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La película de hombres lobo que triunfa en Netflix llevaba años guardada sin estrenarse en España pero es una joya de terror

2026-01-31 - 19:36

Después de medio lustro de espera, por fin se ha estrenado en España The Cursed —también conocida como Eight for Silver—, para entrar directamente en el top 10 de películas de Netflix. Se trata de una épica gótica de licántropos que navega entre las aguas del cine Hammer, el terror sobrenatural de estos últimos años y transformaciones inusuales en el subgénero que remiten incluso a La cosa de John Carpenter. Una visión inusual que había pasado desapercibida hasta llegar a la plataforma. Los hombres lobo en el cine rara vez nos dan alegrías y la última vez que nos ilusionamos con un nuevo remake salió rana. El cine de licántropos ha sido relegado a pequeños estrenos de vídeo casi a la fuerza, incapaz de recuperar su esplendor de los años 80, pese a los constantes intentos de estudios como Universal, que ahora distribuye esta producción independiente. Hombre Lobo, dirigida por Leigh Whannell el año pasado, volvió a hacer agua y se suma a una inercia de quince años sin éxitos comerciales o críticos de peso. Esto nos habla de una norma no escrita en el género y es que el ahorro presupuestario y el uso de CGI han mermado la fuerza visual de un mito que, a diferencia del vampiro —con ejemplos recientes como Nosferatu de Eggers o Los Pecadores— sigue sin encontrar su camino de vuelta a la relevancia. Los efectos digitales, mejores o peores, que inundan las producciones actuales no son capaces de transmitir la sensación visceral que hacía tan efectivos a los monstruos de Rick Baker en Un hombre lobo americano en Londres o los de Rob Bottin en Aullidos. Un hombre lobo victoriano en la campiña francesa Werwulf, la nueva propuesta de Robert Eggers para final de año, nos da de nuevo esperanzas al ubicar al monstruo en época medieval, pero, aunque The Cursed solo se remonta a la era victoriana, ya llevó con éxito al licántropo al cine de época hace cinco años. Sacando al hombre lobo de su hábitat estadounidense, la película de Sean Ellis se presenta como un horror decimonónico que recupera la esencia de los clásicos de los 70 con una fotografía cruda pero con un suntuoso formato panorámico en 35 mm. La cámara abraza los paisajes brumosos con una amplitud vasta que dialoga con el western, pese a que la historia está ubicado en el entorno rural francés del siglo XIX, por lo que hace alguna referencia a la bestia de Gévaudan, sirviendo prácticamente como spin off secreto de El pacto de los lobos. La diferencia es que, en vez la resolución Scooby-Doo de aquella, aquí la licantropía existe y se manifiesta como una dolencia física degradante, pero menos como el "tiene fiebre, ha pillado la rabia" de Whannell, sino más cercana a mutaciones orgánicas del cine ochentero. No hay transformaciones románticas bajo la luna llena, sino corrupción corporal brutal que se refleja en pantalla con una combinación de efectos especiales tradicionales y un CGI modesto, usado principalmente para el movimiento del monstruo completo, para el que se ha decidido seguir la ruta hirsuta, enfermiza, de Ginger Snaps, lo que siempre juega a favor si no hay tiempo para renderizar pelitos. Además, la cámara es consciente de las limitaciones de la producción y usa trucos como el desenfoque, las distancias y la vista deslocalizada. El gótico británico frente al terror sobrenatural contemporáneo Ellis imprime una estética deudora de la Hammer, utilizando exteriores nebulosos que podrían aparecer en cualquier producción de Terence Fisher: señores almidonados y señoras encorsetadas, con la típica elegancia decadente de los títulos tardíos de la productora. Tanto es así que el film tiene ese toque granuloso y desprovisto de color de la productora rival, la Tigon, que aprovechó esa huida del gótico para introducir más sexo y violencia en la campiña británica, con ecos de La garra de satán. Aunque la violencia está un poco rebajada en la versión que se estrenó en salas —la copia que se pudo ver en Sitges era aún más salvaje— el gore está muy presente y es contundente, con un carácter doloroso, desprovista de glamour de los años 70. La fotografía de Jon Baijon ayuda que a dualidad de los bellos paisajes rurales manchados de sangre recuerde a Cuando las brujas arden o El grito de la muerte, y no es por casualidad que también crea nexos con la brujería y la maldición, pese a tratar la licantropía como enfermedad. The Cursed no reniega de la tradición gitana original de la Universal, pero le da un nuevo enfoque más parecido al de Maleficio de Stephen King, de hecho en sus primeros compases es heredera directa del terror sobrenatural de estos años post Expediente Warren. Con algunos sustos con un "espantapájaros" de pesadilla, une el folklore europeo con la licantropía a través de una conexión con lo diabólico, con sus alucinaciones perturbadoras y todo el conjunto de tropos recientes. Una historia con ambición épica Más allá del terror más reconocible, lo que da a The Cursed una entidad inusual en producciones recientes de gran estudio es que construye una narrativa épica sobre una familia poderosa pagando por sus pecados en distintas épocas, empezando con una enérgica secuencia bélica que establece el misterio que se va desarrollando en sus casi dos horas. Boyd Holbrook aporta una presencia aventurera adecuada, mientras Kelly Reilly rema hacia la sobriedad de los clásicos. El uso constante de exteriores, donde Ellis aprovecha los paisajes franceses para crear composiciones de una amplitud casi fordiana, da a los bosques insondables y los campos una presencia constante en donde saltan las mansiones aisladas, dotando de personalidad a un espacio físico que levanta cimientos de fisicidad alejada de pantallas verdes. El marco temporal también va a contracorriente a los típicos marcos reducidos a unas horas. Los encuentros con la bestia y asesinatos van teniendo una dosificación a lo largo de varios días. Como una crónica al estilo Romasanta (2004), o una versión sofisticada de Hombre lobo: La bestia entre nosotros (2012), The Cursed tiene entidad de sobra para justificar que hubiera podido estrenarse en salas. La pandemia y los caprichos de la distribución son así, pero al menos Netflix ha hecho su magia y por fin ha podido encontrar su público, con un timing que la beneficia, ya que tras El último viaje del Demeter y Nosferatu, hay mejor receptividad para el terror de época, más para un título que devuelve la dignidad a un monstruo que llevaba décadas deambulando sin rumbo.

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