Las críticas a 'Los domingos': todo lo que delatan de la sociedad de hoy
2026-03-08 - 08:03
Hay críticas que dicen más de la sociedad actual que de aquello que critican. Los que condenan el enfoque de la película Los Domingos no atacan la calidad de su interpretación, la belleza de sus planos o la fuerza de su arco narrativo: sentencian que, paradójicamente, la película no sentencia. Molestia que describe la conversación social adicta a a celebrar el zasca, aplaudir la vehemencia, querer vencedores y señalar vencidos. Hemos llegado a este punto social porque, sin darnos demasiada cuenta, hemos terminado convirtiendo los discursos en puro entretenimiento. Las redes sociales están llenas de ideas abreviadas que conquistan nuestra atención mirando fuertemente a cámara. Y las damos like. O las despreciamos, cuando los predicadores nos caen muy mal. Como resultado, Los Domingos descoloca. Porque se posiciona de otra manera más profunda: no quedándose en el sermón simplón e invirtiendo en los matices que representan la vida con sus contradicciones y claroscuros. Las ficciones que dirige Alauda Ruiz de Azúa suelen ser un ejercicio de empatías. El buen cine lo es. Si las películas han abierto tantas mentes es porque intentan entender hasta lo que no entienden. Sabiendo que, sobre todo, se aprende colocándonos frente al espejo de las diferencias más que de las homogeneidades. Cada espectador puede elegir su personaje aliado, su camino. Incluso su duda. Pero estamos dejando de ser ciudadanos críticos para metamorfosearnos en creyentes que vamos allá donde nos dan la razón. Ansiamos la literalidad del escarmiento que corrobora nuestras vehemencias y elegimos las ideas gruesas que van directas a la excitación de la irritación inmediata. El arte, en cambio, requiere tiempo. Tiempo de elaboración, tiempo de creación, tiempo de inmersión, tiempo de comprensión, tiempo de discusión. Tiempo que permite conocer. Los domingos intenta el afecto de ponerse en el lugar de otro. En todos los lugares del otro. Así es como las películas nos han desabrochado de tantos prejuicios sociales y han empujado progresos colectivos: con la ilusión de emocionar, no con la avaricia de convencer. Porque los discursos pasan, las historias quedan.