Los niños que esquivan el aula y se educan en el bosque: "Les ayuda a crecer y respetar la naturaleza"
2026-01-26 - 05:09
Acaba de amanecer en la dehesa de Cerceda, una localidad rural al norte de Madrid. Un poderoso sol combate la calada rociera de los huesos, mientras la escarcha amontonada en irregulares montículos blancos comienza a deshacerse. Atravesando una pequeña verja, una veintena de niños, vestidos como coloridos sherpas, avanzan a cuentagotas hasta el refugio de madera prefabricada de la Bosquescuela. A diferencia de lo que suele verse a la puerta de los centros infantiles, donde la llantina a veces se apodera de las criaturas al separarse de sus padres, aquí se alejan de la protección de los progenitores con una energía escandalosa. Y no es de extrañar, porque en este centro de educación al aire libre, todos los días son una excursión. Hoy, 26 de enero, es el Día Mundial de la Educación Ambiental, y ¿quién mejor para hablar de ella que quien lleva más de una década poniéndola en práctica? “Monté esta escuela en el año 2015, inspirándome en el modelo de las bosquescuelas alemanas, donde trabajé durante cuatro años en la Selva Negra”, explica Philip Bruchner, fundador y gerente del proyecto de la Bosquescuela de Cerceda. Ataviado por un inexpugnable gorro —hace fresquito en la sierra a estas alturas del año—, Bruncher da fe de una sincerísima pasión por el entorno y su influencia en estos pequeños bosquimanos que son sus alumnos. “Me apasioné tanto con ese proyecto que entendí que esta debía ser la educación: una educación sostenible, basada en el contacto constante con la naturaleza y enfocada en desarrollar la motricidad, la concentración y la creatividad de los niños, que van de los tres a los cinco años”, afirma. En España existen actualmente más de sesenta proyectos educativos de este tipo, concentrados principalmente en Madrid, Cataluña, País Vasco, Navarra, Galicia, Comunidad Valenciana y Andalucía. La mayoría son centros privados, aunque algunos están homologados oficialmente por sus autonomías como centros de Educación Infantil. Los alumnos se estiman miles en todo el país, con grupos reducidos. Las cuotas mensuales suelen situarse entre los 300 y 600 euros, en muchos casos con comida incluida, y los horarios son los habituales del resto de centros infantiles, de 9:00 a 16:00 horas, con opciones de ampliación para facilitar la conciliación. Y la idea es simple y radical al mismo tiempo. Se trata de convertir el bosque en aula. “Unir la naturaleza y la pedagogía es transformar el entorno natural en un espacio real de aprendizaje”, subraya Bruchner, que insiste en la necesidad de que los menores pasen más tiempo al aire libre. “Es fundamental que hoy en día estén en contacto con la naturaleza, porque eso les ayuda a crecer, a desarrollar autonomía, responsabilidad y un profundo respeto hacia el medioambiente”. Muchos de estos proyectos se inspiran en la pedagogía Waldorf un modelo educativo alternativo de origen alemán que prioriza el desarrollo integral del niño a través de experiencias artísticas, manuales y prácticas, y que en España ha ido consolidándose en las últimas décadas. En el resto de Europa, la educación Waldorf y otros modelos similares presentan una implantación más amplia y consolidada, especialmente en Alemania, Francia, Reino Unido, Países Bajos y los países nórdicos, donde existen miles de centros, muchos integrados en los sistemas educativos públicos o con amplias redes de financiación y reconocimiento institucional. Aprender con el cuerpo, los sentidos y la emoción Para Rosa Cuadrado, directora y maestra del centro de Cerceda —uno de los proyectos homologados por la Comunidad de Madrid, la clave está en la adaptación constante. “Ser maestra aquí es un regalo, porque profesionalmente te alimenta y te nutre: cada día tenemos que adaptarnos al clima, a la naturaleza y a los estímulos que nos rodean”, asegura la docente, que reivindica la necesidad de estar siempre alerta. “Esto nos obliga a estar despiertas, vivas y presentes en todo momento”. En la Bosquescuela no vale dormirse en los laureles. Cada día puede ser la oportunidad de una nueva estrategia de enseñanza. No hay manuales para condicionar lo que brindará, esa nueva mañana, la naturaleza, que puede ir desde el avistamiento de un zorro hasta cómo los buitres autóctonos de la zona se engolosinan con la placenta de una vaca que recién acaba de alumbrar. ¿Acaso hay mejor forma de preparar a una generación joven que permitiéndoles entender el funcionamiento del mundo, de la vida en su versión más primigenia, con las reglas que la han escrito desde el momento de su creación? Por eso, dicho contacto directo con el entorno se traduce en experiencias cotidianas de aprendizaje. “Una de las bases principales de nuestro trabajo es el asombro diario de los niños: una piel de serpiente, una madriguera de zorro o unas hojas cayendo se convierten en oportunidades para despertar su curiosidad”, explica Cuadrado, que defiende que este tipo de estímulos acompañan de forma increíblemente orgánica al desarrollo cerebral. Esta perspectiva no está solo respaldada por los educadores de este centro de Cerceda, que cuenta con 28 alumnos. Katia Hueso, eminencia en España en esta clase de enfoques pedagógicos, coincide en que el cuerpo y los sentidos juegan un papel esencial. “En la naturaleza el niño es parte de la realidad: si llueve se moja, si hace viento lo siente en la piel, toca, huele, escucha y observa con todos los sentidos”, destaca esta doctora en Biología, profesora en ICAI/Universidad de Comillas y cofundadora en 2011 de Saltamontes, la primera escuela infantil al aire libre de España. “Esta experiencia directa no puede ser sustituida por una pantalla, porque implica una vivencia corporal y emocional que construye aprendizajes mucho más profundos, reales y significativos”. La experiencia directa no la sustituye una pantalla porque implica vivencias corporales y emocionales que construyen aprendizajes mucho más profundos, reales y significativos En este contexto del sano asilvestramiento de los niños, el error se convierte en un inesperado aliado, contra la mirada habitual de sentencia en la crianza, como dice Hueso: “La naturaleza tiene una gran ventaja, y es que no juzga. No te dice si lo has hecho bien o mal, simplemente te muestra si algo funciona o no”, apunta esta experta protección de paisaje y de espacios naturales. “Esto permite equivocarse sin miedo, probar otras opciones y aprender sin la presión de la culpa, fomentando la confianza, la autonomía y la capacidad de superación”. Por si fuera poco, este tejemaneje de los niños con lo real, con lo impredecible, a lo largo de tantos siglos de progreso queda respaldado por una metodología infinitamente asentada en la educación: el poder del juego como motor del aprendizaje. “Nuestra base es el juego”, explica la directora de la Bosquescuela, Rosa Cuadrado, “el humor y el vínculo emocional, porque cuando los niños aprenden disfrutando, integran los contenidos de forma mucho más natural y significativa”. Una fórmula que confirma la falta de necesidad de ligar el aprendizaje a procesos rígidos o encorsetados. Sin ir más lejos, en la Bosquescuela el abecedario no se enseña con tabletas ni con chirriantes pizarras capaces de infundir un trauma en quien las oiga. Se hace con palos. Ramas de muchas y variadas formas permiten a los educadores del centro configurar las letras en el suelo, con aquello que más les encanta a los críos, que son los palos, a pronunciar sus nombres e incluso a saber escribirlos en la tierra usando, valga la ironía, las mismas varas con las que se les han enseñado las letras. Menos pantallas, más raíces En plena era digital, este tipo de educación propone una saludable pausa tecnológica. “No estoy en contra de la tecnología”, advierte Bruchner, “pero es importante tener en cuenta que los niños pasan cada vez más horas frente a las pantallas. Por eso”, insiste, “es necesario reservar espacios sin dispositivos y trabajar con un modelo principalmente analógico, donde la tecnología se usa de manera muy puntual y controlada”. Este cambio de ritmo conecta con la idea de educación lenta, un principio que defiende la bióloga Katia Hueso. “Me gusta hablar de educación lenta, no tanto por la velocidad del aprendizaje, sino por la necesidad de adaptar los procesos a cada persona. En la naturaleza esto se facilita enormemente”, asegura, “porque ofrece estímulos diversos que permiten a cada niño ajustar su ritmo, explorar según sus intereses y aprender desde la curiosidad”. También, como no podría ser de otra forma en un espacio natural, hay espacio para el riesgo, siempre medido. En la Bosquescuela de Cerceda, los niños, en su condición de impulsivos disfrutones, no pierden oportunidad de tirarse haciendo la croqueta por pequeños montículos que siembran el camino hasta el claro donde se zampan golosos un merecido desayuno tras las actividades de primera hora. Si la felicidad tuviera un rostro, sería el de estos infantes cayendo como neumáticos por las rampas naturales de tierra, haciendo gala de sus gomosos cuerpos. “El riesgo cero no existe”, apunta Katia Hueso, “y pretender eliminarlo limita profundamente las oportunidades de aprendizaje”. Una afirmación que remite rápidamente a la enorme cantidad de ‘niños burbuja’, hipervigilados y restringidos, que pueden verse hoy. “En la naturaleza es posible asumir riesgos de forma controlada, lo que permite a los niños conocer sus límites, desarrollar habilidades para la vida y aprender a tomar decisiones responsables”, acaba por concluir la bióloga. Los beneficios, asegura Bruchner tras más de diez años gestionando el centro de Cerceda, se prolongan más allá de la etapa infantil. “Las profesoras de los colegios a los que acuden después nos cuentan que estos niños se muestran más responsables, atentos y respetuosos”, asegura. “Todo lo que han aprendido en el medio natural les da una base sólida para afrontar con seguridad y motivación su etapa en primaria”. Pero, a modo de colofón, si se quiere asumir un gran logro en este tipo de crianza, es algo más intangible, pero muy constante. “Las experiencias intensas en la naturaleza dejan una huella emocional profunda que nos impulsa a cuidarla”, reflexiona Hueso. “Cuando un lugar forma parte de nuestras vivencias, se convierte en algo propio. Y solo protegemos verdaderamente aquello que conocemos, sentimos y amamos”.