'Los Bridgerton 4' tiene la mejor pareja de la serie, pero cae en el mismo error: crítica de la nueva temporada
2026-01-30 - 09:55
[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE LOS BRIDGERTON, TEMPORADA 4] Cuenta Shonda Rhimes que estaba enferma en una habitación de hotel cuando leyó el primer libro de Los Bridgerton. Aquel amorío no tan fingido entre un Duque y una Bridgerton la atrapó de tal forma que corrió a la librería más cercana a comprar el resto de novelas y, nada más devorarlas, supo que tenía que llevarlas a la pantalla. Cualquiera pensaría que lo que cautivó a la Reina Midas de la televisión fue un relato tan único, disruptivo y adictivo como la serie que ha conquistado Netflix. Nada más lejos de la realidad. Aunque la saga literaria de Julia Quinn es un culebrón de época de lo más entretenido y disfrutable, se limita a un contexto, unos clichés y unos parámetros clásicos y tradicionales. No hay reina negra ni Regencia inclusiva, tampoco amoríos homosexuales ni una visión moderna de las relaciones románticas. Todo lo que hace de Los Bridgerton una experiencia diferente, una ficción sin corsé casi utópica, es mérito del fenómeno de Netflix. En sus tres temporadas y la primera parte de la cuarta, la adaptación supera con creces las obras originales, ahondando en las dinámicas familiares, sumando personajes imprescindibles como la reina Carlota (Golda Rosheuvel), aportando capas a tramas sustanciosas, llegando incluso a transformar escenas clave y travesías narrativas para que no resulten reiterativas. En el caso del romance centrado en Benedict Bridgerton (Luke Thompson), su salto al audiovisual es aún más redondo porque los cambios argumentales son sutiles pero totalmente significativos. La nueva entrega mantiene fielmente el empaque de cuento de hadas de la novela, arrancando la historia de amor de Benedict y Sophie leal a esa referencia a La cenicienta, con criadas enmascaradas que abandonan bailes a medianoche, guantes perdidos, madrastras malvadas y abusivas y, sí, príncipes ciegos (o un Bridgerton, que aquí viene a ser lo mismo) en búsqueda desesperada del amor que está delante de sus narices. Sin embargo, explora con el mismo mimo y detenimiento la cruda realidad de Sophie, su dualidad como hija ilegítima que ha recibido una buena educación, pero trabaja esclavizada como empleada doméstica. Este cuento de amor imposible es más terrenal que cualquier otro romance de Los Bridgerton porque, además, camina por las dependencias del servicio, nos cuela en las cocinas, se aleja de la clase alta. La apuesta de Netflix vuelve a elevar el material de Quinn añadiendo acentos, idiomas, rasgos, colores de piel y realidades, sumando matices narrativos y sensibilidad moderna. Esta vez, saca más partido que nunca a su pareja protagonista, equilibrando la fantasía y la realidad hasta entregar un romance adorable, íntimo, irresistible, un amor prohibido y lleno de secretos que sobresale más de lo esperado. Benedict y Sophie: un perfecto romance a solas Benedict ha contado con el favor del público desde la temporada 1. Pese a no tener el libro más original ni excesiva presencia en el resto de entregas, Thompson ha logrado brillar por encima del resto de familiares gracias a la jovialidad y el espíritu libre de su personaje, que ha sabido transmitir en cada escena robada. En manos del actor, el arquetipo de libertino se ha recubierto de tonalidades, se ha vuelto humano, vulnerable, tierno, sin sacrificar su carácter juguetón y soñador. La cuarta temporada honra al Bridgerton favorito del público usando el amor como excusa para explorar sus facetas menos agradables pero más reales (su miedo a comprometerse) a la vez que lo lanza a los brazos del amor romántico. Su relación con Sophie, contrapunto perfecto despojado de cualquier vestigio de damisela en apuros, es un baile inexperto entre lo irreal y lo crudamente real, lo artístico de él y lo pragmático de ella, los privilegios balsámicos de uno y las miserias heredadas de la otra. Su amor prohibido se nutre sin terceros, en terrazas exteriores y casas señoriales, prácticamente ajeno a temporada de bodas, eventos sociales y el ir y venir de carruajes en Mayfair. Es en esa burbuja de intimidad, en ese tiempo a solas que comparten más que ninguna pareja previa y que parecen detener, donde Benedict y Sophie se vuelven inevitables, conjurando la historia de amor más caleidoscópica y a la vez orgánica de la serie. El suyo es el romance de los pequeños gestos y las miradas congeladas, de los desayunos compartidos y las comisuras de los labios que se levantan sin querer, del (des)equilibrio de caracteres y el trabajo en equipo para hacer volar una cometa o hablar francés, de las primeras impresiones, la intuición y las conversaciones fáciles, de los momentos de complicidad que preceden a la pasión desenfrenada. Es simplemente imposible no querer quedarte a vivir en ese espacio tan acogedor que crean Thompson y Ha. 'Los Bridgerton' y la sobredosis de secundarios A falta de ver la Parte 2, la cuarta temporada de Los Bridgerton tiene la mejor construcción inicial de una historia de amor en la serie. Sin embargo, adolece de lo mismo que su predecesora: un huracán de subtramas secundarias en Mayfair que no paran de distraer cuando lo único que deseas hacer es volver a Mi Cabaña con la pareja protagonista. La serie vuelve a intentar abarcar demasiado arco en detrimento de su poderosa historia principal, con relatos secundarios ajenos a Benedict y Sophie que a menudo estorban e incluso pecan de repetitivos. Ocurre con Francesca (Hannah Dodd), que, ahora casada, parece haberse contagiado de la inocencia exacerbada de su hermana Daphne (Phoebe Dynevor) en cuestiones de sexo; o con Eloise (Claudia Jessie) y su insistente perorata sobre el matrimonio. Si bien Los Bridgerton no puede contener el flujo de personajes como esa perfección compacta hecha miniserie que fue La reina Carlota, es capaz de limitarlo, como hizo la segunda entrega: en ella, las tramas y los personajes secundarios sumaban a la pareja protagonista, explicaban las dinámicas familiares que hicieron del vizconde Anthony Bridgerton un hermano sobreprotector y competitivo, pero también leal y cariñoso. Sin embargo, a partir de la tercera entrega, los romances bridgertonianos se multiplicaron (además de Colin, Benedict experimentó con su sexualidad y hubo doble boda gracias a Francesca) y el desfile de nuevos personajes se intensificó, algo con lo que nos volvemos a topar en la Parte 1 de la cuarta entrega. El ajetreo del servicio del 'Ton', la guerra de las criadas o la familia postiza de Sophie exigen justamente su espacio, suman al romance y a la serie, contextualizan el clasismo, añaden terrenalidad a la fantasía. Incluso la mayor presencia de Francesca y Eloise puede justificarse al tratarse de las próximas protagonistas de la ficción. Pero el amorío de Violet (Ruth Gemmell) o los enredos reales con los Mondrich no exigían tanto tiempo en pantalla. Tal vez en esta temporada sea especialmente molesto al obligarnos a romper abruptamente la burbuja de Benedict y Sophie. Tal vez frunzamos más el ceño porque preferimos seguir aprendiendo a bailar con los protagonistas en una terraza que volver al baile de máscaras. Tal vez nos enfurruñemos de más al regresar al elitismo de Londres porque lo único que anhelamos es quedarnos en la campiña siendo testigos de cómo un artista fantasioso y una ingeniosa criada acercan sus mundos. Tal vez solo queremos perdernos con la mejor pareja de Los Bridgerton.