La ruptura del orden internacional
2026-03-15 - 14:03
El orden internacional contemporáneo se apoya en dos principios básicos: la prohibición del terrorismo y la obligación de los Estados de proteger a su propia población. Cuando estos principios se vulneran, el sistema internacional se debilita. El terrorismo chií vinculado al régimen iraní constituye una de esas rupturas. A través de organizaciones como Hezbolá y diversas milicias en Oriente Medio, Irán ha desarrollado una estrategia de proyección de poder basada en actores armados que operan fuera del marco del derecho internacional. Estas organizaciones permiten ejercer presión política o militar sin asumir formalmente la responsabilidad directa de la violencia. Pero la ruptura del orden internacional no se limita al exterior. Se manifiesta también en las olas de represión que el propio régimen ha ejercido contra su población. Las protestas en Irán han sido respondidas con detenciones masivas, violencia policial y persecución de disidentes. Terrorismo exterior y represión interior son, en este sentido, dos caras de una misma lógica de poder: el uso sistemático de la violencia como instrumento político. Cuando un Estado adopta esta estrategia, no solo amenaza a sus adversarios; también erosiona las normas que intentan limitar la violencia en el mundo. Por esta razón, las invocaciones abstractas al 'orden internacional' resultan problemáticas cuando ignoran estas realidades. Defender ese orden exige algo más que retórica diplomática: implica reconocer que no puede sostenerse sobre la tolerancia hacia regímenes que combinan terrorismo exterior con represión interior. Las campanas doblan siempre por quienes creen que pueden ignorar indefinidamente estas contradicciones. Porque cuando el orden internacional se invoca selectivamente, termina perdiendo su fuerza moral y política. María Victoria T. García- Lomas. Torrelodones (Madrid) Vivimos tiempos convulsos donde el odio, explícito o camuflado, campa a sus anchas en defensa o adhesión a las ideologías, como nos muestran varios episodios a lo largo y ancho del globo terráqueo. Parece que tener ideas, da igual las que sean: políticas -de derechas o izquierdas, extremas o no-, religiosas, sociales,... o de lo que se tercie; están por encima del respeto a la dignidad de la persona y justifican todo: la violencia, los insultos, las vejaciones... Para arreglar este mal global, y como nueva cortina de humo, el gobierno ha creado la Huella del Odio y la Polarización (‘Hodio’): «Es una herramienta desarrollada por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones a través de Oberaxe». Lo que ‘Hodio’ y sus promotores no pueden entender, es que una cosa es estar polarizado y otra, bien diferente, es tener polaridad. Ya que cualquier ciudadano tiene derecho a expresar sus ideas. Es lo que llamamos, en democracia, libertad de expresión. Que no es lo mismo que poner nuestras ideas por encima de las personas, o atacarlas por sus razonamientos, ya que genera un discurso de odio. La polaridad está en el plano de las ideas y su defensa. La polarización está en el plano personal y del ataque. Una persona cívica, si es reconocida por algo, es por respetar a los demás por lo que son, personas, y no por lo que dicen. Es decir, destacan por la capacidad de tender puentes y de dialogar. Por otro lado, el incívico, si es reconocido por algo, es por faltar al respeto y por tolerar ideas diferentes a las propias, sin perder la paz. Álvaro Gil Ruiz. Madrid