Las borrascas reabren el debate: seguimos sin protocolos eficaces para proteger a los animales
2026-02-24 - 06:13
En apenas sesenta días de 2026, Europa ha encadenado un rosario de fenómenos extremos que ya no pueden despacharse como ‘episodios puntuales’. Un tren de borrascas ha golpeado con fuerza España y Portugal, con lluvias persistentes, desbordamientos, evacuaciones y pérdidas millonarias en los sectores primarios. Francia y Países Bajos han lidiado con inundaciones invernales que han tensionado diques y sistemas de drenaje. Y mientras tanto, al otro extremo del continente euroasiático, la península rusa de Kamchatka quedaba sepultada bajo una nevada histórica, con espesores que colapsaron infraestructuras y aislaron comunidades enteras durante semanas. El patrón, por mucho que algunos insistan en negarlo, es que este tipo de eventos son más frecuentes, más intensos y suponen más costes. Las imágenes se repiten con carreteras anegadas, establos bajo el agua, perros rescatados en lanchas y ganado atrapado en explotaciones, y aunque las preguntas nunca han desaparecido (¿cuántos animales mueren en estos desastres?), hay una en particular que nos interpela de manera particular: ¿a quién le importa contarlos? Porque si algo revelan estos primeros compases del 2026 es que seguimos teniendo pendiente no solo introducir a los animales en los protocolos de emergencia, sino actuar de verdad conforme a ellos. Al parecer, la reforma que los eleva a seres sintientes en el Código Civil no parece llegar a la práctica y, ante el agua o la nieve, los animales siguen ocupando el último puesto. ¿Sabemos cuántos animales han muerto? Si buscamos cifras oficiales sobre animales fallecidos en las recientes borrascas, el resultado es desalentador. Se ofrecen datos sobre víctimas humanas, daños materiales, hectáreas y cultivos afectados y, en general, las pérdidas económicas. Pero los animales, bien sean de compañía, destinados a consumo o fauna salvaje, rara vez aparecen desglosados en los balances públicos. En España, los recuentos tras inundaciones o incendios suelen centrarse en las personas evacuadas y en las viviendas dañadas. Las comunidades autónomas pueden estimar pérdidas ganaderas en términos económicos, pero no siempre se traducen en cifras claras de animales muertos. En Portugal ocurre algo similar y se habla de explotaciones afectadas, no de individuos perdidos. En Francia y Países Bajos, los informes técnicos sí cuantifican daños agrícolas, pero de nuevo predominan los datos financieros. ¿Cuántas vacas, ovejas, cerdos o gallinas murieron en las explotaciones anegadas este invierno? En la mayoría de los casos, no hay cifras públicas accesibles o están diluidas en estadísticas económicas. Y si miramos a Kamchatka, donde la nevada de comienzos de año fue descrita por medios rusos como la más intensa en décadas, la información sobre animales es aún más opaca. Se habló de colapso logístico, de cortes de suministro y de personas atrapadas, pero no trascendieron datos sobre la fauna doméstica o silvestre afectada. La conclusión es que, en pleno 2026, seguimos sin integrar sistemáticamente a los animales en los balances oficiales de desastres. No porque no mueran, sino porque no se cuentan y no se consideran relevantes. Sin cifras, no hay diagnóstico, y sin diagnóstico, no hay políticas eficaces UNDRR y FOUR PAWS La United Nations Office for Disaster Risk Reduction (UNDRR), la oficina de Naciones Unidas encargada de coordinar la reducción del riesgo de desastres a nivel global, junto a la organización internacional de bienestar animal Four Paws (fundada en 1988 y activa en rescates y proyectos en zonas de conflicto y catástrofes), ha difundido un artículo escrito por Patrick Durrant, director del programa de rescate y preparación de Four Paws y experto en gestión de emergencias, y Jackson Zee, veterinario y especialista en marcos de conflicto y desastres, que sostiene algo que a estas alturas ya resulta obvio, y es que los animales son el eslabón perdido en muchas estrategias de reducción del riesgo. Cada euro invertido en prevención puede ahorrar hasta siete en respuesta y reconstrucción. Y eso incluye proteger ganado, animales de trabajo, fauna silvestre y animales de compañía. Cuando el ganado muere, las economías rurales se hunden. Cuando los animales no pueden evacuar con sus familias, muchas personas se niegan a abandonar sus hogares. Cuando no se previenen brotes en contextos de desastre, el riesgo de zoonosis aumenta. De la reacción a la prevención El planteamiento que defienden UNDRR y Four Paws pasa por integrar de forma obligatoria a los animales en la legislación nacional de desastres, dotar de presupuesto la preparación, no solo la respuesta, y formar equipos locales capaces de actuar antes de que la catástrofe estalle. Implica, además, recopilar datos. Sin cifras, no hay diagnóstico, y sin diagnóstico, no hay políticas eficaces. Si no sabemos cuántos animales mueren tras cada temporal, difícilmente podremos evaluar el impacto real o diseñar medidas preventivas. La cultura de la preparación, insisten, debe ser permanente. Porque los desastres pueden ser imprevisibles, pero la vulnerabilidad no tiene por qué serlo. La próxima borrasca llegará El invierno de 2026 no será el último en traer lluvias torrenciales, inundaciones y nevadas históricas. La pregunta no es si volverá a ocurrir, sino cómo estaremos preparados cuando ocurra y si podemos, de una vez, actuar como si los animales formaran parte del tejido social, económico y ecológico que intentamos proteger. Si de verdad queremos hablar de resiliencia, habrá que empezar por dejar de tratarlos como un detalle secundario a pie de foto.