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Libertad de expresión, ¿para qué?

2026-03-12 - 05:23

La frase «¿Libertad para qué?» fue la respuesta que dio Lenin a Fernando de los Ríos en 1920, cuando el socialista español preguntó por la libertad de prensa y expresión en la Rusia soviética. Este diálogo está narrado en el libro Mi viaje a la Rusia sovietista. Ahora la pregunta de Lenin que puso sobre aviso al socialista Fernando de los Ríos cobra rabiosa actualidad y se plantea con mayor insistencia a la vista de los desastres causados por los abusos y por el atrevimiento que incentiva el anonimato. Por eso, el libro Libertad de expresión. Una historia global desde Sócrates hasta las redes sociales escrito por el danés Jacob Mchangama y publicado en estos días por la editorial Ladera Norte debiera ser de lectura obligatoria. Empieza nuestro autor por recordarnos que la libertad de expresión nunca se conquista ni se pierde del todo. Sucede que la libertad de expresión es susceptible a los agentes de la erosión y que como sucede con los metales, se oxida. Momento de recordar que el club mundial de las democracias libres está perdiendo miembros con rapidez y que aquellos que tienen aspiraciones autocráticas –desde Viktor Orbán en Hungría hasta Narendra Modi en la India– consideran que la libertad de expresión es el primer y más importante obstáculo que deben superar para consolidarse en el poder. En las teocracias islámicas la blasfemia y la apostasía se siguen castigando con la pena de muerte, cuya ejecución corre por cuenta de las instituciones del Estado o de los yihadistas del entorno con capacidad de tomarse la justicia por su mano. Pero el retroceso de la libertad de expresión se observa incluso en las democracias liberales que temen las consecuencias de una desinformación y una propaganda hostil que se difunden a la velocidad de la luz mediante las nuevas tecnologías. Con perspicacia señala Jacob Mchangama que la entropía inherente a la libertad de expresión, además de derivar de causas políticas, está enraizada con la psicología humana y que es el afán de agradar, el miedo a la marginación, el deseo de evitar conflictos y las normas de cortesía las que nos empujan a silenciar a los oradores incómodos, ya sea en las plataformas digitales, los campus universitarios o las instituciones culturales. Y concluye que, por ello, «es de vital importancia fomentar y mantener activamente una cultura de respeto a la libertad de expresión para garantizar que esta última perdure, habida cuenta de que las leyes no bastan por sí solas». Es cierto que en la invocación a la libertad de expresión pueden refugiarse quienes impulsan la polarización, siembran la desconfianza, infligen graves daños a la convivencia e inoculan el odio. Pero la creencia de que los desafíos a que se enfrentan la dignidad, la confianza, la democracia y las instituciones pueden superarse a sus expensas es insostenible. Y queda fuera de discusión que las leyes que protegen la libertad de expresión constituyen el gran baluarte a defender mientras que la imposición de la censura señala el final de una sociedad libre, no su principio. Sostiene nuestro autor lo mucho que la humanidad ha ganado con la difusión gradual del derecho a la libertad de expresión, y lo mucho que puede perder si permitimos que continúe erosionándose durante esta nueva fase digital del viejo conflicto que mantiene con la autoridad. Continuará.

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