La segunda -e inquietante– ola de adelgazantes ya está aquí: pastillas, dosis personalizadas...
2026-01-29 - 19:01
Hace apenas tres años, Ozempic solo era un medicamento más para diabéticos. Hasta que los famosos empezaron a pinchárselo para adelgazar, el caos se desató y las existencias estuvieron a punto de agotarse. Las farmacéuticas tuvieron que reajustar toda la producción y, de paso, desarrollar nuevas marcas con los mismos principios activos: Wegovy, Mounjaro, Zepbound. Hoy es el fenómeno farmacéutico del siglo, un mercado que superará los 150.000 millones de dólares en 2030. Estos medicamentos imitan una hormona intestinal –el GLP-1– que se libera solo después de comer y que dura unos minutos en el cuerpo mandando al cerebro la señal de «ya estás lleno». Pero la versión de laboratorio es mucho más persistente. El resultado es que tu cerebro cree que acabas de comer incluso cuando llevas horas sin probar bocado. No a todos les funciona igual, pero cuando funciona es espectacular. Se consiguen resultados que antes solo se lograban con una reducción de estómago o una liposucción. Hasta ahora el modelo funciona así: el médico prescribe el medicamento, se ajusta un poco la dosis y se ve qué tal responde el paciente. Pero centros como la Clínica Mayo en Estados Unidos empiezan a hablar de medicina de precisión aplicada a la obesidad. El objetivo es combinar datos de genética, análisis del microbioma intestinal, historia metabólica y estilo de vida para anticipar qué tipo de fármaco, en qué dosis y durante cuánto tiempo va a funcionar mejor en cada persona. Muy pronto la escena podría ser más parecida a la oncología actual: antes de recetar, se analiza la 'firma biológica' del paciente y se elige entre un abanico de moléculas y combinaciones. Pero si algo retrae a muchos pacientes es la aguja semanal. Ese obstáculo empieza a desaparecer: la FDA norteamericana aprobó en diciembre la primera pastilla de Wegovy. Una cápsula diaria que ha demostrado una pérdida de peso del 16,6 por ciento en 64 semanas, prácticamente igual que la inyección semanal. Se acaba de lanzar en Estados Unidos con un precio (149 dólares) notablemente inferior al de las inyecciones, aunque sigue siendo elevado para muchos pacientes. Otras farmacéuticas ya tienen sus propias versiones orales en camino. España y Europa miran de reojo ese movimiento. La versión oral ya se usa para diabetes en algunos países, y el salto al tratamiento del sobrepeso es cuestión de tiempo, con negociaciones en marcha sobre licencias y precio. Estos tratamientos tienen una sombra importante: cuando adelgazas rápido con ellos, no solo pierdes grasa; también pierdes músculo. Los estudios sitúan la pérdida de masa muscular entre el 20 y el 35 por ciento del peso perdido. El problema es especialmente grave en mayores de 65 años, que ya pierden músculo de forma natural con la edad. Si a eso le sumas la pérdida adicional por el medicamento, puedes cruzar el umbral hacia la fragilidad: caídas, fracturas, pérdida de movilidad. La industria farmacéutica lo sabe y busca soluciones. Eli Lilly adquirió una empresa que desarrolla un fármaco para preservar músculo. Los primeros ensayos son prometedores. Mientras tanto, se recomiendan ejercicios de fuerza de intensidad moderada: pesas ligeras, bandas elásticas... Y se insiste en la importancia de consumir proteína de calidad –al menos 25-30 gramos por comida–, que en pacientes mayores se vuelve casi un 'fármaco' más para defender huesos y musculatura frente al adelgazamiento acelerado. Las grandes empresas de alimentación también lo han visto. Nestlé ya ha anunciado el lanzamiento de gamas específicas para personas que toman estos medicamentos, productos ricos en proteínas diseñados para compensar la menor ingesta calórica. Se abre así un nuevo nicho: no de comida 'para adelgazar' como antes, sino de alimentos para quienes ya adelgazan con medicación y necesitan que lo que sí comen sea lo más nutritivo posible. El medicamento estrella de esta segunda generación es Mounjaro (o Zepbound), basado en tirzepatida. En los ensayos clínicos, muchos participantes perdieron más de un 20 por ciento de su peso inicial. La clave de la tirzepatida es que va un paso más allá: no imita solo el GLP-1 (como hace la semaglutida), sino que activa dos hormonas a la vez (GLP-1 y GIP). Y eso está cambiando las reglas del juego. Antes, una aclaración: Ozempic y Wegovy se basan, en realidad, en la misma molécula –semaglutida– con dos nombres distintos: uno para diabetes, otro para obesidad. Aunque en la práctica se solapa. Es una estrategia comercial que permite a las farmacéuticas (en este caso, Novo Nordisk) negociar precios diferentes según la indicación. Eli Lilly hace lo mismo con la tirzepatida: la vende como Mounjaro para diabéticos y como Zepbound para perder peso. En la práctica, los usuarios adquieren la que tienen más a mano. Pero cuanto más potente es el efecto, más importante es mirar la letra pequeña. Mounjaro lleva una advertencia de caja negra de la FDA –la más seria que existe– sobre el riesgo de tumores. En estudios con ratas causó un tipo raro de cáncer de tiroides; no se sabe con certeza si ocurre lo mismo en humanos, pero los pacientes con antecedentes familiares de este cáncer no deben tomarlo. Los efectos secundarios más comunes son problemas digestivos: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento, dolor abdominal. En una parte de los pacientes son tan fuertes que los llevan a suspender el tratamiento. También aparecen casos de pancreatitis aguda y complicaciones de vesícula biliar. En septiembre de 2025, la FDA envió una carta de advertencia a Eli Lilly por minimizar estos riesgos en su publicidad. Los especialistas insisten: no son medicamentos cosméticos, sino tratamientos potentes que exigen receta médica. «Veo borroso desde hace un tiempo y cada vez va a peor. No creo que sea la edad, creo que son las inyecciones», confesó el cantante Robbie Williams el pasado noviembre, expresando su temor a quedarse ciego por el Mounjaro. ¿Es un temor justificado? Varios estudios han hallado que consumidores de semaglutida y tirzepatida tienen el doble de posibilidades de padecer un tipo raro de neuropatía ocular, un 'microinfarto' del nervio óptico que puede causar pérdida de visión permanente, aunque el riesgo absoluto es muy bajo. Mientras las farmacéuticas desarrollan nuevas versiones, miles de personas han decidido experimentar por su cuenta. Las microdosis de Ozempic se han convertido en una moda viral: consumidores que fraccionan las plumas o viales para pincharse cantidades muy inferiores a las recomendadas, guiados por foros de Internet, clínicas estéticas, farmacéuticos que elaboran fórmulas magistrales... La lógica parece razonable: menos dosis, menos efectos secundarios, más ahorro y más duración del tratamiento. El problema es que no hay ningún ensayo clínico que avale que esto funcione o que sea seguro. Algunos estudios sugieren que dosis bajas pueden asociarse a cierta pérdida de peso, pero los endocrinos lo describen como un uso no autorizado que convierte a los usuarios en cobayas. Los riesgos van desde un control subóptimo del peso hasta problemas más graves cuando se usan preparados caseros o mezclas de dudosa procedencia: contaminación, errores de dosificación, eventos adversos... En paralelo al avance de los medicamentos, ha florecido un mercado de suplementos que se presentan como «Ozempic natural». El caso de Elcella, una start-up británica nacida en la Queen Mary University de Londres, ilustra bien el fenómeno: cápsulas vegetales con tres aceites: lino, coco y el famoso MCT (triglicéridos de cadena media), una grasa que el cuerpo procesa de forma distinta a las grasas habituales de cadena larga y que ayudaría a generar sensación de saciedad y quemar grasa. Mientras tanto, el principal temor de los consumidores de Ozempic y medicamentos similares es qué ocurrirá si dejan de tomarlos. Pues bien, la respuesta no es tranquilizadora. El peso se recupera; los fármacos adelgazantes tienen un efecto rebote el doble de rápido que el de las dietas, según un estudio con 9300 participantes. Y lo ha confirmado la propia Oprah Winfrey, celebridad que ha hecho del sobrepeso un tema –y un negocio– toda su vida y es consumidora de Ozempic. Dejó de tomarlo durante casi un año, para ver qué ocurría, y recuperó diez kilos. Había perdido más del doble, pero para conservar su nueva figura ha vuelto a inyectarse. Porque, según ella misma cuenta, no solo ha engordado; ha vuelto también la ansiedad por comer, «el ir a mirar la nevera constantemente...». Los fármacos actuales reducen el apetito, pero no aceleran el metabolismo. Por eso, las farmacéuticas ya trabajan en una tercera generación que combine ambos efectos: que no solo comas menos, sino que tu cuerpo queme más calorías en reposo. Algunos de estos medicamentos experimentales, como el retatrutida de Eli Lilly o el CagriSema de Novo Nordisk, activan el tejido adiposo marrón –un tipo de grasa que consume energía en lugar de almacenarla– y estimulan el gasto energético muscular. La idea es imitar lo que hace el ejercicio físico intenso, pero sin moverte del sofá. ¿Quién podrá permitirse los nuevos fármacos? La cuestión del acceso desigual a estos fármacos sigue sin resolverse desde que se popularizó Ozempic. Los ricos tendrán sus versiones personalizadas con endocrinos privados. La clase media esperará años a que lleguen los genéricos y a que la sanidad pública decida quién tiene derecho a recibirlos. Y, mientras tanto, habrá quien recurra a cápsulas de aceite que prometen milagros sin receta. Pero el debate sobre la financiación pública va más allá de la estética. La obesidad se asocia a diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares y ciertos cánceres. Es prematuro anunciar que la epidemia mundial de obesidad tiene solución; lo que sí parece seguro es que los nuevos medicamentos llevan camino de acabar con la cultura de la dieta eterna.