La subrogación sexual no es terapia, es pagar por sexo
2026-01-31 - 08:35
Sigo con atención lo que sucede en Reino Unido: su medida de proyectar la serie Adolescencia en los institutos, cursos que explican cómo la pornografía difiere del sexo o la prohibición de vídeos de estrangulamientos demuestran, al menos en teoría, una preocupación por la violencia contra las mujeres. Pero en el mismo momento que sus medios dan voces a estas iniciativas, me encuentro una entrevista a Kate Miller, terapeuta sexual que ofrece servicios de sexo subrogado. Contradicción aparte, lo primero que recuerdo es una charla de Ana de Miguel en la que abordaba el tema de la subrogación y comentaba que nunca se habla de una subrogación de abrazos, de la amistad o de un acompañamiento no sexual. Siempre tiene que ver con mujeres estando sexualmente disponibles para los hombres. Por lo que sea. Porque por mucho que Kate Miller hable de cuidados, de practicar la escucha, de conversaciones profundas, etc., el hecho es que se ha acostado con 400 hombres. Y no lo digo haciendo un juicio moral sobre ella, sino para recalcar el núcleo de la demanda. De hecho, me da igual si son 400 hombres o 40. Sus servicios más solicitados no son talleres para aprender a respetar límites, a relacionarse sin violencia o a mostrar vulnerabilidad. La contratan, fundamentalmente, para mantener relaciones sexuales en hoteles. Aceptar socialmente este 'trabajo' es abrir las puertas a nuevas formas de explotación sexual femenina. ¿Por qué no hay hombres ofreciendo subrogación sexual? ¿Por qué se sigue construyendo el deseo masculino a base de tener relaciones con alguien que no está libremente, entusiasta y deseoso por compartir esa intimidad? Lo que se garantiza es que haya mujeres siempre listas para satisfacer deseos que solo van en una dirección y no necesitan ser correspondidos. No nos engañemos con el envoltorio terapéutico, es un intercambio que mantiene una estructura desigual. No es un encuentro entre sujetos con deseo propio, sino una relación jerárquica y quien paga, decide; mientras que quien cobra, se adapta. Tenemos otros países como ejemplos de lo que sucede cuando damos manga ancha a las distintas formas de subrogación: las mujeres en condiciones más vulnerables son las primeras en entrar. Las que no tienen necesidad económica, no participan. No se compran cuerpos en abstracto, son unos cuerpos muy específicos: racializados, migrantes, con menos oportunidades laborales... , reproduciendo desigualdades de clase y raciales. El sexo no es un derecho En su entrevista, Kate Miller relataba la conmovedora historia de un hombre que pagaba en efectivo para que le tocaran la mano al dar las monedas. Y mi duda es la siguiente: ¿Por qué ese hombre, tan necesitado de contacto físico, no coge un bono de abrazos, uno de caminar de la mano, de una palmada en la espalda? ¿Por qué se sigue equiparando el afecto con tener sexo? Si para los hombres el cariño solo se concibe como relaciones íntimas con una mujer, es una construcción cultural patriarcal que limita sus vínculos y nos cosifica a nosotras. "Quiero saber cómo se siente el amor", decía otro de sus clientes. El amor no se puede fingir ni comprar, así que por mucho que pagara, va a continuar sin saberlo. Tenemos que dejar de legitimar que los hombres se sientan con derecho a todo y ofrecerles alternativas para practicarlo. Consentir por dinero no es lo mismo que desear y confundir ambos términos siempre perjudica a las mujeres. La subrogación sexual no amplía derechos de las mujeres ni contribuye a que los hombres desarrollen su faceta de cuidados. Da igual cómo se llame: prostitución, subrogada sexual o acompañamiento íntimo. El rebranding no cambia la naturaleza de esta práctica: cuerpos de mujeres a disposición del deseo masculino. Cabe recordar que el sexo compartido no es una necesidad ni un derecho. Y no debería ser la excusa para sostener otra forma más de control de los hombres a través del dinero. Como experta en este tema formada por un máster en sexología, claro que afirmo que se puede hacer un acompañamiento sexológico y psicológico sin contacto físico de ningún tipo. Si lo que se necesita es una educación emocional o sexual, hay formas y herramientas para ello. Pero ninguna pasa por convertir los cuerpos de las mujeres en instrumentos.