'Los Bridgerton' acaba de estrenar su mejor episodio, pero va en contra de sus protagonistas: crítica de la temporada 4, Parte 2
2026-02-26 - 12:33
[ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS DE LOS BRIDGERTON, TEMPORADA 4, PARTE 2] La cuarta temporada de Los Bridgerton partía con un gran hándicap, aunque también con cierta ventaja para contrarrestarlo. Por un lado, Te doy mi corazón, el libro de Julia Quinn que adaptaba, es una sucesión de clichés, un pastiche de flechazos, polos opuestos y amores imposibles con ecos de La cenicienta en el que Benedict tiene más de antihéroe romántico que de novio aspiracional. Sin embargo, la serie cuenta con ese as en la manga llamado Luke Thompson, que había hecho de Benedict el hermano favorito de los espectadores desde la primera entrega. La ficción de Netflix se ha mantenido más fiel al material original de Quinn que nunca en esta entrega, pero corrigiendo su simpleza argumental, equilibrando al Benedict de la pantalla y al de las páginas (insuflando empatía, cambiando la conducta dominante por el miedo al compromiso y la ceguera), enfatizando el carácter resolutivo de la Sophie de Yerin Ha, sin un pelo de damisela en apuros. Con los primeros cuatro episodios (aquí puedes leer la crítica), Thompson y Ha han demostrado parar el tiempo con solo mirarse en silencio, y se han erigido como la mejor pareja de Los Bridgerton, la que pasa de la fantasía perfecta del enamoramiento a primera vista a la realidad imperfecta del amor, la que no se consolida en un baile de máscaras sino en una cabaña aislada, no entre vestidos lujosos y chismorreos de la alta clase sino entre cometas alegóricas y francés mal pronunciado. En sus manos, el romance de Benedict y Sophie ha sabido a conexión y elección, a nerviosismo y pasión contenida. Ellos han sido el reclamo y acierto principal de una cuarta temporada que, en su Parte 1, ha vuelto a pecar de sobredosis de historias secundarias, pero que al menos lo ha compensado con un amor bien construido, edificado sobre pequeños gestos y momentos. Su Parte 2, ya en Netflix, rebaja del todo el tono de fantasía para lanzarse a los brazos de la más cruda realidad, un cambio de paradigma impecable si no afectara a la evolución de la pareja protagonista. La cuarta temporada de Los Bridgerton trastabilla en sus últimos cuatro episodios, todo porque, aunque los secundarios se vuelven más interesantes y la atmósfera más deliciosamente auténtica, asfixiante, Benedict y Sophie se desdibujan. Analizamos lo mejor y lo peor del final de su historia de amor. 'Los Bridgerton' lanza su episodio más trascendental La reina Carlota introdujo en la burbuja fantasiosa y romántica que es Los Bridgerton un tono argumental más oscuro y maduro, disfrazándose de matrimonio concertado y feliz para hablar en realidad sobre salud mental y amor sacrificado. No pinchó la burbuja, le insufló complejidad. Esa aproximación más profunda, más pegada a una realidad sin florituras, contagia ahora el episodio 7 de la cuarta temporada, que apaga los tonos pastel, baja el volumen de la música y explora la tristeza sin paliativos. En El más allá, los Bridgerton afrontan la inesperada muerte de John Stirling (Victor Alli), el marido de Francesca (Hannah Dodd), de un aneurisma. El hogar familiar se viste de negro, igual que los protagonistas, y todos transitan el duelo de diferentes formas, desprendiéndose de su fachada amable para dejarse arrollar por otros sentimientos más incómodos: Francesca, la culpa por el linaje interrumpido; Benedict, la rabia acumulada; Hyacinth (Florence Hunt), el miedo a la pérdida; Violet (Ruth Gemmell), el recuerdo de otro luto sin sanar. Si bien la muerte siempre ha sobrevolado a la familia a través de la picadura de abeja que se llevó a su padre Edmund (Rupert Evans), impactando en sus vidas y sus personalidades, esta es la primera vez que los vemos transitar el duelo, y hay pocas cosas que despojen de máscaras y liberen de obligaciones sociales como el dolor, como el recordatorio de la mortalidad, sobre todo en la juventud. La serie no mira con miedo a su trama más tenebrosa hasta el momento; por el contrario, mete el dedo en la llaga, como confirma la escena en la que Francesca se somete a un examen médico para confirmar si está embarazada o no. La cámara mira a Dodd, se recrea primero en su molestia y después en su angustia. Con este capítulo, Los Bridgerton se arriesga, abandona por completo su zona de confort y, con ello, crece, se expande, y amplía nuestra visión y nuestras expectativas sobre ella. Puede perturbar o confundir a más de un fan, pero, en realidad, este volantazo vuelve más interesante a la ficción, vaticina un futuro con más posibilidades y matices de las esperadas hasta ahora, sobre todo en lo que respecta a Francesca y su historia. Puede no ser el episodio que los fans del romance más convencional desean, pero es el que la apuesta necesita tras mucho tiempo encorsetada en un precioso vestido azul pastel. Benedict y Sophie, un final de romance desaprovechado Además del episodio 7, la Parte 2 se cubre con otros mantos de difícil realidad, aunque más ligeros. El final del romance de Benedict y Sophie se tiñe de negro luto, un color inaudito en la serie, pero sobre todo se pone (y se quita) el delantal de sirvienta para enfatizar el clasismo en una sociedad en la que es impensable e inaceptable que un noble se enamore de una criada. Estamos en Mayfair, lejos de Mi Cabaña, y aquí la pluma de Penelope/Lady Whistledown (Nicola Coughlan) sobrescribe cualquier ensoñación pasada. Quien mejor lo refleja es Anthony (Jonathan Bailey), que regresa de India con un rapapolvo para su hermano. Podrás odiarlo todo lo que quieras (o todo lo que el encanto de Bailey te permita), pero el primogénito, más allá de mantener intacta su personalidad controladora y sobreprotectora, es el eco de toda una Regencia privilegiada: un noble que se vincule con una criada será repudiado y, con él, toda su familia. Ni la bondad ni la permisividad de Violet pueden cambiar eso. Así, si en la Parte 1 los secundarios estorbaban, en esta segunda suman a la dicotomía entre fantasía y realidad, entre clase alta y baja, que persigue a Benedict y Sophie. Celebramos en especial el desarrollo de Francesca y Eloise (Claudia Jessie), con la primera dejando de preguntar qué es el clímax para arrastrarnos a una montaña rusa emocional que vaticina el tono más maduro de su entrega, y la segunda empatizando con el deseo o la necesidad ajena. El carácter rebelde de Eloise desecha por fin la soberbia para abrazar la humildad y reconfortar a Hyacinth (Florence Hunt) o pedir perdón a Cressida (Jessica Madsen). Lamentablemente, todos ellos brillan en un primerísimo plano en detrimento de la pareja protagonista, que desaparece entre tanto relato añadido, que avanza más en un viaje individual que conjunto, con esa Sophie que se robó la Parte 1 cediendo prácticamente todo el foco a un Benedict desbordado. Vemos al artista de los Bridgerton desprovisto de escudos, permitiéndose por fin explotar de rabia y frustración, comprometido, muy por encima de un romance que se precipita. Sí, el talento de Thompson y Ha, su conexión, salva un final de amorío escrito de forma perezosa. La desesperación de Benedict y la determinación de Sophie refuerzan sus encuentros íntimos, tiernos y pasionales, perfectamente coreografiados, pero el resto de su historia compartida, incluyendo la revelación de que Sophie es la Dama Plateada, el encarcelamiento de esta o la resolución del enredo, se resuelve abruptamente. Aunque los actores son capaces de parar el tiempo con solo mirarse, la serie tiene prisa e incluso ese último regalo a modo de escena postcréditos resulta insatisfactorio. Los Bridgerton encentra un final feliz para su cuarta temporada. La entrega que arrancó como un cuento de hadas desemboca en el relato más terrenal y valiente, en el que resuenan los sentimientos amargos, los más humanos, como ese grito desgarrador de Francesca al final del episodio 6. Acierta al vestirse de luto y dejar llorar a su familia protagonista, por quienes han perdido, pero casi más por quienes perdieron. Benedict y Sophie merecían más que unas perdices devoradas velozmente, pero, por suerte, cualquier momento entre Thompson y Ha equivale a un sinfín de declaraciones (sin la palabra amante), a mil horas engullidos por el vapor de un baño, a varias temporadas en una burbuja de realidad romántica. Ahora Los Bridgerton tiene un nuevo hándicap: superar a su mejor dupla protagonista.