Las abuelas que se perdieron a Rosa ganar el bote millonario de 'Pasapalabra'
2026-02-07 - 07:25
Al filo de la media noche, que diría Carrascal. A las 00.09 horas, Rosa se hizo con los 2.716.000 de euros de Pasapalabra. Woow. Pero mi abuela Lina, a sus casi 95 años, desistió. Se fue a dormir, que ella es muy ordenada con sus horarios. Por eso mismo, siempre ve Pasapalabra desde hace décadas. A las siete y media de la tarde ya pone Antena 3, no vaya a empezar antes y se pierda algo. Y eso que le encanta la ironía de Jorge Javier Vázquez entrevistando al personal de su diario. El éxito de Pasapalabra va muy unido a que remarca su cita en el recuerdo colectivo. Todos sabemos, más o menos, cuándo se inicia y cuándo acaba el concurso que, además, concluye con un trepidante ‘final feliz’: el rosco. No hay rodeos: solo pruebas que te permiten jugar desde casa hasta llegar al chimpún killer: la rueda de palabras. Visual, emocionante, concreta y en la que siempre se aprende algo. Mi abuela ni siquiera coge el teléfono cuando está en emisión el rosco. Ni una definición deja escapar. En cambio, también ha aprendido que nunca lo ganará nadie si la cadena no lo anuncia previamente con mucha pompa. Nos han arrebatado la capacidad de sorpresa para arañar más espectadores y amortizar mejor ese momento en el que el canal debe soltar dos millones de euros. Hay que estirar la expectativa del instante y crear un acontecimiento, que dispare el share con las ganas de descubrir si es Manu o Rosa, justo después de El Hormiguero. Da igual perder alguna que otra abuela, como la mía. Ellas son fieles a la tele hasta cuando la tele es infiel a ellas. Les gusta Pasapalabra porque las entretiene jugando, recordando y movilizando la curiosidad. Pero, también, porque las acompaña al compás de sus hábitos cotidianos. Sin alargarse de más. Pero cuando la espera empieza a marear la perdiz: la sapiencia de la experiencia prefiere no malgastar horas de sueño en eslóganes de venta. A las 23.10 aún no había empezado el programa como tal. Y mi abuela que lo vio venir de lejos, se fue a las diez a dormir. Ya me lo pondréis en Internet, avanzó. Porque al día siguiente, el viernes, ya no estaban ahí ni Manu ni Rosa ni el dinero. Toca, ahora, conocer a los nuevos. A mi abuela no le preocupa demasiado. Lo prioritario es poder seguir jugando a adivinar alguna palabra, a su hora y sin demora, como la última ilusión de cada día. Me ha revelado que ese es su gran bote: la curiosidad prendida siempre ensancha la vida.