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Los millennial se quitan los tatuajes: pero nunca se borran del todo...

2026-02-13 - 10:45

No te están pintando. Te están inyectando tinta en el cuerpo». La advertencia es de Santiago F. González, inmunólogo gallego e investigador en Suiza, y desafía todo lo que creíamos saber sobre los tatuajes. Según sus estudios, en apenas diez minutos tras tatuarte, parte del pigmento ya circula por el sistema linfático y se acumula en los ganglios, donde puede quedar atrapado durante años. Si la carga es alta, incluso puede llegar al torrente sanguíneo. «Hay médicos que han visto pacientes orinar tinta tras tatuajes grandes. Eso implica que la tinta está ya en todo el cuerpo». Durante mucho tiempo se creyó que esos pigmentos permanecían quietos, anclados para siempre en el lugar donde fueron depositados. Pero investigaciones recientes están demostrado que la tinta no es estática. Se mueve, migra por el cuerpo a través del sistema linfático, se acumula en los ganglios y, en algunos casos –sobre todo cuando el tatuaje es grande o se sitúa en zonas muy irrigadas–, puede llegar a órganos como el hígado o el bazo. En un estudio publicado en una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo –PNAS, Proceedings of the National Academy of Sciences , editada por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos–, González y su equipo demostraron que ciertos pigmentos inducen una inflamación crónica, especialmente si los macrófagos –células inmunitarias encargadas de eliminar sustancias extrañas– no pueden degradarlos. «Al morir liberan de nuevo la tinta y otras células repiten el intento. Así se crea un bucle inflamatorio que puede durar años», explica. Esa inflamación constante, según González, no es en sí misma negativa –«es el mecanismo con el que tu cuerpo se defiende de una infección o de una célula tumoral»–, pero cuando se mantiene de forma sostenida puede agotar el sistema inmunitario. Además, el pigmento atrapado en los ganglios linfáticos puede dificultar la lectura de algunas pruebas de imagen. En 2020, un estudio advirtió que esa acumulación puede imitar visualmente la metástasis de un melanoma, dando lugar a diagnósticos erróneos e incluso a cirugías innecesarias. Pero no siempre son falsas alarmas. En los últimos años han surgido estudios que sugieren posibles riesgos a largo plazo. En 2024, una investigación en Suecia con más de 11.000 personas detectó un mayor riesgo de linfoma maligno en individuos tatuados, especialmente en subtipos como el linfoma difuso de células B grandes y el folicular. Un estudio danés posterior, centrado en gemelos, halló que los tatuajes de gran tamaño (mayores que la palma de la mano) se asociaban a un riesgo 2,7 veces mayor de desarrollar linfoma. También se han documentado reacciones alérgicas persistentes, sobre todo vinculadas a pigmentos rojos. Un estudio europeo concluyó que el 97 por ciento de esas reacciones estaban relacionadas con ese color. Aun así, la mayoría de estas investigaciones son observacionales: establecen correlaciones, pero no prueban causalidad. «No se trata de alarmar a la gente –aclara González–. Como científico, no me corresponde decirle a nadie si debe o no tatuarse. Pero yo recomendaría limitar el tamaño. Cuanto más grande es el tatuaje, más tinta estás introduciendo». Ahora bien, la ciencia no ha cerrado aún este debate. De hecho, otros investigadores han apuntado en dirección opuesta. Algunos estudios han explorado beneficios inmunológicos asociados a los tatuajes, como una mejora en la respuesta del cuerpo ante el estrés físico. Científicos de la Universidad de Alabama, por ejemplo, observaron que las personas con varios tatuajes mostraban menos inmunosupresión tras sesiones de tatuado, como si el organismo se fuera 'entrenando'. También hay quien ha detectado una posible protección parcial frente a los rayos UV en zonas tatuadas con pigmento negro. Desde el plano psicológico, muchos usuarios describen efectos positivos: mayor autoestima, sensación de control, resiliencia emocional. Cada frasco de tinta puede contener hasta cien sustancias químicas diferentes. Muchos de estos pigmentos contienen metales pesados (arsénico, plomo, cadmio) y nanopartículas que pueden superar las barreras biológicas y acumularse en órganos vitales. Y no todos son iguales: el rojo es el color más tóxico, responsable del 97 por ciento de las reacciones alérgicas crónicas. Pero el azul y el verde suelen contener metales como cobre o níquel; y el negro contiene a menudo hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP) cancerígenos. Por eso, cuesta creer que, hasta 2022, las tintas utilizadas para tatuajes en Europa no contasen con una regulación específica. Incluían pigmentos industriales diseñados para pintura automotriz o impresoras, no para ser inyectados en la piel humana. Todo eso cambió con

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