La suerte de ver a Pogacar
2026-03-24 - 03:40
Me apasiona ver competir y ganar a Tadej Pogacar. Diría que como pocas cosas en el deporte actual. Ahora, sólo 110 victorias después, empezamos a ser conscientes de la relevancia histórica que tiene y tendrá lo que está haciendo este esloveno de 27 años con cara de niño travieso y valiente como él solo. Su recital del sábado en San Remo es como ese capítulo extraordinario que estrena la nueva temporada de una serie sobresaliente. Su imagen pedaleando con el cuerpo abrasado y magullado, con el culote y el maillot rasgados, su ataque subiendo y su locura bajando son adrenalina pura para los espectadores de un deporte que vive de nuevo días de gloria. Vienen semanas apasionantes: las mejores, las clásicas, los monumentos del ciclismo, carreras de un día larguísimas y sinuosas que dejan en solitario a los líderes ante la adversidad. Pogacar quería ganar la Milán – San Remo y la ganó, por media rueda, pero la ganó. El gran reto ahora está en Roubaix. Será el 12 de abril, otra cita con la historia. El año pasado se cayó en una curva y, aun así, fue segundo. Se la llevó Van der Poel, que ha vencido en las tres últimas ediciones. No perdonen la sobremesa de ese domingo, con los años recordaremos y añoraremos estas batallas. Pogacar nos ha conectado con la grandeza del ciclismo porque ha cambiado las reglas. Se la juega en cada carrera porque no vive solo para el Tour, y eso nos genera una expectación sin precedentes. Ya estábamos acostumbrados a que los aspirantes a ganar en París en el mes de julio fueran ciclistas ultraprotegidos en el calendario hasta esa fecha y llegó Pogacar y puso las cosas en el mismo lugar que Merckx. Algo así como: hay que ganarlo todo, en todos los sitios, a todos los rivales y sobre todos los terrenos. Todo el mundo es de Pogacar porque su único defecto es que gana (casi) siempre. Su pero es que a veces ataca desde demasiado lejos, que nadie puede seguirle, que los grandes del pelotón se convierten en ciclistas de un nivel a años luz del suyo y su dominio puede resultar hasta aburrido y rutinario. Le queda Roubaix y le queda la Vuelta a España. De Madrid al cielo.