La vida de las mujeres en Afganistán bajo el régimen talibán: "A mi sobrina de 13 años le dieron un paliza por acudir a clase de arte"
2026-03-08 - 07:33
La sobrina de Batol caminaba hacía su clase de arte con su cuaderno de dibujo bajo el brazo cuando le dieron el alto. Un grupo de cinco hombres, conocidos comúnmente como la "policía moral", le preguntaron hacia dónde se dirigía. La joven, de 13 años, les respondió que iba a casa de una vecina que le enseñaba a pintar. Su velo dejaba entrever algunos cabellos y su ropa era un poco más corta de lo permitido. "Este será el último día que asistas a clase", le anunció uno de los hombres antes de propinarle una paliza. La joven fue torturada en plena calle, ante la mirada de un grupo de personas que formó un círculo en torno a la escena y que tenían prohibido intervenir. "Tenía moretones desde debajo del cuello hasta las piernas, tuvo pesadillas nocturnas durante meses después de aquello", denuncia su tía Batol a 20minutos, una mujer afgana que reside en Madrid desde octubre de 2024. "A mi sobrina de 13 años le dieron un paliza por acudir a clase de arte y por no vestir como ellos querían", relata. El caso de su familiar no es un hecho aislado, ya que desde la llegada del régimen talibán en agosto de 2021, las mujeres han visto como sus derechos y su libertad desaparecían de un plumazo. Las niñas tienen prohibido estudiar más allá de la educación primaria, las mujeres no pueden trabajar, conducir, practicar deporte, ir a una peluquería o salir de casa si no es acompañada por un hombre de parentesco cercano. Incluso gestos cotidianos como asomarse a una ventana pueden terminar en detenciones, interrogatorios o castigos físicos si no se realizan con el cuerpo completamente cubierto. Batol nació al norte de Afganistán donde las restricciones son aún más estrictas puesto que está más alejada de la capital. Al acabar sus estudios primarios, decidió trasladarse a Pakistán para realizar una licenciatura en Informática. Justo al terminar, los talibanes tomaron el control de su país por lo que decidió no regresar. "Lo primero que perdimos fue la seguridad, el poder vivir en paz", recuerda la mujer mientras lamenta que una parte de su familia permanece en Afganistán. "Las primeras cosas que prohibieron fueron estudiar y trabajar, al mismo tiempo regularon la vestimenta para que nos cubriera completamente", explica la joven. Sus sobrinas, de 19, 15 y 12 años, han visto cómo su vida se reduce a permanecer dentro de casa: "No pueden ir al colegio, están entre cuatro paredes, como si estuvieran encarceladas". No pueden ir al colegio, están entre cuatro paredes, como si estuvieran encarceladas" Estas jóvenes son mujeres en el peor país del mundo para serlo, según el informe del año 2025-2026 elaborado por el Instituto Georgetown titulado 'Mujeres, Paz y Seguridad'. Ante este descorazonador escenario, Batol intenta alentarlas para que continúen estudiando online cuando la conexión a internet lo permite ya que, a pesar de ser ilegal, "es la única opción que tienen ahora mismo". La mujer lidera una organización llamada Afghanistan Youth Leaders Assembly, donde se proporciona una educación en línea a las mujeres y las niñas afganas, sorteando la prohibición de estudiar en los centros educativos del país. Batol aporta su granito de arena impartiendo clases de inglés a las refugiadas en Grecia. En su iniciativa, otros miembros lo hacen con personas que continúan en Afganistán por lo que siempre tienen que tomar precauciones: "Se conectan con nombres falsos y nunca grabamos las sesiones para protegerlas". De profesionales respetadas a ser prisioneras en casa Husnia es otra de las afganas que se refugió en España hace más de tres años tras huir de su país, en el que ejercía como fiscal de menores. Tiene 40 años y recuerda con claridad el momento en que supo que Afganistán había caído en manos de los talibanes. "Me estaba preparando para ir a trabajar y una compañera me llamó para decirme que no fuera, que era mejor quedarme en casa", relata. Cuando le preguntó el motivo, recibió una noticia que lo cambió todo: "Me dijo que el presidente se había ido de Afganistán, que nos había abandonado". Tras ese momento tuvo que dejar su empleo y el miedo nunca la abandonó hasta que salió del país. Husnia recibió amenazas del régimen: "Me llamaban para decirme que había habido una emergencia, que mi amiga estaba en el hospital, solo para que acudiera y pudieran capturarme". Durante ese periodo, tuvo que cambiar de domicilio más de tres veces. Además, la mujer denuncia el uso de los menores por parte del régimen: "Los utilizan para trabajar y para cometer delitos puesto que reciben menos condena que una persona adulta". Antes de huir, Husnia participó en varias manifestaciones: "Pedíamos derechos para las mujeres, libertad y pan para comer". Al ser preguntada por este medio por el castigo que podría haber recibido si la hubieran apresado durante las protestas, se le quiebra la voz y asegura no estar lista para hablar de eso. No conozco a ninguna mujer que apoye a los talibanes" La mujer asegura con rotundidad —y con un ligero tinte de orgullo— que en su entorno no conoce "a ninguna mujer que apoye a los talibanes". Su familia está compuesta por mujeres con profesiones cualificadas que no pueden ejercer: "Mi suegra es médico, pero no puede trabajar. Mi hermana era banquera y tampoco puede hacerlo". "Salí de madrugada, oculta en el coche de mi tío" Husnia no lo tuvo fácil para huir, puesto que los movimientos de las mujeres están muy vigilados. "Salí a las dos y media de la madrugada, tumbada en el suelo del coche de mi tío", recuerda. Si un policía los hubiera parado, tan solo hubiera visto a su hermano y a su tío dirigiéndose hacia la frontera con Pakistán aunque si hubieran inspeccionado el vehículo, podrían haberla descubierto. "Sentí mucho miedo pero logré cruzar, en Pakistán estuve esperando seis meses hasta que pude obtener el visado", cuenta. La afgana se encuentra profundamente agradecida con España asegurando que se siente muy acogida y aceptada en el país. Actualmente se encuentra trabajando como cocinera mientras intenta homologar sus estudios. Igual de satisfecha con su vida en España se encuentra Zakia, una joven de 29 años que vive en Zaragoza, pero que creció en Kabul. Había estudiado enfermería, una profesión que nunca llegó a ejercer: "Me gradué y después me casé, a la semana llegaron los talibanes". Su marido, que trabajaba con extranjeros en temas relacionados con la embajada, se convirtió en un objetivo del régimen. El matrimonio tuvo que esconderse durante un año en una casa habilitada por una embajada extranjera de la que ni sus familiares conocían su ubicación. Para Zakia, la situación en el país ha cambiado radicalmente desde 2021: "Antes las mujeres trabajaban y tenían una vida normal, ahora hasta las cosas más básicas están prohibidas". Las niñas solo van a la escuela hasta que tienen unos 11 o 12 años, después "a muchas las casan con hombres más mayores que puedan mantenerlas", afirma. Las familias reciben dinero por esas niñas: "No tienes ilusión por vivir, tu vida se reduce a casarte y estar en la casa". No tienes ilusión por vivir, tu vida se reduce a casarte y estar en la casa” La violencia extrema hacía las mujeres se ha normalizado en el país: "Los talibanes han puesto una norma que permite a los hombres pegar a sus esposas mientras no les rompan un hueso o les hagan una herida grave". La joven aclara que quienes desobedecen al régimen, se exponen a penas de cárcel: "Si te ven sin cubrirte el cuerpo, puedes ir a prisión donde sufres desde castigos físicos hasta sexuales". En otras palabras, podrías incluso ser violada en el centro penitenciario. Zakia asegura que hay personas que no pueden soportarlo: "Conozco a algunas mujeres que al salir de la cárcel se suicidaron". Una sociedad censurada La periodista afgana Farkhunda aún no ha cumplido un año en España aunque no duda en calificar el país como "su segundo hogar". Nacida en la provincia de Baghlan y criada en Kabul, esta joven afgana de 24 años llegó a España el 25 de abril de 2025 tras huir cruzando la frontera con Pakistán. Antes de la llegada de los talibanes había estudiado periodismo durante cuatro años en la Universidad de Kabul y trabajaba en medios de comunicación y en la producción de programas televisivos. "Tenía una vida profesional y social relativamente activa", explica. Sin embargo, con el regreso del régimen talibán su actividad se fue restringiendo progresivamente hasta que continuar con su profesión se volvió prácticamente imposible debido a la censura y al control directo sobre su trabajo. La periodista recuerda que el cambio en Afganistán fue inmediato y radical. Aunque reconoce que antes la vida tampoco era fácil, existía cierta esperanza y las mujeres podían trabajar, estudiar y participar en la sociedad. "Después de la llegada de los talibanes las restricciones se volvieron severas y nuestra vida cambió completamente", relata. En su caso, además, fue detenida en varias ocasiones por sus actividades mediáticas y por defender los derechos de las mujeres. "Me quitaban mis pertenencias, como mi ordenador y mi teléfono, y durante horas me interrogaban y me amenazaban", recuerda. Me quitaban mis pertenencias, como mi ordenador y mi teléfono, y durante horas me interrogaban y me amenazaban" Finalmente, decidió abandonar el país para proteger su seguridad y la de su familia. La salida fue peligrosa, cruzó la frontera hacia Pakistán sin visado y posteriormente tuvo que pagar una gran cantidad de dinero para conseguir uno. "Cada paso estaba acompañado de miedo", explica. Ahora vive en España, aunque asegura que su mente sigue en Afganistán, donde las mujeres continúan viviendo bajo fuertes restricciones. "Ser mujer en Afganistán hoy en día significa vivir sin poder respirar, con miedo y sin derechos básicos", afirma. Aun así, trata de seguir apoyando a otras mujeres desde el extranjero organizando clases y seminarios en línea para mantener viva la esperanza de un futuro mejor. Una esperanza que también mantienen Batol, Husnia y Zakia que, a pesar de haber conseguido forjar una vida en España, siguen teniendo madres, hermanas, sobrinas y amigas bajo un régimen que ha borrado por completo los derechos de todas ellas. En una jornada como el 8M, donde miles de personas toman las calles para exigir la igualdad entre hombres y mujeres, también debe existir un hueco para alzar la voz por aquellas a las que los derechos básicos les han sido negados. Millones de afganas siguen luchando por estudiar, trabajar y, sobre todo, vivir con dignidad.