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Laura Argón, agente funeraria: «Nunca acondicionéis a un familiar vuestro, la mente os puede jugar una mala pasada»

2026-03-06 - 05:23

El sector funerario exige una combinación de profesionalidad, serenidad, mente fría y empatía. Quienes trabajan en él conviven a diario con el duelo ajeno y con los procedimientos que rodean la despedida de un ser querido. Todo ellos sin dejarse afectar por el dolor que ven. Sin embargo, cuando la pérdida toca de cerca, incluso los profesionales mejor preparados pueden sufrir un golpe emocional difícil de gestionar. Por ello, existe un debate intenso sobre si los profesionales funerarios deben preparar a sus propios familiares fallecidos. La agente funeraria Laura Aragón reflexiona sobre esta situación a partir de una experiencia personal que la marcó profundamente. Su intención es mostrar la cruda realidad para que quienes se planteen hacerlo puedan hacerse una idea de a qué tendrían que enfrentarse. Aragón destaca que en el sector funerario la psicología de los trabajadores «va por encima de todo». Por eso, cuando un empleado recibe el aviso de que el fallecido es un familiar, lo habitual es delegar en otros. «En ese momento le dices a tu coordinador: 'Mira, es familia mía, prefiero que lo haga otro compañero porque en estos momentos me quiero sentir arropado por mi familia», recuerda. Eso sí, aclara que esto solo puede hacerse si se trata de un familiar cercano. Ella, sin embargo, decidió tomar otro rumbo. Si bien nunca tuvo que enfrentarse a la preparación de un ser querido mientras trabajó en la funeraria, la vida le puso esa prueba cuando ya había dejado el empleo. Cuenta que, al llegar a la sala donde se encontraba su familiar fallecida, su instinto profesional se activó: «A mí lo primero que me sale es asear al difunto, vestir al difunto». Los compañeros que acudieron al lugar la reconocieron y, tras consultar en el tanatorio, le permitieron encargarse del acondicionamiento. Así que se puso en marcha con una determinación admirable: «Me veía con una fuerza y una capacidad de poder prepararla que yo decía: vámonos, que tengo que hacerlo». Cuando acabó, pidió a su familia que entrara para ver el resultado, y ahí sintió que todo había merecido la pena: «Se quedaron: 'Ostras, qué bien la has hecho'. Se me llenó el corazón. Me sentía súper honrada, súper valiente». Sin embargo, con el paso de los días, la perspectiva cambió. El duelo comenzó a asentarse y los pensamientos que antes habían llenado de orgullo se vuelven en contra. El hecho de haber sido la última persona en tocarla, abrazarla, besarla, vestirla y acondicionarla se veían de otra forma. «La cabeza empieza a dar vueltas. Por eso te aconsejan que no acondiciones o no prepares», admite. Ella misma se suma a ese consejo. «Nunca jamás, bajo ningún concepto, preparéis a un familiar vuestro», recomienda a quienes se están formando en tanatoestética, tanatopraxia o trabajan en el ámbito funerario. «La mente os puede jugar una mala pasada, y demasiado mala», advierte. De esta forma, insiste en separar el trabajo de la vida personal. En un velatorio familiar, asegura, el lugar del profesional no está junto a la camilla, sino al lado de nuestros seres queridos: «Cuando sea un velatorio de vuestra familia, arropaos con vuestra familia. Esos momentos son para estar con ellos, no para trabajar».

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