La península de las sillas vacías
2026-02-01 - 07:55
El lema era evidentemente conciliador: "1936: la guerra que todos perdimos". Es el que habían escogido Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra para las jornadas sobre la Guerra Civil española que se iban a celebrar en Sevilla entre el 2 y el 5 de febrero, pero que se han suspendido hasta nueva fecha. Se han suspendido porque David Uclés les ha declarado la guerra. Declarar la guerra a un mero debate sobre la guerra es, aparte de una redundancia, una reacción un tanto sobreactuada y extemporánea, que Uclés ha justificado por la simple asistencia a dicho ciclo de Aznar y Espinosa de los Monteros, en los que él ve algo así como la encarnación del franquismo. Querer ver ese tipo de cosas en dos personas que ya se hallan alejadas de la política activa es mucho querer ver. Es incurrir en una hipérbole, esa figura literaria que el diccionario de la RAE define en su segunda acepción como "exageración de una circunstancia, relato o noticia". La hiperbolización en el debate político es uno de nuestros actuales y cotidianos males nacionales. Tradicionalmente ha sido un vicio retórico que se practicaba únicamente en las sesiones parlamentarias, y al que no le prestábamos gran credibilidad en la vida real. Un político acusaba a otro para dar más dramatismo y colorido a su oratoria de comportarse como Hitler o Stalin, pero esas comparaciones verbales tan subidas de tono se quedaban en el Congreso de Diputados, de puertas para dentro. Se entendía que eran eso: teatro. Y a nadie se le ocurría ver a Stalin o a Hitler fuera del hemiciclo, recorriendo a pie la carrera de San Jerónimo. El problema que tenemos hoy, y que algunos han conseguido crear, es que esas categorías ficticias han saltado a la calle y se están haciendo verosímiles en la vida social. Hay gente que ya ve nazis y comunistas por todas partes y que te habla de fachas y de rojos en una simple conversación de café. La paradoja, por otra parte, reside en que hasta en quienes abrazan dichos estereotipos oficialmente en el guiñol político, uno ve mucho de impostura y de representación virtual. Sí. Creo sinceramente que esa hiperbolización ideológica de la vida civil no responde en absoluto a la España real. Más aún, ni siquiera respondió en su día a la España de 1936. Hay quien está empeñado en hacernos creer que este país estaba dividido en aquellas fechas entre partidarios de las fuerzas del Eje y de la Unión Soviética. Ciertamente, fue la existencia de aquellos dos potentes polos la que hizo posible la guerra en nuestro suelo, pero creo que incluso entonces la mayoría del pueblo español era mucho más relajada, alegre, tolerante y plural. En 'Bienvenido, Mister Chaplin' un ensayo que ha merecido el Premio Nacional de Historia de España el pasado año 2025 y que recomiendo con todo el fervor, Juan Francisco Fuentes rompe ese esquema maniqueo, que se nos ha hecho creer, de un país dividido entre germanófilos y rusófilos para levantar acta de la fascinación que experimentó la juventud española de los años 30 por la América de los rascacielos, el maquinismo, el deporte, el jazz y el cine de Hollywood. David Uclés nos quiere vender, además de sus libros, un país dividido como en el 36 y no ha querido sentarse junto a los que no tienen sus ideas. De la península de las casas vacías, él y algunos más quieren pasar a la de las sillas vacías. En la misma semana, Sánchez, Puente y los líderes de Vox no han querido tampoco ocupar las sillas que les correspondían en el funeral por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. Que se vaciaran las casas en la Guerra Civil fue algo muy triste, pero inevitable y consustancial a una situación bélica como aquélla. Lo que es perfectamente evitable, además de triste, es que en un tiempo de paz queden vacías todas las sillas de un simple congreso literario sobre una guerra que se desató hace ya 90 años o una sola de las sillas de un funeral por las víctimas de una tragedia que debía unir a todo el país.