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La miniserie de terror de Netflix con Camila Morrone para romper parejas: crítica de 'Algo terrible está a punto de suceder'

2026-03-26 - 20:40

El miedo al compromiso es un resorte interesante para el terror y la serie Algo terrible está a punto de suceder se aferra al pánico al matrimonio para establecer una cuenta atrás en ocho episodios que van alimentando un misterio de "todo o nada": si no está a la altura de lo que promete, el viaje será un tanto inútil. Hay expectación por venir con el sello de los hermanos Duffer, en su primera producción tras el final de Stranger Things, pero su presencia es más bien circunstancial. Pese al inevitable reclamo de la pareja, el nuevo original de Netflix, que se estrena el 26 de marzo, es realmente la primera gran ficción de la showrunner Haley Z. Boston, una voz emergente en el terror que acumula en el currículum ser la guionista de proyectos de nuevo culto como Nuevo sabor a cereza (2021), y la aclamada antología El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro (2022), acompañada de la directora Weronika Tofilska —de Mi reno de peluche (2024)—, todas ellas también de la plataforma. De qué trata 'Algo terrible está a punto de suceder' Definir rápidamente Algo terrible está a punto de suceder es complicado, pero más o menos tiene forma de una comedia negra sobre una futura boda; o un thriller de terror psicológico con tintes satíricos sobre ansiedad social y dinámicas familiares tóxicas, bajo una premisa que no resultará extraña a los que hayan visto Déjame salir (2017) o Noche de bodas (2019). La idea de conocer a los suegros como meterse en la boca del lobo, aquí siguiendo a una mujer llamada Rachel, interpretada por una divertida Camila Morrone. Junto a su prometido Nicky (Adam DiMarco), vemos toda la semana previa a su enlace en una lujosa y aislada mansión, una especie de celebración "preboda" que se torna en un descenso a la locura cuando la paranoia empieza a apoderarse de ella. No sabe si es una presencia malévola, o un secreto oscuro de la familia, pero la identidad de Rachel empieza a erosionarse en una cuenta atrás de cinco días, donde la "psicosis nupcial" se transforma en una tensión asfixiante a medida que va descubriendo incógnitas. Boston ha comentado en notas de prensa que el entorno perfecto de su casa y sus padres, con una larga vida de casados, filtró su visión del género y que su miedo al compromiso nace del miedo a perder algo nacido del amor verdadero. Según ella, su serie es el cierre de una "trilogía temática" de horror femenino: si Carrie (1976) es la versión terrorífica de convertirse en mujer y La semilla del diablo (1968) la de convertirse en madre, la suya es la versión definitiva del horror de convertirse en esposa, el matrimonio como una jaula psicológica. Entre sus influencias cita la "histeria corporal" de La posesión (1981) de Andrzej Żuławski, la "claustrofobia" de Celebración (1998) de Thomas Vinterberg, el "surrealismo" de Melancolía (2011) de Lars von Trier y la "crueldad dialéctica" de ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966), un tapiz de referencias que efectivamente pueden seguirse fácilmente en la pantalla, apoyándose principalmente en la incertidumbre. Hay que apuntar que Boston tampoco descubre el arroz con leche en el género del pavor femenino a elegir a la persona equivocada. Conocer a los suegros como deporte de riesgo Algo terrible está a punto de suceder a veces parece una extensión de secuencias de pesadilla sobre bodas que esconden temores freudianos profundos, como por ejemplo la de Amor entre sombras (1964) de William Castle y El sueño del demonio (1988) de Harley Cokeliss. También lo hemos visto en nuestra La novia ensangrentada (1972) de Vicente Aranda o diferentes versiones de la leyenda de Barba Azul, entre ellas la reciente Keeper (2025) de Oz Perkins, que jugaba con esa paranoia de forma brillante. En realidad, el miedo a la cara oculta que solo se revela una vez consumado el matrimonio es uno de los miedos más universales de la mujer durante toda la historia, pero Boston introduce capas muy sutiles de alarma que no tienen tanto que ver con el miedo atávico al marido monstruoso. A través de una puesta en escena minimalista, y una paleta de colores desaturada, la dirección siempre trata de evocar la frialdad emocional de la familia anfitriona. Todos los secundarios son retratados con una pulcritud aristocrática antinatural. Rachel luce prendas progresivamente más pesadas, que parecen simbolizar visualmente cómo la celebración la está asfixiando. Una atención al detalle estético opresiva que no siempre se acompaña de un guion a la altura de las pretensiones. Morrone se presenta como lo mejor de los primeros siete episodios mostrados a la prensa, una Rachel inteligente, introvertida y torpe en contrapunto con una siempre amenazadora Jennifer Jason Leigh, que muestra su músculo de veterana del cine de género. El problema es el equilibrio desigual entre momentos de diálogos sarcásticos y los momentos de horror prometidos, pese a la atmósfera sonora infalible de Colin Stetson, el compositor de Hereditary (2018), que trata de ser fiel a los malabarismos entre el miedo y la comedia, que funcionan muy bien en los primeros compases, durante la llegada a la casa y con la hospitalidad rechinante de los suegros donde algo no termina de encajar. ¿Promesas vacías? Sátira tibia y horror contenido También reman en la misma dirección las primeras apariciones de Portia (Gus Birney), la hermana de Nicky, cuyo comportamiento impredecible suma anomalías en un entorno psicótico. Durante los siguientes días se juega con el aislamiento emocional, el peligro intuido, la disolución total del "yo" de Rachel, o la posible presencia de un gancho folk horror que sustenta la amenaza ancestral: la boda como una ceremonia que exige un sacrificio. Todo puede ser una conspiración familiar o una pesadilla existencial colectiva, pero ninguna de esas posibilidades coge nunca vapor. Sin ver el capítulo final es difícil establecer si el gran desenlace es una ruptura total con lo esperado o continúa en un tono de extrañeza perpetua, lo que sí que puede decirse por el momento es que Algo terrible está a punto de suceder no acaba de despegar en ningún momento, tendiendo al vicio de la mayoría de series con una buena idea pero sin suficientes intuiciones para mantenerla, dejando que una gran parte del diálogo de personajes tome el control, perdiendo la esencia de género que parecía plantear. Esto convierte la serie en una producción demasiado mimetizada con el método de la caña y la zanahoria de otras producciones de Netflix, con una cubierta interesante pero la sensación constante de que nos están reservando la proteína demasiado tiempo, tanto que el interés se pierde incluso en su tramo final, cuando entra la quinta marcha. No hay nada demasiado tenebroso como para ser una gran serie de terror, ni nada demasiado agudo como para poder considerarla una gran sátira. El potencial está ahí, pero nunca deja de ser demasiado vaga y, aunque no haya nada que desentone, deja cierta sensación de decepción, no tanto por los nombres asociados al proyecto, sino por las propias expectativas que carbura su arranque, quedando como un amago sin riesgo de Estoy pensando en dejarlo (2020). Al menos nos confirma que las producciones con títulos largos tienen algo de impostura cool anémica, como esas pizzas de masa crujiente, pero con sucedáneo de queso donde hay que buscar los ingredientes con lupa.

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