La máscara de Jim Carrey
2026-03-05 - 17:33
Pensaba que las teorías conspiranoicas se limitaban a aplanar la tierra o resucitar a Elvis Presley, pero ahora resulta que a los actores les salen 'dopplegangers' de la nada. Existe desde hace mucho una vieja sospecha de que Jim Carrey no es él sino un doble, alimentada por su temprana retirada, por sus cada vez más raras intervenciones y por el propio humor extravagante del intérprete. «Yo no existo. Simplemente pasan cosas y hay grupos de tetraedros moviéndose juntos», bromeó al respecto hace más de una década. Ahora han tenido que salir al paso los Premios César, que le homenajearon el otro día con un reconocimiento honorífico por su carrera, para desmentir que fuera un clon y no el humorista quien recogió el otro día el galardón, porque ni hablaba como él («tengo la lengua cansada», dijo en francés) ni se parecía a él en nada. Y es verdad que el rostro de Jim Carrey, estirado e hinchado, clamaba contra el bisturí que le anestesiaba la mueca al héroe expresivo, al hombre que retorció el gesto hasta el espanto, al contorsionista de la arruga que, por no saber envejecer o por miedo a que hacerlo deje de tener gracia, agradecía el reconocimiento sin interferencias en la cara, con los hoyuelos como ecos disidentes de los pliegues de la piel, pero irónicamente incapaz de cambiar de mueca incluso ante las palabras de la actriz Camille Cotin, que pasaron a tener un doble sentido probablemente involuntario: «Jim, estamos todos enamorados de tu cara, de esa capacidad de estirarse para desafiar las leyes de la gravedad y la dignidad también a veces [...] Creo que lo que te hace único es lo que tu rostro nos permite sentir», elogió la intérprete gala. Del discurso, que adquirió un tono de mofa pese a su intensidad emotiva por las circunstancias (la vida, el tiempo, las cirugías) y los contraplanos (tras cada alusión a su cara se enfocaba al actor, que sonreía como congelado), me llamó la atención, fuera coñas, una frase: «Tu talento actoral tiene algo profundamente humanista, haces visible la vulnerabilidad sin juzgarla jamás». Al final, me recordó a Robin Williams, a los payasos tristes, a la ironía de que los cómicos terminen escondiendo en sus chistes problemas de salud mental, una profunda amargura, un desdén contra sí mismos que quizás la cara, como espejo del alma, les evoca a diario. De ahí, quizás, la «chispeante» máscara de Jim Carrey, que no es verde ya sino de piedra.