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'La virgen de la tosquera' capta la tensión de los relatos de Mariana Enriquez, y su atmósfera opresiva

2026-01-27 - 20:10

El universo creativo, gótico, realista y fantástico, cruel y oscuro de Mariana Enriquez pedía a gritos una aproximación en el audiovisual contemporáneo. La autora de Nuestra parte de noche, que recibió el Premio Herralde hace ya siete años, es por derecho propio una de las creadoras fundamentales de la literatura actual: ha trascendido las habituales fronteras del género, reivindicada como una de las voces más singulares de las letras hispanas actuales. Sus relatos, su gran novela y la mirada visceral y punk que impregna su prosa ha terminado por definir uno de los talentos que más ha hecho por despejar los caminos del terror contemporáneo, llenos de vetustos hierbajos y boquetes del siglo XIX. Por eso, claro está, resultaba peliagudo adaptarla al cine. Ahora llega a los cines españoles La virgen de la tosquera, que adapta el relato homónimo y otro titulado El carrito, ambos incluidos en el libro Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez. Dirige Laura Casabé y protagoniza una desconocida y poderosa Dolores Oliverio. El resultado es una primera aproximación a un universo que, con sus más y sus menos, brilla en su comprensión de la atmósfera que se respira en la obra de la escritora bonaerense. Esa atmósfera malsana y fascinante "A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente", escribía Enriquez en otro de sus relatos. Unas líneas que, con sencillez y rotundidad, describen hábilmente la sintonía de Casabé con la autora de Buenos Aires. Me explico: La virgen de la tosquera es una película particularmente tensa. Aparentemente, los acontecimientos que guían el verano que le cambiará la vida a Natalia —la protagonista interpretada por una debutante, pero fantástica Dolores Oliverio—, no son especialmente dramáticos. Pasa que su barrio ha vivido días mejores, y que un chaval que le gusta la ignora. Pero una cosa es lo que parezca, y otra cosa es cómo se viva. Bajo lo aparente late siempre lo real, que suele ser raro y espeluznante. Y es aquí donde Laura Casabé sabe disponer los elementos formales y narrativos que, a la vez que la alejan del material original de Enriquez, la acercan a un punto de vista que beneficia, y mucho, a su largometraje. La virgen de la tosquera es, esencialmente, un relato de autodescubrimiento y rabia adolescente. Solo que uno narrado a través del terror. De ahí que traduzca del universo creativo de Enriquez un uso muy particular del sonido, que altera la percepción constante del espectador. Aísla a su protagonista, encerrada en su propio dolor, en su propia adolescencia. Un sonido que se agudiza en molestos ruidos cuando la protagonista se tensa o pierde el control. Cosas que se arrastran, madera lentamente carcomida, algo que se rompe, algo viscoso y crujiente a la vez. Por momentos, el diseño de sonido de La virgen de la tosquera recuerda al trabajo obtuso y molesto, pero fascinante, de Trent Reznor y Atticus Ross en The Killer. Y genera una permanente tensión en la narrativa, que le va como anillo al dedo a una edad en la que uno no está a gusto ni en su propia piel. Puntuada por algún momento musical, agradecidamente simple —quién no ha romantizado un viaje en autobús con los cascos y la mirada perdida en el paisaje—, también destaca que la puesta en escena de La virgen de la tosquera asume algunos de los motivos narrativos de Enriquez de formas nada evidentes. De día, el paisaje urbano de extrarradio convierte la pobreza en terror, contamina pacíficas escenas típicamente veraniegas con rotundas frases sobre muertos y desaparecidos, y mancha la quietud con ingredientes simbólicos. De noche, la casa se convierte en refugio de un mundo hostil y aparecen la precariedad, la suciedad, la nula intimidad y el saberse siempre acechado. ¿Por qué cosa? Por un futuro que llega sin avisar a un presente maltrecho. Todo contribuye a captar una atmósfera muy única, que sintoniza con el material literario de Mariana Enriquez y lo lleva a un lugar tan tumultuoso como el despertar sexual adolescente femenino. Atmósfera sobre la cual el guion de Benjamín Naishtat acierta en no desvincular nunca de lo político y lo social, mientras que Casabé aprovecha para construir un relato que sorprende y seduce, que moviliza y no deja indiferente. Como un buen relato, La virgen de la tosquera es una sacudida breve e intensa. Dos relatos, un mismo espíritu La película de Casabé no adapta solamente el relato que bautiza su película. También adapta el que sigue narrativamente a aquel en el libro Los peligros de fumar en la cama, titulado El carrito. Y esta es, en el fondo, una historia de maldiciones. Un mendigo borracho que arrastra su carro lleno de basura, cartones y objetos inservibles, se agacha los pantalones para hacer sus necesidades en la calle de un pacífico barrio. Un vecino asiste indignado a la escena y con el mendigo en cuclillas y el culo al aire, empieza a propinarle patadas. La paliza va a más hasta que interviene la madre de la narradora, que prácticamente le salva la vida al mendigo, que escapa dejando su carro atrás. Desde ese día, el barrio de cuatro manzanas empieza a sufrir desgracias de todo tipo. Un robo, una muerte repentina, una fortuna desaparecida, asaltos y conflictos, cortes del suministro de agua, apagones generalizados. "A lo mejor había empezado antes, pero hizo falta la acumulación de desgracias para que el barrio sintiera que la secuencia era extraña". En la película este relato ambienta el verano de transformación de Natalia, alterando para bien algunos elementos —como el hecho de que la casa de la narradora es la única que se salva de las desgracias y la familia tiene que vivir fingiendo que lo pasan igual de mal que el resto—, que aunque sacrifican el tono satírico, benefician el coming-of-age. El punto de vista, cada vez más obsesionado, de Natalia se compensa con las historias, no presentes en ninguno de los dos relatos pero sí en la película, de un niño llamado Quechu, y de la abuela de la protagonista. Ambos desarrollos de personaje apuntalan la progresiva autosuficiencia de la joven protagonista, empujada a reevaluar su afecto y sus lealtades. La virgen de la tosquera, el relato, narra básicamente la historia de la película: en un grupo de jóvenes, un chaval empieza a interesarse por una chica más mayor, despertando los celos de las protagonistas. Entre los planes de verano que hacen juntos está visitar una tosquera, donde se dice que han acontecido cosas terribles. Un día una de las chicas del grupo visita una virgen oculta cerca de donde todos se bañan. Y pasan cosas. La diferencia fundamental es que la voz narrativa no es la de Natalia: el relato se teje desde el pronombre personal 'nosotras', generando una sensación sorora que en la película solamente se apunta en las presencias de Josefina y Mariela. Convertidas en escoltas, sombras situadas a ambos lados de Natalia, el trío de chavalas es reconvertido bajo la batuta de Casabé en una suerte de modernas hermanas fatídicas de Macbeth. Cabe añadir que la atmósfera que consigue captar Laura Casabé no tiene nada que ver con otros acercamientos visuales a la obra de Mariana Enriquez. El dibujante argentino Lucas Nine hizo una adaptación ilustrada (publicada aquí por Salamandra Graphic) de unas pocas historias del libro Las cosas que perdimos en el fuego. Pero él optó por un barroquismo expresionista, con una paleta de colores mucho más extremada, llena de ocres, rojos y negros. Un salto de formato que Enriquez volverá a hacer de la mano del pintor Santiago Caruso: esta vez el estilo promete resucitar el simbolismo del XIX, con elementos oscuros y tétricos, en tres relatos de Enriquez. El libro, que se llamará Nunca cruces ese umbral, lo publicará Anagrama en marzo de este año. Y si queda la mitad de bien que la adaptación que Caruso hizo de La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik, para Libros del Zorro Rojo, estamos de enhorabuena.

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