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Los últimos días de Bashar al-Asad en Siria y lo que revelan sobre el poder en Oriente Medio

2026-03-27 - 10:00

En las semanas que siguieron al ataque de Hamás a Israel, el 7 de octubre de 2023, mientras el Gobierno de Benjamin Netanyahu bombardeaba Gaza, el Líbano y Siria, Bashar al-Asad jugaba al Candy Crush en su palacio de Damasco. Lo acompañaba su amante, Luna al-Shibl, experiodista de Al Jazeera, y su asesora de comunicación desde el estallido de la guerra civil en 2011. Entre sus funciones figuraba también conseguirle al presidente sirio mujeres con las que mantener relaciones sexuales, incluidas las esposas de altos oficiales sirios. Describe la escena Robert F. Worth, gran experto en el mundo árabe y Oriente Medio, en la revista The Atlantic donde recrea los últimos meses de Al-Asad en el poder y su huida final a Rusia, el 7 de diciembre de 2024, cuando los rebeldes ya amenazaban la capital de su país. Autor, entre otros libros, de A rage for order ('Furia por el orden'), concienzudo recorrido por las primaveras árabes –de Túnez al Yemen, pasando por Egipto, Libia, los horrores del Estado Islámico y la guerra civil en Siria–, Worth cita en su nueva investigación a decenas de fuentes muy cercanas al exdictador sirio y a un exfuncionario israelí. «La traición de Asad –señala– fue tan pasmosamente cobarde que al, principio, a algunos les costó creerla. Cuando los hechos se volvieron innegables, la lealtad de miles de personas se transformó casi instantáneamente en furia». Sus fuentes describen a un gobernante distante, obsesionado con el sexo y los videojuegos que, probablemente, podría haber salvado su régimen en cualquier momento de no haber sido tan obstinado y vanidoso. Para finales de 2024, en cualquier caso, ya no escuchaba a nadie ni su familia estaba con él. No se sabe en qué momento el distanciamiento de su esposa, Asma, en su momento llamada 'la Lady Di de Oriente Medio', fue total. Asma fue diagnosticada de cáncer de mama en 2018, y en 2024 se supo que padecía leucemia mieloide aguda, una forma agresiva de cáncer en la sangre, del que se habría estado tratando en Londres. Aislada de la vida pública, se cree que vivía fuera de Siria desde hacía años en compañía de su hija Zein, de 23 años. Su hijo mayor, Hafez, de 25, se había formado como matemático en Moscú y el pequeño Karim, de 22, es el único que seguía viviendo con su padre en Damasco. En cualquier caso, nadie parecía haber imaginado que Asad caería tan rápido, si bien su caída, vista con cierta perspectiva, era previsible: sus aliados, Rusia e Irán, estaban centrados en otros conflictos (Ucrania e Israel), y su ejército era débil y corrupto, en parte porque estaba mal pagado: los soldados rasos cobraban diez dólares al mes. Pero, aun así, ninguno de los países de la región quería la caída de Asad y le ofrecieron ayuda en varias ocasiones. No la aceptó. La soberbia de Asad se amparaba en que había ganado una guerra. O eso creía él. La llamada Primavera Árabe llegó a Siria en 2011 y desembocó en una guerra civil. Los opositores de Asad empezaron a tomar ciudades a medida que eran ayudados por radicales islamistas del exterior, más preparados para el combate. De no ser por Vladímir Putin, Asad habría caído en 2015. La intervención rusa, que asestó duros golpes a los rebeldes, cambió radicalmente el curso del conflicto. En 2017, Asad había ganado la guerra. Pero el país estaba destrozado y en la ruina económica. Sus aliados hasta entonces, Rusia e Irán, no iban a ayudarlo a reconstruir el país; al contrario, presionaban para que les devolviera el dinero invertido en la guerra. No es que a Asad le haya preocupado nunca la pobreza de su pueblo ni que su enorme fortuna personal estuviera amenazada. El Departamento de Estado estadounidense estimó en 2022 la riqueza personal de Bashar al-Asad en unos 2000 millones de dólares, pero fuentes internas multiplican por diez esa cantidad. Está documentado que gran parte de esa fortuna proviene del narcotráfico. Al-Asad y su familia convirtieron Siria en un narcoestado; el hermano de Bashar, Maher, considerado el 'brazo ejecutor' del régimen, supervisaba la fabricación y el contrabando de enormes cantidades de captagon, un tipo de anfetamina, llamada la 'cocaína de los pobres' y muy extendida por Oriente Medio. De hecho, los líderes de los países del Golfo y Jordania estaban molestos con Al-Asad por el aumento de los adictos al captagon en sus países. A pesar de ello, los estados árabes del Golfo, que rehúyen cualquier conflicto cerca de sus fronteras que pueda perjudicar a su economía y la renovación de su imagen como paraíso turístico y empresarial, sí tenían el dinero para reconstruir Siria y se lo ofrecieron. En 2017, Emiratos Árabes Unidos comenzó a acercarse a Damasco. Pero ponía una condición: Al-Asad debía distanciarse de Irán. El dictador se negó a cortar sus vínculos con Irán porque los iraníes aseguraban su personal supervivencia, cosa que los países del Golfo no tenían tan claro. Para asegurarse el apoyo de Irán, solo tenía que seguir facilitando el suministro de armas y dinero a través de territorio sirio a Hezbolá, en el Líbano, la milicia que más desquicia a Israel. Y, pese a ello, Israel tampoco hizo nada para derrocarlo. Eso envalentonó a Al-Asad. «Bashar vivía en un mundo ficticio –cuenta Worth, citando a un exagente político de Hezbolá–. Pensaba: 'Los iraníes me necesitan. Los rusos no tienen otra opción. Soy el rey'». Las cosas empezaron a cambiar en julio de 2024, con la guerra en Gaza en su peor momento. Luna al-Shibl, la amante de Al-Asad, fue encontrada muerta en su coche en una carretera a las afueras de Damasco. Los medios del régimen lo calificaron de accidente de tráfico, pero las circunstancias eran peculiares: el coche solo había sufrido daños leves, pero su cráneo estaba destrozado. Rápidamente corrieron rumores de que había sido asesinada, por orden de Irán, por proporcionar información a los israelíes. Pero, según las fuentes de Worth –un exfuncionario judío y dos personas vinculadas al régi-men sirio–, Al-Asad habría ordenado el asesinato de su amante. Shibl se había convertido en agente rusa y proporcionaba información sobre Irán a Moscú. El círculo personal en torno al déspota se desmoronaba al mismo tiempo que la oposición al régimen se rearmaba. Para Al-Asad, el capítulo final comenzó en noviembre de 2024. Las milicias rebeldes, bajo el mando de Ahmed al-Sharaa, actual presidente de Siria, habían estado presionando para obtener permiso de Turquía para lanzar una operación militar desde su territorio y, finalmente, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, harto de los desdenes de Al-Asad, se lo concedió, cuenta Worth, aunque Turquía niega su participación oficial en la operación. Cuando los rebeldes se acercaron a la ciudad de Alepo el 27 de noviembre de 2024, el líder sirio estaba en Moscú, donde su hijo matemático defendía su tesis doctoral. Mientras Alepo caía, Asad se quedó en Moscú. Parece que esperaba persuadir a Putin para que lo rescatara otra vez, pero el presidente ruso lo hizo esperar durante días y, al final, le dijo que no podía librar su guerra por él y que llegara a un acuerdo con Erdogan. Alepo ya había caído en manos rebeldes cuando regresó a Damasco. No tardarían en llegar a Homs, a 160 kilómetros al norte de Damasco, y avanzaron hacia el sur casi sin oposición. El 7 de diciembre, los ministros de Exteriores de Rusia y siete países de Oriente Medio celebraron una reunión de emergencia en Doha, la capital catarí. Ninguno quería el colapso del régimen. Emitieron una declaración para exigir el fin de las operaciones militares y una transición política gradual. Necesitaban que Al-Asad facilitara esa transición, pero había un problema: había apagado su teléfono. Sus últimas horas en Siria las cuenta Worth en palabras de un miembro de su séquito. Al-Asad regresó a su residencia privada aproximadamente a las seis de la tarde. Parecía tranquilo. Dos horas después llegó la noticia de que Homs había caído en manos de los rebeldes. Pero él aseguró a sus asesores que las fuerzas del régimen venían del sur para defender la capital. Era mentira. «En las horas siguientes pareció oscilar entre la desesperación y las falsas promesas de que la victoria estaba cerca, un estado mental que resultará familiar a cualquiera que haya visto la película El hundimiento, sobre los últimos días de Hitler en el búnker en Berlín», escribe Worth. Poco después de las once de la noche llegó a la casa un pequeño grupo de funcionarios rusos. A las dos de la madrugada, Al-Asad salió de sus aposentos y le dijo a su chófer de toda la vida que necesitaría unas furgonetas. Ordenó al personal empacar sus pertenencias. Hasta ese momento, muchos en la comitiva creían que el todavía líder del país iría al palacio presidencial a pronunciar un discurso para animar a la resistencia de sus seguidores. Ahora comprendían que la batalla había terminado. Al-Asad se dirigió a la puerta principal con dos de sus ayudantes y su hijo Hafez. A los demás les dijeron que no había sitio para ellos. El chófer de Al-Asad miró al presidente con una expresión de decepción. «¿De verdad nos va a dejar?», le dijo. «¿Y ustedes? –preguntó Al-Asad al conductor–. ¿No van a pelear por mí?». «Ni siquiera en ese último momento se responsabilizó de lo que le había sucedido a su país. No estaba traicionando a sus seguidores; eran ellos quienes lo traicionaban a él», concluye Worth. Al-Asad se dio la vuelta y se fue con los rusos. Desde entonces vive en Moscú. El repentino colapso del régimen puso fin a un cruel estado policial, pero hoy apenas existe un Estado sirio fuera de la capital. El nuevo líder, Ahmed al-Sharaa, que dejó el atuendo islamista para vestirse con traje y corbata, mucho más una declaración política que estética, ha cautivado a los líderes occidentales y, sobre todo, a Donald Trump. En la actual guerra de Irán intenta mantenerse equidistante, apoyando al Líbano frente a los ataques de Israel, pero condenando a Hezbolá. El problema es que la autoridad de Al-Sharaa es frágil dentro de su pro-pio país, que sigue estando tan destrozado y es tan peligrosamente volátil que podría caer en cualquier momento en otra guerra civil o bajo el yugo de otro dictador.

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