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'Los Bridgerton 4' tiene la mejor pareja de la serie, pero cae en el mismo error de siempre

2026-01-29 - 09:20

[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE LOS BRIDGERTON, TEMPORADA 4] Cuenta Shonda Rhimes que estaba enferma en una habitación de hotel cuando leyó el primer libro de Los Bridgerton. Aquel amorío no tan fingido la atrapó de tal forma que corrió a la librería más cercana a comprar el resto de novelas y, nada más devorarlas, supo que tenía que llevarlas a la pantalla. Cualquiera pensaría que lo que cautivó a la Reina Midas de la televisión fue un relato tan único, disruptivo y adictivo como la serie que ha conquistado Netflix, pero nada más lejos de la realidad. Aunque la saga literaria de Julia Quinn es un culebrón de época de lo más entretenido y disfrutable, se limita a un contexto, unos clichés y unos parámetros clásicos y tradicionales. No hay reina negra ni Regencia inclusiva, tampoco amoríos homosexuales ni una visión moderna de las relaciones románticas. Todo lo que hace de Los Bridgerton una experiencia diferente, una ficción sin corsé casi utópica, es mérito del fenómeno de Netflix. En sus tres temporadas y la primera parte de la cuarta, la adaptación supera con creces las obras originales, ahondando en las dinámicas familiares, aportando capas a tramas sustanciosas, llegando incluso a cambiar escenas clave y travesías narrativas para que no resulten reiterativas. En el caso del romance centrado en Benedict Bridgerton (Luke Thompson), su salto al audiovisual es aún más redondo porque los cambios argumentales son sutiles pero totalmente significativos. La nueva entrega mantiene fielmente el empaque de cuento de hadas de la novela, arrancando la historia de amor de Benedict y Sophie fiel a esa referencia a La cenicienta, con criadas que abandonan bailes a medianoche, guantes perdidos, madrastras malvadas y abusivas y, sí, príncipes ciegos (o un Bridgerton, que aquí viene a ser lo mismo) en búsqueda desesperada del amor que está delante de sus narices. Sin embargo, explora con el mismo mimo y detenimiento la cruda realidad de Sophie, su dualidad como hija ilegítima que ha recibido una buena educación, pero trabaja esclavizada como empleada doméstica. Este cuento de amor imposible es más terrenal que cualquier otro romance de Los Bridgerton porque, además, permite caminar por las dependencias del servicio, nos cuela en las cocinas, alejándonos de la clase privilegiada. La apuesta de Netflix vuelve a elevar el material de Quinn añadiendo acentos, idiomas, rasgos, colores de piel y realidades, sumando matices narrativos y sensibilidad moderna. Esta vez, saca más partido que nunca a su pareja protagonista, equilibrando la fantasía y la realidad hasta entregar un romance tierno, íntimo, irresistible, un amor prohibido y lleno de secretos que sobresale. Benedict y Sophie: un perfecto romance a solas Benedict ha contado con el favor del público desde la temporada 1. Pese a no tener el libro más original ni excesiva presencia en el resto de entregas, Thompson ha logrado brillar por encima del resto de familiares gracias a la jovialidad y el espíritu libre de su personaje, que ha sabido transmitir en cada escena robada. En manos del actor, el arquetipo de libertino se ha recubierto de capas, se ha vuelto humano, vulnerable, tierno, sin sacrificar su carácter juguetón y soñador. La cuarta temporada honra al Bridgerton favorito del público usando el amor como excusa para explorar facetas menos agradables pero más reales (su miedo a comprometerse) a la vez que lo lanza a los brazos del amor romántico. Su relación con Sophie es un baile inexperto entre la fantasía y la realidad, entre la fluidez artística de él y el pragmatismo necesario de ella, entre los privilegios de uno y las miserias de la otra. Su amor prohibido se forma sin terceros, en terrazas exteriores y casas señoriales, lejos de temporada de bodas, eventos sociales y el ir y venir de carruajes en Mayfair. Es en esa burbuja de intimidad, en ese tiempo a solas que comparten más que ninguna pareja previa, donde Benedict y Sophie se vuelven magnéticos, conjurando la historia de amor más tierna de la serie. El suyo es el romance de los pequeños gestos, de los desayunos compartidos y las risas que se escapan, del equilibrio de caracteres y el trabajo en equipo para hacer volar una cometa o hablar francés, de las conversaciones intuitivas y los sentimientos florecientes, de los pequeños momentos de complicidad antes de la pasión desenfrenada. Más allá de la química entre Thompson y Ha, y esos espacios a solas, el gran mérito de los guionistas en lo referente a la adaptación del romance en el libro (Te doy mi corazón) ha sido suavizar, al menos de momento, el giro Cincuenta sombras de Grey de las páginas y arrancar a Sophie cualquier vestigio de damisela en apuros. 'Los Bridgerton' y la sobredosis de secundarios A falta de ver la Parte 2, la cuarta temporada de Los Bridgerton tiene la mejor construcción de una historia de amor de la serie. Sin embargo, adolece de lo mismo que su predecesora: un huracán de subtramas secundarias en Mayfair que no paran de distraer cuando lo único que quieres hacer es volver a Mi Cabaña con la pareja protagonista. La serie vuelve a intentar abarcar demasiado en detrimento de su poderosa historia principal, con relatos secundarios ajenos a Benedict y Sophie que a menudo estorban e incluso pecan de repetitivos. Ocurre con Francesca (Hannah Dodd), que, ahora casada, parece haberse contagiado de la inocencia exacerbada de su hermana Daphne (Phoebe Dynevor) en cuestiones de sexo; o con Eloise (Claudia Jessie), que continua con la misma perorata sobre el matrimonio. Si bien Los Bridgerton no puede contener el flujo de personajes como esa perfección compacta hecha miniserie que fue La reina Carlota, es capaz de limitarlo, como hizo la segunda entrega: en ella, las tramas y los personajes secundarios sumaban a la pareja protagonista, explicaban las dinámicas familiares que hicieron del vizconde Anthony Bridgerton un hermano sobreprotector y competitivo, pero también leal y cariñoso. Sin embargo, a partir de la tercera entrega, los romances Bridgertonianos se multiplicaron (además de Colin, Benedict experimentó con su sexualidad y hubo doble boda gracias a Francesca) y el desfile de nuevos personajes se intensificó, algo con lo que nos volvemos a topar en la Parte 1 de la cuarta entrega. El ajetreo del servicio del 'Ton', la guerra de las criadas o la familia postiza de Sophie tienen que estar, aportan al romance y a la serie, contextualizan el clasismo, añaden terrenalidad a la fantasía. Incluso la mayor presencia de Francesca y Eloise puede entenderse de cara a las próximas temporadas que protagonizarán. Pero el amorío de Violet (Ruth Gemmell) o los enredos reales con los Mondrich no exigían tanto tiempo en pantalla. Tal vez en esta temporada sea especialmente molesto al romper abruptamente las burbujas de Benedict y Sophie. Tal vez frunzamos más el ceño porque preferimos seguir aprendiendo a bailar con los protagonistas en una terraza exterior que volver al baile de máscaras, tal vez nos enfurruñemos porque nos arrastren de regreso al elitismo de Londres cuando lo único que queremos es quedarnos en la campiña siendo testigos de cómo un artista fantasioso y una ingeniosa criada consiguen acercar acercar sus mundos. Tal vez solo queremos perdernos con la mejor pareja de Los Bridgerton.

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