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La revolución de la cruz en las calles

2026-03-29 - 02:40

Leí esta semana a un conspicuo columnista, de cuyo nombre no me quiero acordar, decir que quedaban pocos días para que cientos de miles de católicos se «apropien del espacio público» exactamente igual que los musulmanes al final del Ramadán. No hubiera sido difícil ser más preciso y afirmar que las cofradías inscritas en el Registro de Entidades Religiosas son 5.534 y que los cofrades alcanzan el millón , a los que, por cierto, no se les puede medir por el mismo criterio homogéneo de creencia. Hubiera incluso podido añadir cuál que la religiosidad popular aporta al PIB de España unos 9.900 millones de euros, alrededor del 0,95–1% del PIB y unos 134.000 empleos vinculados. Dejando a un lado este tipo de argumentación instrumental, y la escasamente acertada comparación entre la Semana Santa y el Ramadán, conviene aclarar que los católicos no se apropian del espacio público porque ya son propietarios de él, como lo son todos los ciudadanos. El espacio público, incluso de lo público, no es del Estado, sino de la comunidad, de la sociedad como geografía de encuentro, de aportaciones de sentido destinadas a configurar la convivencia. Que la Semana Santa ocupe durante estos próximos días lo público, tal y como hacen no pocas competiciones deportivas y reivindicaciones políticas y sociales, no es más que un ejercicio de libertad y una expresión de la dimensión pública de la fe. A nadie se le obliga a salir en un paso, ni a asistir a una procesión. Estamos ante una expresión privilegiada de la estética de la fe que interpela al drama de lo humano. En los primeros siglos, cuando los cristianos miraban la cruz, no veían tanto el sufrimiento sino el abrazo de Cristo al mundo. El planteamiento de la cruz es revolucionario porque no habla del dolor, sino del amor. La calidad de una religión ya no se mide por la cantidad de dolor que puede consolar, sino por la de amor que puede dar. La religión ya no es lo que la humanidad tiene que dar a Dios, sino cómo tenemos que dejar que nos dé.

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