Lo agotador que es ser de izquierdas: Marc Giró va más allá de lo previsible con Évole
2026-03-23 - 06:20
Marc Giró no habla tan rápido con Jordi Évole como hizo con Pablo Motos en El Hormiguero. La adrenalina del directo, a veces, nos arrasa. Aquí, incluso, es capaz de romper la cuarta pared de la tele. Retira los ojos de su entrevistado, mira a cámara y, entonces, apostilla al espectador esa confidencia que solo es capaz de confesarte un buen amigo. Es la forma de sembrar vínculos hondos con la audiencia. Más aún si sabes ejercer la ironía que todo permite verbalizar. Así los de Lo de Évole, astutos siempre en cuidar el juego narrativo, no han caído en la trampa de ejercer una telepromoción vacía de un nuevo programa y han transformado la "bienvenida" a Giró en una conversación que permite explicar lo que pocos son capaces. Marc hasta ha logrado exponer con sencillez la complejidad de por qué engancha tanto el odio ultra. “Ser progresista es agotador, nunca se acaba”, dice. “Entiendo a la gente que se hace facha porque es comodísimo. Porque las manzanas son manzanas, las peras son peras...”, suelta con sarcasmo. Se refiere a que entrenar la empatía cuesta más y obliga a la generosidad de ceder espacios para acoger realidades que desconocías. Pero existen. Y suelen terminar enriqueciendo la convivencia porque es más sana, es más sabia, es más plural. Más igualitaria que no es lo mismo que homogénea. Con su humor, con su labia, con su cabeza a mil por hora, Giró va desaprendiendo con el espectador lo que algunos nos insistieron que era "lo normal" y solo eran opresiones naturalizadas. También en el momento que afronta el alcoholismo y subraya la cultura ebria que tenemos tan incorporada en la cotidianidad que somos incapaces de ver en nosotros mismos. Un espejo en el que cuesta contemplarse. Siempre creemos que es cosa de otros mientras brindamos por nosotros con una copa en la mano. Chin-chin. Será que sin la perspectiva que otorga el tiempo es complicado ver qué perdemos a la vez que sentimos que somos los más modernos de Instagram. Lo evidencia su reflexión sobre sus años de trabajo en la revista Marie Claire: “Tú ves un reportaje de moda de los ochenta en España y la modelo era una señora que iba con su traje, una mujer adulta, que hacía cosas de ciudadana perfectamente homologable y la veías una mujer lista. Y, luego, con el paso de los años, el tipo de mujer que retratábamos en las revistas de moda se iba atontando. La íbamos retratando más lela, más manipulable. Se pasó a una mujer tirada en una roca. Mujeres todo el rato húmedas. Se ha maltratado la imagen de la mujer desde las revistas de moda”, describe Giro, preciso, sobre las publicaciones que tanto conoce. Pero, en realidad, esta involución se ha producido en muchos ámbitos mediáticos. La tele de los ochenta estaba repleta de mujeres dando al vuelta a la tele con la mirada que faltaba. Olga Viza, Paloma Chamorro, María Escario, Mercedes Mila, Rosa María Sardá... Huían de patrones estéticos. Huían de lo que representaba el tacón “femenino”. Huían del espatarramiento de la chica a la que se invitaba a ser florero perfecto. Lo relevante era la autoría de su oficio. En los últimos tiempos, sin embargo, los patrones estéticos se han estrechado. Las redes sociales han ayudado. Todos queremos ser sexies. Para encontrar la validación y porque desde el algoritmo viral al informativo televisivo se premia atesorar un cuerpo de póster central. O lo tendrás más difícil para protagonizar pantalla. Normal que la gente de la calle no se vea reflejada en la batalla de los clones de la tele de hoy. Y se pire. A otros lares. O podcasts, mismamente. Aunque el planeado golpe de efecto del guion del programa ha sido una llamada pactada con Pedro Sánchez. Con su voz de locutor de medianoche que se gusta a sí mismo. En ella, de repente, el presidente se pone a referirse a las personas migrantes a regularizar y cae en la trampa de afirmar que son los que cuidan a nuestros niños y nuestros mayores... Argumento tan poco progresista... Marc Giró, rápido, lo corrige. Lo subraya. El presentador se percata y delata la ranciedad de ese "utilitarismo" para ser aceptados. Que deja fuera a vulnerables, refugiados, personas con discapacidad. Todos tenemos derechos humanos por el puro hecho de existir, no por ser útiles. Que nadie se olvide. De hecho, por las cosas del crecer, no siempre seremos lo que algunos entienden como "físicamente útiles". Y ahí es donde reluce que hay fondo detrás de la acelerada verborrea de Giró: existe la curiosidad social que termina ensanchando las rígidas costuras de los patrones que nos dijeron. Incluso de los hombres que eran mejores por solo vestir un firme traje a medida.