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La trampa de los equidistantes

2026-03-03 - 07:33

“No soy ni machista ni feminista”. “No soy ni fascista ni antifascista”. La involución en derechos humanos se parapeta en la trampa de la equidistancia. Bajo el comodín de la polarización, hemos llegado a la perversión de colocar en el mismo nivel a opresor y oprimido. Como si fueran dos antagonistas igualmente válidos. Como si fueran dos extremos que se tocan. Sin despeinarnos, contemplamos esta realidad en tantas tertulias televisivas, tantos comentarios abreviados en redes sociales y hasta en la ñoñez del anuncio navideño de los fiambres. Quién nos iba a decir que, a estas alturas de la historia, hay que sobreexplicar que no es lo mismo tirano y víctima, privilegiado y vulnerable, autócrata y el que no le quedó más remedio que defenderse o esconderse. No es lo mismo, pero llevamos demasiado tiempo acribillados con el mantra de “todas las opiniones son respetables”. Todas las personas son respetables, no sus opiniones. Una opinión sirve de poco o nada si carece de conocimiento sobre el asunto que enfila y solo habla de oídas, atrapada en prejuicios, las excitaciones de la especulación y las cabezonerías de la irritación. Nos estamos acostumbrando a ubicar en una perversa horizontalidad cualquier pensamiento. Consecuencias de la civilización que ha interiorizado que todo puede estar en perpetuo debate. Incluso los derechos esenciales de las personas. Que jamás pueden estarlo. En estas arenas movedizas, el odio, la ignorancia y el embuste se van sintiendo legítimos. Con ayuda de otro slogan naturalizado: “La pluralidad es escuchar todas las voces”. Pues depende, todos hablando a la vez solo suele ser el ruido que aturulla. Así se va dando la vuelta cual calcetín a valores sustanciales, que son convertidos en arma arrojadiza. La libertad es convivencia. Sin embargo, peligra reducida al “sálvese quien pueda”. También torpedeamos la verdad verdadera con la coletilla individualista de “es mi verdad”. Se trata de la coartada perfecta para la mentira no piadosa, esa que construimos a la medida de nuestros anhelos. O aborrecimientos. Las falsas equivalencias nos empujan a la neutralidad de los insensibles. Y el triunfo de la indiferencia siempre es un primer paso para la injusticia. En el caso de que queramos una sociedad más justa, claro.

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