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Las colonias históricas de Madrid que aún resisten como oasis en mitad de la capital: "Es como vivir en un pueblo"

2026-03-09 - 05:43

En medio del bullicio de la gran capital hay pequeños lugares en los que el silencio y el cantar de los pájaros son los protagonistas. Son las colonias históricas de Madrid, rincones que cuentan la historia viva de la ciudad y que en su momento -algunas de ellas- sirvieron para dar cobijo a miles de trabajadores que llegaban a buscarse la vida a Madrid. Es el caso de la colonia Bomberos, la colonia Obrera (o La Socialista) o la colonia Tranviarios, aunque en la ciudad hay en total 44 colonias. Por cada una de sus viviendas han pasado varias generaciones y las que aún resisten al paso del tiempo como María Jesús, Maite o Quique coinciden en lo mismo: “Esto es como un pueblo y no me muevo de aquí”. Surgieron al amparo de la Ley de Casas Baratas de 1911 que sufrió varias modificaciones en años posteriores, con el objetivo de dar respuesta al incremento de población que se produjo a principios del siglo XX. Había alrededor de 500.000 habitantes y las viviendas eran insuficientes, por lo que fomentar legalmente la construcción de inmuebles económicos para la población más humilde se consideró la mejor opción. Así surgen las colonias históricas de la ciudad, muchas de las cuales acogieron a gremios: la primera fue la de la Prensa, para escritores, periodistas y artistas; también existe la de los Carteros, la del Pico del Pañuelo que acogió a los trabajadores del Matadero de Madrid o la de los Bomberos. Una de las primeras fue la Colonia Obrera o Socialista, en Chamartín, donde todavía reside María Jesús López Fraguas. Para hacer frente al problema de acceso a la vivienda de la clase obrera, desde la Casa del Pueblo -sede del PSOE- un grupo de trabajadores decide crear la Cooperativa Obrera para la Adquisición de Viviendas Baratas, de la que terminan formando parte 116 cooperativistas. La constructora Fomento de la Propiedad levanta los primeros 21 edificios en 1919 y habría que esperar cerca de diez años más para ver finalizada la colonia. “Con la crisis económica por la Primera Guerra Mundial no hay dinero pero la cooperativa mantiene los terrenos”, relata María Jesús. Con una de las modificaciones de la ley en 1924, sacan un concurso para edificar las 85 casas proyectadas de la segunda etapa pero los precios de la construcción “están por las nubes”. Así, piden un préstamo al Estado del que todavía guarda documentos y acometen la segunda fase. Se encargan “la cooperativa, que tenía profesionales de todo tipo, junto a su constructor Julio López Menan y el arquitecto Manuel Ruiz Senén”. La construcción finaliza en 1928 pero estos vecinos extrañaban un lugar donde desarrollarse culturalmente, razón por la que surge el templo de este pequeño barrio, El Casinillo. “Desde 1920 a 1939 es una época gloriosa de mucha vida, con la escuela de primaria e infantil y el lugar de reunión de los vecinos, al que llamaban el casinillo”. En la planta superior los maestros Don Bernabé y Doña Gertrudis educaban a los niños mientras que en la parte baja, ahora la sede de la asociación vecinal, se hacía la vida social. María Jesús sostiene numerosos documentos y fotografías que acreditan los años vividos allí. “Había mucha vida cultural, había teatro, títeres... ¡Es que era un pueblo!”. Pero llega la guerra y se trunca esta relación vecinal o, mejor dicho, sale del edificio. Sin embargo, según María Jesús, “no desalojaron a las familias como ocurrió en otras cooperativas” pero muchos se exiliaron y “esas casas vacías las revendieron a familias afines al régimen”. En la posguerra, al tener orígenes socialistas, “se ilegaliza y se incauta todo: la cooperativa, el edificio de la escuela...” Durante las décadas de abandono entraron sinhogar a vivir y hubo intentos de derribo porque la cooperativa no podía reclamar su propiedad al estar ilegalizada. La solución fue crear una asociación de vecinos en 1971 que hasta 1978 no recuperó el antiguo casinillo. Esa fuerza, asegura María Jesús, perdura, y es lo que la diferencia, en su opinión, de otras colonias: “Se mantiene esa unión vecinal, como si fuera un pueblo, y eso es lo bonito de la Colonia Obrera”. La San Cristóbal, promovida por la EMT para sus trabajadores En esta colonia, las casas de las esquinas son las más grandes, al igual que sucede en la colonia San Cristóbal-Tranviarios, construida treinta años después, a finales de los 40, en el mismo distrito. Eran casas en régimen de alquiler para trabajadores de la Empresa Municipal de Transportes (EMT). “Ha cambiado mucho porque prácticamente todos los vecinos eran compañeros de trabajo y esto estaba muy aislado, casi en mitad del campo”, escenifica Quique Hernández, de la asociación vecinal. Ese aislamiento hacía que viviesen “como si fuese un pueblo”, con actividades en las calles de la colonia prácticamente a diario. El arquitecto Secundino Zuazo -mismo autor de Nuevos Ministerios- desplazó unos edificios respecto a otros para evitar la monotonía. El espacio que quedaba entre ellos era el lugar de encuentro entre vecinos. Los 25 bloques son como corredores, donde en verano, “los vecinos sacaban mesas, tortillas... para pasar la noche; mientras los niños jugábamos como si fuese una aventura”. Tal era la sensación de vivir en un pueblo que, según recuerda Quique, cuando sus padres les llevaban hacia Plaza Castilla se decía “vamos a bajar a Madrid”. A falta de que el Ayuntamiento pusiera servicios básicos que no había entonces, fue la EMT la que se encargó: “Puso campo de fútbol, piscinas, canchas de baloncesto, balonmano, teatro, talleres de pintura, ajedrez...” También había una iglesia que llegó a ser ambulatorio y un par de colegios. A los más pequeños de las 800 casas que dibujaban la colonia no les faltaba nada, rememora Quique: “Éramos privilegiados”. Las viviendas más pequeñas eran de unos 50 metros cuadrados con dos habitaciones, por las que abonaban 203 pesetas de alquiler. “Desde que tengo uso de razón venía un cobrador por las casas todos los meses”, relata. Sin embargo, ahora apenas quedan una treintena de vecinos que vivieron aquellos años y el entorno ha cambiado. Donde estaban los barracones del mercado, actualmente se sitúa el Mercado Escuela de San Cristóbal; donde emergían los árboles, ahora habitan las Cuatro Torres; y donde se situaban los merenderos en los que comían los pequeños, ahora aparcan los vehículos. Y, próximamente, estará rodeada por Madrid Nuevo Norte: “Antes éramos una isla en medio del campo, ahora lo vamos a ser en mitad de rascacielos”, lamenta, aunque a pesar de los cambios vividos reconoce que la tranquilidad sigue existiendo. La de los Bomberos, construida por ellos mismos En 1955 se levantaba al otro lado de la ciudad, en Usera, la colonia Bomberos, cuando abre el parque número 5 para dar servicio a la zona sur. “Como los bomberos que vienen asignados de otros parques se encuentran con que no tienen vivienda porque el Ayuntamiento no lo prevé, se construye esta colonia”, cuenta Maite Polo, hija de un bombero que sigue viviendo en su barrio de toda la vida. El Consistorio les pone el arquitecto con el que se rige la construcción y el material y los bomberos ponen la mano de obra, especialmente en sus días libres. “Para ser bombero te exigían un oficio y mi padre era albañil. Había otros que eran fontaneros, electricistas e incluso ha habido marmolistas...” Cada uno aportaba su habilidad para construir 96 viviendas en las tres calles que conforman este pequeño barrio: José Anespere, Media y Juan Español. Una constructora llamada La Belén compra un par de terrenos al Ayuntamiento e hipoteca uno de ellos para poder hacer la urbanización de toda esta zona. Cada bombero tenía que pagar “unas 200 pesetas mensuales hasta completar la deuda de la adquisición por construir su vivienda en una pequeña parcela”, cuenta Maite. Se ponen de acuerdo todos los vecinos en construir las terrazas de las casas, “también para hacer las instalaciones de gas por las fachadas exteriores, las acometidas de agua... Y van a las escombreras para rellenar el terreno y poder hacer la base para la cimentación”. Maite estuvo un par de años viviendo fuera del lugar que la vio crecer pero quiso volver: “Al fin y al cabo esta es mi vida y no me vuelvo a ir de aquí”, argumenta contundente. Su salón es un álbum de recuerdos, especialmente de su padre: conserva el uniforme, el pin con el número de bombero, portadas de periódicos, un casco dañado por el derrumbe de un edificio, cientos de fotografías e incluso una nómina de bombero de la época. Lo que no guarda materialmente, lo retiene en su memoria: “He vivido mi infancia en un parque de bomberos. Cogíamos las mangueras y las desenredábamos, nos tirábamos por la cucaña...”, recuerda Maite. Fuera del parque, la vida también era como un oasis en mitad de la ciudad. “Era salir a la calle cada vez que venías del cole, juntarte con tus amigas en el poyete de enfrente, teníamos nuestra plaza romana a la que bajábamos a jugar... Éramos una gran familia en la que si necesitabas algo podías contar con el vecino”, resume. Con el paso de los años, Maite coincide con Quique y María Jesús en que la vida ya no es la que era porque "la confianza que había antes ya no existe" y apenas quedan familiares de segundas generaciones. El resto de vecinos son quienes han decidido irse a vivir, hartos del ruido, a estos pequeños oasis repartidos por distintas zonas de la capital.

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