literaria que existe. Tiene códigos, rivalidades, ceremonias, conspiraciones. Tiene brillo y tiene sangre. Y tiene subtexto. Por eso produce fascinación con la misma naturalidad con que el sol da luz. Salvando todas las distancias, el interés del libro recuerda al que despertó en el mundo editorial Personaje secundario, de Enrique Murillo, donde se describe el ecosistema de los libros desde la casta que decide quién publica y quién no. Allí también aparecen jerarquías invisibles, silencios estratégicos y secretos de poder. En Reconciliación desfilan figuras de toda índole, casi siempre retratadas desde la mirada personal del monarca, al margen de que su trayectoria política haya sido luminosa o sombría, lo cual constituye un ejercicio de autenticidad tan arriesgado como estimable. Entre ellas aparecen presencias inevitables: Franco, cuya herencia histórica el rey examina sin ocultar su ambigüedad; su padre, don Juan, cuya legitimidad dinástica Franco mantuvo durante décadas en suspenso; Adolfo Suárez; y Torcuato Fernández-Miranda, el cerebro jurídico que concibió la célebre fórmula de pasar "de la ley a la ley" para desmontar el franquismo desde dentro. Aparece también, en un retrato especialmente sugerente, la reina Isabel II de Inglaterra, con quien Juanito —como ella le llamaba— mantenía una relación cercana y afectuosa, una de esas complicidades discretas que solo se dan entre quienes comparten la extraña profesión de reinar. Quienes hemos visto con fascinación The Crown reconocemos en estas páginas heridas similares. La monarquía concede privilegios, sí, pero también arrasa afectos familiares y amistades personales. Entre la familia y la institución, el rey o la reina están obligados a elegir la segunda. Y sin embargo, hubo un momento en la vida de Juan Carlos en el que su margen de libertad existió. Podía haber optado por prolongar el régimen autoritario del que había surgido su corona, como muchos esperaban dentro y fuera de España. Podía haberse limitado a administrar una continuidad del franquismo con algunos retoques. Eligió otra vía: utilizar el poder que tenía —y la libertad que le permitía su posición— para impulsar la democratización del país. Ese es, le guste o no a cada cual la institución monárquica, el núcleo de su legado histórico. Eso explica también el tono con el que Juan Carlos habla de su hijo, Felipe VI. Hay en sus palabras cierta melancolía, incluso una sombra de reproche, pero también comprensión: "Comprendo que, en tanto que Rey, debe marcar una distancia con respecto a mí. Pero he sufrido como padre". Tal vez esa sea la ironía final de su vida: nació con muy poca libertad para decidir quién sería, pero utilizó la que tenía para ayudar a que un país entero pudiera decidir qué quería ser.