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Los jóvenes que deciden vivir sin coche propio: "Si lo uso cuatro veces al mes, no me compensa comprar"

2026-02-28 - 07:03

Con 34 años y trabajo en una gestoría, Antonio (nombre ficticio), recuerda que en Talavera de la Reina, Toledo, tener coche significaba poder ir a comprar, ver a los amigos o moverse sin depender de nadie. Se acostumbró a que el coche fuera parte de su vida mucho antes de cuestionárselo. Cuando ahorró lo suficiente, se compró uno sin pensarlo dos veces: era, dice, "una necesidad" que entendía como sinónimo de independencia. Durante años, no se planteó una vida adulta sin vehículo en propiedad. Cuando se mudó a Madrid, esa lógica empezó a tambalearse. En la capital, el transporte público le llevaba mejor al trabajo y a casi todos sus destinos habituales, mientras el coche se quedaba cada vez más tiempo aparcado. Aparcar era una complicación, las restricciones se acumulaban y el coste mensual de mantener el vehículo seguía siendo el mismo. "Acabé usando el coche pocas veces entre semana, pero seguía pagando como si lo usara cada día. Se convirtió en un gasto desproporcionado en comparación con el uso que le daba", resume. El parque automovilístico español envejece y la compra del particular pierde peso frente a empresas, flotas de alquiler y fórmulas de renting, en un contexto en el que plataformas como Amovens convierten el coche en algo que se usa cuando hace falta, no en una obligación permanente. Hoy, Antonio se mueve casi siempre en metro. Para ir a trabajar, el trayecto es corto y con paradas cerca de la oficina; para moverse por Madrid, el suburbano y el autobús cubren la mayor parte de sus necesidades. El coche aparece solo cuando realmente le aporta algo distinto: una excursión, una visita a Talavera o un desplazamiento por los alrededores. En esos casos, recurre al alquiler entre particulares a través de Amovens, un par de veces por semana como mucho y con recogida cerca de casa, sin oficinas tradicionales. También ha hecho sus cuentas. Calcula que mantener un coche en propiedad le costaría entre 300 y 400 euros al mes, sumando seguro, combustible y otros gastos, aunque el vehículo ya estuviera pagado. Con su fórmula actual, combinando transporte público y alquiler puntual, gasta unos 150-200 euros mensuales. "En mi vida, hoy, el coche propio es algo que ya no representa libertad, sino atadura", resume. Su caso encaja en un contexto en el que el coche sigue siendo muy habitual, pero deja de ser un paso automático para parte de su generación. Un parque envejecido y menos impulso del particular Los datos del sector ayudan a entender el escenario en el que se mueven perfiles como Antonio. Según la Asociación Española de Fabricantes de Automóviles y Camiones (ANFAC), la edad media de los turismos en España se sitúa en torno a los 14,2-14,5 años, una de las más altas de la Unión Europea, lo que indica que quienes tienen coche lo conservan más tiempo y retrasan la sustitución. El Anuario Estadístico General de la Dirección General de Tráfico muestra que en 2023 se matricularon algo más de un millón de turismos, por encima de los años posteriores a la pandemia, pero aún lejos de los niveles de principios de los 2000, cuando se superaban los 1,6 millones anuales. Las patronales del sector y los análisis de mercado señalan, además, que una parte importante del repunte reciente se debe a empresas, alquiladoras y renting, mientras que el comprador particular tradicional mantiene un papel más débil que en esa época de "coche nuevo para todos". No hay estadísticas oficiales que desglosen cuántos jóvenes tienen coche en propiedad, pero la combinación de parque envejecido y menor peso relativo del particular sugiere que entra menos gente nueva en la propiedad, especialmente en entornos urbanos con buenas alternativas de movilidad. Jordi, periodista de 26 años, que reparte su vida entre Sant Miquel de Balenyà, Barcelona, y Andorra la Vella, conoce bien las dos caras de esa realidad. En su pueblo, explica, vivir sin coche equivale a ser dependiente siempre de alguien para ir a casi cualquier lugar. Durante un tiempo tuvo un pequeño coche que le regaló una vecina y que utilizaba para moverse por la comarca: para bajar a Vic, también en Barcelona, para hacer recados o para salir con amigos, consciente de que el vehículo apenas aguantaba recorridos más largos. Ahora reside en Andorra la Vella y su día a día es muy distinto. Vive a unos diez minutos del trabajo, va a pie o en autobús y, como residente, dispone de una tarjeta que le permite utilizar el transporte público sin coste. En Andorra, dice, no necesita coche para trabajar y, además, comprar uno resultaría poco práctico: como inmigrante regular, tendría que tener matrícula andorrana y convalidar el permiso de conducir, un esfuerzo que no compensa por un uso limitado. Mantiene su vida personal, en la comarca barcelonesa de Osona, y organiza sus visitas de fin de semana combinando transporte público y coches familiares. El trayecto entre Andorra y su pueblo resume bien qué supone no tener coche. Cuando baja, alguien de su entorno le acerca en coche hasta Centelles; desde allí toma un autobús hasta Barcelona, cruza la ciudad en metro hasta Zona Universitària y enlaza con otro autocar de vuelta a Andorra. Al llegar, aún tiene por delante un cuarto de hora a pie hasta casa. Son unas cinco horas de viaje para un recorrido que en coche se haría en unas dos. Aun así, cuando compara tiempo y dinero, sigue inclinándose por no comprarse uno: calcula que solo en seguro y gasolina pagaría unos 200 y pico euros al mes, frente a los alrededor de 120 euros que gasta ahora en billetes de autobús. Usar, pagar y devolver Desde el otro lado del mercado, Alberto Bajjali, CEO de Amovens, observa un cambio que va más allá de una generación concreta. En su plataforma, explica, no solo hay usuarios jóvenes que nunca se han planteado comprar coche, sino también personas de 40 a 55 años que han tenido varios vehículos en propiedad y ahora buscan formas de optimizar su uso. "Durante décadas el coche fue sinónimo de libertad y progreso. Hoy empieza a percibirse como un servicio más dentro del ecosistema de movilidad. Cada vez más personas priorizan el acceso frente a la propiedad y valoran la flexibilidad por encima de la posesión", señala. Cuando hablan con sus usuarios, en Amovens detectan patrones que se parecen a lo que cuentan Antonio, Jordi y Silvia. "El motivo principal suele ser práctico: no lo necesitan de forma continua, especialmente en entornos urbanos donde el transporte público cubre gran parte de los desplazamientos diarios", explica Bajjali. El segundo factor es económico: mantener un coche implica un gasto mensual elevado aunque se use poco, y muchas personas prefieren pagar solo cuando realmente lo necesitan. El componente medioambiental también aparece en las conversaciones, pero como argumento añadido, no como razón principal. El modelo que se describe se basa en esa lógica: el coche deja de ser el centro del sistema de movilidad y pasa a ser una herramienta puntual. Los usuarios combinan abonos de metro y autobús, caminar o ir en bicicleta, y recurrir al vehículo solo para lo que no cubren esas opciones: viajes, escapadas, visitas familiares, mudanzas ligeras o desplazamientos concretos. "En lugar de tener un coche parado la mayor parte del tiempo, se optimiza su uso y se accede solo cuando realmente aporta valor", resume Bajjali. La propiedad del coche sigue siendo mayoritaria en España, pero el parque envejece, el comprador particular ya no ocupa todo el protagonismo y las ciudades ofrecen suficientes alternativas como para que una parte de quienes se acercan a los 30 años decida vivir sin coche propio. Jóvenes que nunca han tenido coche en propiedad Un sábado cualquiera, Silvia atraviesa Barcelona en metro con la misma naturalidad con la que sus padres cogían el coche. Tiene 29 años, vive en L'Hospitalet, Barcelona, y nunca ha tenido vehículo en propiedad: para ir a trabajar, para quedar con amigos o para cruzar la ciudad, su referencia es la red de transporte público. Cuando necesita coche, lo alquila unos días en Sants y lo devuelve sin tener que pensar después en dónde estacionarlo de forma segura ni en pagar el mantenimiento. Antes de la separación de sus padres, el único vehículo de la familia era el de su padre y, después, en casa de su madre, el coche dejó de formar parte del paisaje cotidiano. A diferencia de Jordi, su vida adulta se ha desarrollado junto a una red de transporte público que le permite moverse sin plantearse la compra de un vehículo. Su rutina diaria se apoya casi por completo en el metro. Con él llega al centro de Barcelona, a la Diagonal, a Gràcia o a la Barceloneta en unos veinte minutos, y completa los trayectos con autobús cuando la parada queda cerca del destino o, simplemente, caminando. Para viajes o escapadas, recurre al alquiler de coches en empresas situadas en Sants, donde puedes recoger y devolver vehículos relativamente nuevos con facilidad. Reservar unos días, conducir y olvidarse del coche al volver se ha convertido en su fórmula habitual. Con la T-jove bonificada - un abono joven personal que permite viajar de forma ilimitada durante 90 días por la red de transporte público del área de Barcelona a un precio bonificado-, calcula que gasta unos 40 euros cada tres meses en transporte público. Si tuviera coche en propiedad, cree que el gasto se iría a unos 300-400 euros mensuales, sumando las letras del vehículo, el aparcamiento, la gasolina, el seguro y los impuestos, para un uso que, según admite, sería de "cuatro veces al mes". Solo se imagina comprando coche en un escenario concreto: si forma una familia y necesita más margen para responder a imprevistos, llevar a los hijos o hacer compras grandes.En su vida actual, el coche es algo que usa cuando lo necesita y que desaparece por completo de su día a día cuando no le hace falta. Si quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escribe a pablo.rodero@20minutos.es. 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