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Lo que empieza a hartar de los 'influencers'

2026-03-11 - 07:44

Lola Lolita se siente The New York Times, París Mach y Cinemanía juntos. Ella es una publicación con patas. O eso ha venido a decir en la alfombra roja del Festival de Málaga al ser preguntada por el enfado de actrices, actores y directoras de cine que ven cómo se quedan fuera de sus fiestas y festivales, mientras sí reciben invitación personas con muchos followers en redes. Influencers que, por cierto, ya tienen sus Premios Ídolo para autohomenajearse. “Al fin y al cabo somos como un medio, pero de nuestra generación”, justifica Lola Lolita. La defensa es atrevida, pues nada se parecen las publicaciones que se estudian las películas para entrevistar a sus protagonistas y divulgar el cine con los influencers que aparecen cual insecto que va allá donde hay una luz prendida. Los focos son su materia prima para mostrar al mundo su alegría de vivir a todo trapo. El oficio del resto les da igual. Como ha pasado estos días con Lola Lolita en su Instagram, demostrando nula curiosidad por las pelis del festival de cine al que ha sido invitada. Todos posados de ella y para ella, que podía haber realizado en Málaga o en Moratalaz. De hecho, muchas veces los influencers ni siquiera entran a la proyección de las pelis. Solo quieren parasitar en la alfombra roja para fardar de una vida de felicidad, lujos y fiestas exclusivas. Posan entre canapé y canapé, pero no hay compromiso con la cultura. No hablarán de las películas. Ni caen por mera educación. Son vallas publicitarias de sí mismos o del patrocinador que pague el importe adecuado. ¿Medios de comunicación de su generación? No, medios de su propio ombligo. La industria del cine siempre ha aprovechado el tirón de celebrities como reclamo para intentar llegar a otros públicos. En el primer boom de las redes sociales ya probó el reclamo de actrices con muchos seguidores. Confiando que sus millones de fans correrían a pagar para ver su trabajo en la pantalla grande. El árbol de la sangre (2018) demostró que Úrsula Corberó no movilizó a sus, por entonces, 6 millones de seguidores en Instagram. La peli ni entró en el top 10 de la taquilla. El efecto trasvase no existe, sobre todo si quien te sigue lo hace por las cremas que te pones y no por la implicación con un talento profesional. Pero muchos influencers han interiorizado que con su presencia basta. Se lo tienen así de creído. La osadía de tal inconsciencia provoca que ni se preparen un poquito su aparición en un evento cinematográfico. Esta misma semana, Ona Gonfaus también fue llevada a Málaga con todos los gastos pagados y, como era previsible, una reportera de la televisión local le preguntó por el nombre de una peli que le gustaría ver en el festival. Una pregunta obvia, sencilla de preparar antes de enfrentarse a los periodistas. Sin embargo, Ona no supo qué decir. Silencio incómodo y, tras darle varias vueltas al asunto, soltó: “La nueva de Ocho apellidos, que la vi el otro día y me encantó”. Bueno, nueva ya... De 2023. Es tan bochornoso que ella ni siquiera transmite vergüenza. Solo la indiferencia por el séptimo arte. Tanto like excita los narcisismos y, de repente, te invitan a Los Goya o el Festival de Málaga y te crees que la alfombra roja es un decorado que te han puesto para lucirte en tus vídeos. Así el cine no amplía audiencias, son ellos los que se apropian de los lugares del cine. Que es diferente. Y se quedan fuera aquellos que sí necesitan promocionar sus creaciones. Las métricas de las redes sociales guían a los gabinetes de marketing: premian el hedonismo del "me gusta" instantáneo y marginan el recorrido del conocimiento fruto del esfuerzo. Por eso olvidamos como nunca, pues elegimos el vacío de la gente que simplemente posa, la gente que no se hace preguntas. ¿Quién iría a un lugar sin interesarse por saber qué pasa en el lugar? Ellos. Con otro efecto colateral que va surgiendo: los propios periodistas, educados en la viralidad, también dejan de preguntar a los creadores por su obra. No hace falta empollar las películas como antaño. Mejor propiciar un momento viral con la celebrity en cuestión, que se meta en un jardín polémico o que parezca que eres su amigo íntimo y, de paso, que te suban un puñado de suscriptores. El periodista se contagia del querer ser influencer. La pasión por la emoción del cine va cambiando por las obsesiones de intentar ser protagonista de la ficción de tu vida en las redes sociales. Y, mientras tanto, el glamour se va desvaneciendo. No hay actitud, hay atrevimiento. Las alfombras rojas están dejando de ser la puesta de largo del esfuerzo del trabajo en equipo durante meses. Hay una partida de presupuesto que se escapa en los que posan en cada esquina. Y son incapaces de discriminar cuándo deben ser los protagonistas y cuándo no es su momento. Son los mismos que no cuentan con un gran discurso frente al micrófono, pues no llegan a la celebración en el teatro con los sentimientos a flor de piel por las frustraciones, ilusiones y aprendizajes de las horas y horas que supone el proceso de escribir, ensayar, rodar y montar una película. Nos quedamos con la fachada. Nos quedamos con el selfie. Nos quedamos con la fama más vacía. Nos quedamos con las posturas que tapan a los realmente comprometidos con el arte. Definitivamente, los algoritmos nos han desnortado y los influencers que se sienten más influencers nos están empezando a hartar. Porque se han creído todo hasta cuando su contenido es nada.

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