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Las desgracias nunca vienen solas

2026-01-26 - 04:59

Existe la superstición de que las desgracias no llegan de una en una, sino en tropel. Algo de eso ocurre estos días en el ferrocarril español. Aún no se habían apagado los ecos del accidente en Adamuz –45 fallecidos y una fractura del carril como principal hipótesis– cuando la red de corta y media distancia se sumó al desastre. Cercanías, el servicio del que dependen millones de ciudadanos, entró en barrena. El golpe más duro se produjo en Cataluña. Un tren chocó con un muro desplomado por las lluvias, causando la muerte de un maquinista y 37 heridos. A partir de ahí, una cascada de incidencias, junto con las denuncias de los propios maquinistas, llevó al Govern a ordenar la suspensión total del servicio hasta que se garantice la completa seguridad. Lo llamativo no es el colapso, sino la naturalidad con la que se asume. Como si el deterioro fuera una DANA ferroviaria inevitable frente a la que solo cabe resignarse. El gestor público se refugia en el comodín del «estamos trabajando en ello», una fórmula indistinta para un apagón, una catenaria caída o una vía en mal estado. Durante años se ha vendido la imagen de una España puntera en infraestructuras, cosida por el AVE. Sin embargo, el ferrocarril real se oxida sin remedio. Mientras se cortan cintas y se anuncian planes estratégicos a 10 años vista, las traviesas del presente crujen y los sistemas fallan. En Cataluña, el problema tiene nombre y apellidos. El nudo gordiano está en la descoordinación entre Renfe y Adif, dependientes del Estado, y la Generalitat, titular del servicio, pero sin control efectivo de la infraestructura. Nadie asume del todo la responsabilidad. El resultado es un servicio crónicamente deficiente, rehén de la desinversión. El Plan de Rodalies 2020-2030 preveía 6.300 millones de euros; cinco años después, la ejecución real apenas ronda el 40%. A ello se suman promesas incumplidas y un uso partidista del problema que convierte cada avería en munición política, pero nunca en el detonante de una solución estructural. El colapso ferroviario supone, además, el primer revés serio para el Govern de Salvador Illa y vuelve a generar las condiciones para que el secesionismo intente capitalizar el descontento, como ya ocurrió en el pasado. El problema de fondo va más allá de una comunidad autónoma. No sabemos elegir prioridades. Los gobiernos gastan mucho, pero de forma excesivamente dispersa: en programas secundarios, en políticas pensadas para repartir titulares y satisfacer clientelas. Pero no refuerzan lo esencial para que el país funcione. Y lo esencial son las infraestructuras de la movilidad: trenes fiables y carreteras seguras, gracias a un mantenimiento constante y una planificación real a largo plazo

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