La puesta en escena de 'Lo de Urdangarin'
2026-02-02 - 06:45
Una habitación palaciega. Un espejo que refleja al equipo técnico de la tele con sus cámaras prendidas. Y dos sillones, que no tronos, prácticamente a contraluz. Como si el Sol los estuviera dando la espalda. La puesta en escena elegida para la entrevista de Jordi Évole a Iñaki Urdangarin resalta con fuerza la expresividad del ex de la infanta Doña Cristina. Casi al estilo de los pintores de reyes y reinas, que ilustraban toda la grandeza que se quería aparentar ser y dejaban entrever toda la crudeza que se ansiaba querer ocultar. Urdangarin ya no es de la Familia Real. Pero mantiene la solemnidad de haberse curtido bajo el paraguas de una institución así. Ni siquiera puede evitar quitar el "Doña" cuando se refiere a la que fue su mujer, la madre de sus hijos. Hay protocolos que cuesta dulcificar incluso en 2026. En un momento de la entrevista, hablan de Pilar Miró, que realizó su boda. “Igual que una película”, incide Jordi. En realidad, Miró nunca diferenció entre tele y cine. Lo esencial era contar la historia, repleta de sus matices. Como Goya. Como Velázquez. Para lograr la belleza del detalle, Miró, no se permitía dejarlo todo a la improvisación de pillar en directo aquello que acontecía en el enlace. Al contrario, planificaba la emisión dotándola de la riqueza de tomas más artísticas. Invertía en plasmar el rincón que la mayoría pasan de largo. Y, a veces, el rincón hay que pregabarlo para captarlo mejor. Así, días antes, acudió a la catedral de Barcelona para grabar particularidades de la catedral e incorporarlas en el momento exacto del guion de la boda. Como si fueran retratadas en directo. La magia de la tele. La boda de Doña Cristina y Urdangarin fue el último trabajo de Pilar Miró. Murió solo unos días después, con 57 años. España aún veía las bodas reales cual actos históricos para la eternidad. La propia audiencia se creía importante, pues se sentía asistiendo en primera persona a un acontecimiento que quedaría en los libros. Incluso recordaría dónde estaba aquella mañana de cuento de princesas con final feliz. Aunque la sombra perfilando el rostro de Urdangarin en La Sexta define la cara y la cruz detrás de la felicidad peripuesta que retransmitimos a todo el mundo. Y con esta alegoría, de la cara y la cruz de la moneda, el programa ha repetido sesión doble en prime time. El primer capítulo: cuando todo te va de cara. Deportista con el pasaporte de la guapura y con la conquista del amor de pedigrí monárquico. La mezcla provoca la excitación del éxito. Los pelotas aparecen. La vida te sonríe. El poder está de tu lado. Hasta hacerte creértelo. Entonces, la ambición se te va de las manos, dándole la vuelta monetaria. La cara gira en cruz. Ahí se centra el segundo episodio, un retrato de las puertas abiertas por una particular meritocracia nupcial: el Instituto Nóos, las asesorías más por tus vínculos que por lo que puedes aportar, aceptar los nombramientos en consejos de administración varios -a pesar de que no atesores el conocimiento para lo que se defiende en ellos-, la condena... la codicia desmoronándose. Urdangarin más íntimo que nunca en la tele con Évole y, sin embargo, el encuadre fijo de la cámara, al estilo de los bodegones pictóricos, remarca cómo intenta seguir vendiendo valores sin lograr quitarse el traje de apariencias con el que le conocimos en aquella boda tan histórica en inminente presente y, al final, tan paradójica, con la perspectiva que otorga el tiempo. Aquella boda tan romántica, tan lustrosa, tan adornada, tan vitoreada, tan trascendentemente intrascendente. Aquella boda tan poderosa y, a la vez, tan decorado. Y qué problema, cuando te crees que eres alguien y, sobre todo, eres decorado.