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Liza Minnelli ajusta cuentas a los 80 años: sexo, drogas y 'New York'

2026-03-13 - 09:53

Nueva York, 2003. Una mujer sale de un lujoso edificio y camina hacia Lumi, un conocido bar en el exclusivo Upper East Side. «No recuerdo qué bebí. No importaba. Pronto salí tambaleándome a la calle. Caminé por la avenida Lexington. En cuestión de minutos me desplomé, caí a la acera casi en coma. Me quedé en el suelo quién sabe cuánto tiempo. Cientos de personas pasaron por encima o alrededor de mi cuerpo. ¿Qué habrán pensado? ¿Vieron a otra persona sin hogar, borracha y desmayada en una acera? ¿O se fijaron mejor y vieron a Liza Minnelli, muerta para el mundo? Nunca lo sabré con certeza. He tenido momentos difíciles, vergonzosos y locos en mi vida, pero nada como aquel. Cuando mi equipo finalmente me encontró, me miré en el espejo y me sentí más avergonzada que nunca en mi vida». Liza Minelli describe así «el peor día de mi vida» en sus nuevas memorias, Kids, wait till you hear this! ('¡Chicos, esperad a escuchar esto!'). Desde aquel incidente ha logrado permanecer sobria, pero hasta llegar aquí, a sus 80 años cumplidos el 12 de marzo, ha sobrevivido a muchos episodios traumáticos. Cuenta la actriz y cantante que tomó su primer valium a los 23 años, tras el funeral de su madre, Judy Garland, en 1969. Lo hizo por prescripción médica. «Era la primera vez que tomaba una droga así y me maravilló lo rápido que me alivió. ¿Dónde había estado toda mi vida? El valium acabó provocando algo terrible en mí, como una cerilla que enciende el fuego. Una bendición de un día se convirtió en un hábito y, después, en una adicción en toda regla. Fue un regalo final, una herencia genética de mamá de la que no podía escapar». Y es que la muerte de su madre, cuenta Liza, fue devastadora, un antes y un después en su vida. «Nadie me fascinó más que mamá». Liza defiende a Judy Garland, como siempre ha hecho, frente a quienes la acusan de haber sido una mala madre por su tremenda adicción al alcohol y las pastillas. «Mamá gastó millones de dólares en centros de rehabilitación y hospitales –escribe Liza–. Recibió sesiones de electroshock . Nada funcionó. No es ningún secreto quiénes fueron los culpables. Ejecutivos de la industria –y mi propia abuela– la habían envenenado con estimulantes y tranquilizantes desde que era una estrella infantil». Los tres hijos de Judy Garland aprendieron a convivir con las adicciones de su madre. A los pocos días de nacer Lorna, la hermana pequeña de Liza, en noviembre de 1952, Garland intentó suicidarse. «La encontraron desplomada en el baño, con el suelo cubierto de sangre. Mamá se había cortado el cuello con una cuchilla de afeitar. Los médicos la cosieron. A la mañana siguiente, mamá estaba de muy buen humor. A pesar de las vendas, devoró un desayuno, preguntó en voz alta por qué siempre luchaba contra la depresión y luego iluminó el mundo a su alrededor como si nada hubiera pasado. Me engañé a mí misma creyendo que era inmortal». Liza y sus dos hermanos, Lorna y Joey, viajaron con su madre de gira por medio país durante años. «A los 13, yo era la cuidadora de mi madre. Le daba medicamentos todos los días para que pudiera funcionar. Perdí la cuenta de las veces que nos escabullíamos de los hoteles temprano porque mamá estaba en la ruina y no podía pagar la cuenta. Pero ella tenía un don para encontrar la comedia en la tragedia, una habilidad para la supervivencia». Hasta que dejó de tenerla. El 22 de junio de 1969 encontraron a su madre muerta en su piso de Londres por una «sobredosis imprudente». «Lloré durante ocho días seguidos», rememora Liza. «Cuando me comprometí con el cantante australiano Peter Allen en 1964, supe que había conocido al amor de mi vida –escribe la actriz–. Nos casamos en 1967. Una tarde, al volver temprano de unas compras compulsivas, entré en nuestro apartamento y encontré a Peter teniendo sexo apasionado... con un hombre. ¡En nuestra cama!». Explica que, lógicamente, se quedó en shock . «Mientras el otro caballero se vestía rápidamente y desaparecía, me sentí frágil y asustada. Peter se acercó y me abrazó fuerte. Ambos empezamos a llorar. Me dijo: 'Liza, te amo más que a nadie en el mundo... y soy gay'. Seguimos amándonos y respetándonos y estuvimos casados ​​siete años más. ¿Seguimos teniendo una vida sexual activa y plena? Sí. Todavía ocupa un lugar preciado en mi corazón». Las relaciones sexuales y sentimentales de Liza Minnelli ocupan buena parte de sus memorias. Sin duda, son relaciones memorables. El primer romance 'mediático', estando casada con Peter Allen, fue con Bob Fosse, quien la dirigió en el que sería su papel más emblemático, la Sally Bowles de Cabaret, en 1971. «Fosse tuvo una profunda influencia en mí como cantante, bailarina y actriz. Y sí, había una gran energía sexual entre nosotros». Cabaret le hizo ganar un Oscar en 1973 y, aunque seguía casada con Allen, ese mismo año se comprometió con otro hombre: Desi Arnaz Jr., el hijo de Lucille Ball, una pareja de 'hijos de Hollywood' ideal para la prensa del corazón. Sin embargo, aquel romance apenas duró, porque un buen día fue a verla a uno de sus conciertos Peter Sellers, «un hombre brillante, mordaz, genial y vagamente amenazante a la vez –confiesa Liza–. Nuestro romance empezó esa noche en mi camerino. Estaba convencida de que estábamos locamente enamorados. Peter y yo anunciamos al mundo que nos casábamos. Si esto te resulta confuso, ¿cómo demonios crees que me sentía yo? ¡Estaba casada con un hombre gay y comprometida con otros dos hombres!». Lo de Sellers tampoco duró; la salud mental del actor, por entonces desatada por el éxito, resultó ser una verdadera amenaza. «Peter me regañaba, se burlaba de mí, me intimidaba con las voces de diferentes personajes. No eran ficticios ni parte de un guion. Parecían provenir de lo más profundo de él, y no era agradable estar cerca. Luego se calmaba y volvía a ser el hombre cálido y cariñoso que yo creía que era. Peter tenía un caso grave de esquizofrenia y no había manera de que pudiera o quisiera soportarlo». En 1974, Liza se casó con el productor Jack Haley, pero no llevaban ni dos años juntos cuando «Marty y yo nos vimos envueltos en un apasionado romance». Marty es Martin Scorsese, entonces el director de moda, que la dirigió en New York, New York , un musical sobre la Gran Manzana ambientado en 1945, en el mismo día en que termina la Segunda Guerra Mundial, con Robert de Niro y Minnelli como protagonistas. «Marty y yo no podíamos tener suficiente el uno del otro y éramos el secreto peor guardado del set. A medida que filmábamos, Marty se convirtió en un consumidor cada vez más empedernido de cocaína. Y yo estaba a su lado. Raya a raya. Nada bueno podía salir de aquello». Y no salió. La relación duró lo que el rodaje, catastrófico por más señas. La película costó el doble de lo previsto y fracasó estrepitosamente en taquilla. Pero quedó un último número para la historia, su versión de la canción New York, New York . «Ha sido un elemento básico de mi carrera, una poderosa canción de amor a la ciudad que amo. Nunca me canso de cantarla». Los dos siguientes maridos de Liza Minnelli fueron sendos desastres absolutos. El matrimonio con el productor Mark Gero, entre 1979 y 1992, duró más una década que ella describe como una pesadilla. Liza admite que estaba difícilmente sobria en aquella etapa y él aprovechaba para maltratarla, controlaba con quién hablaba, qué comía... Peor aún fue su cuarto marido, el productor musical David Gest, con quien se casó en 2002. «Este tipo decía amarme, decía ser muy rico... Si pudiera hacer magia, habría evitado a este cretino como a la salmonela. Cuando nos separamos, en julio de 2003, estaba rebosante de alegría». Liza, en todo caso, tampoco se apiada de sí misma. Admite sin tapujos que sus adicciones hacían muy difícil la convivencia con cualquier otra persona. El 8 de octubre de 2000, un servicio de emergencia se presentó en la casa de Florida de unos amigos donde Liza se estaba alojando de forma temporal. La encontraron desplomada en el suelo y hablando de forma incoherente. El neurólogo diagnosticó un caso grave de encefalitis. «Mis amigos encontraron más de 60 pastillas de oxicodona (un potente analgésico) escondidas bajo mi colchón; y más en otros lugares. Los médicos me dijeron que el abuso de narcóticos y otras drogas puede desencadenar inflamación cerebral, que tal vez nunca volvería a leer, caminar, cantar ni hablar. Poco a poco, sin embargo, mejoré. Cuando informamos de mi hospitalización, dije que la encefalitis me la había contagiado la picadura de un mosquito». El último (o penúltimo) acto público de Liza Minnelli fue la gala de los Oscar de 2022. Con motivo del 50.o aniversario de Cabaret , fue invitada a copresentar el premio a la mejor película. Ya mermada y con escasa movilidad, su idea era caminar con ayuda de alguien hasta el escenario y allí sentarse en la silla de director que suele usar en público para estar a una altura razonable respecto a la gente en pie. Minutos antes de la emisión, sin embargo, le dijeron que saldría al escenario en silla de ruedas. «Me quedé atónita –recuerda–. Me defendí, pero mi copresentadora, Lady Gaga, a quien yo había asesorado y cuyo talento había admirado, insistió en que no subiría conmigo a menos que fuera en silla de ruedas. Increíblemente, me preguntó si no sería mejor que me fuera a casa». Liza se quedó atónita. La sacaron en silla de ruedas. Desde esa altura no podía leer bien el teleprompter , se puso nerviosa y se trabó con las palabras. «Gaga no se inmutó. 'Te tengo', me dijo, tomándome la mano. Recibió muchos elogios por este gesto aparentemente amable, que fue a mi costa. Creo que me sabotearon. Me dolió muchísimo». Fue esa misma noche, de camino a casa, cuando Liza Minnelli decidió escribir sus memorias. «Estoy segura de que hay mucha gente dispuesta a sacar provecho de la vida de Liza Minnelli, como hicieron con mamá y papá. Lamentablemente –sentencia–, mis padres nunca tuvieron la oportunidad de aclarar las cosas. Pero ahora yo sí».

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