Los psicólogos del mañana ante el malestar de la generación Z: «Quien lee a san Agustín no se va a convertir en therian»
2026-03-29 - 02:30
Son los hijos de las crisis, la generación fastidiada, los adolescentes infelices. La generación Z ha crecido escuchando que lo tendrá más difícil que sus padres. En España, muchos no se independizan hasta pasados los 30 años , buena parte teme no poder permitirse una vivienda y perciben el futuro como una amenaza más que como una promesa. Mientras tanto, el suicidio se ha consolidado como la principal causa de muerte externa entre los jóvenes y buena parte de su vida emocional se desarrolla a través de las seis pulgadas de la pantalla del móvil. En ese ecosistema digital proliferan identidades virtuales y nuevas formas de expresarse —desde avatares hasta máscaras de animales— que a veces funcionan como refugio frente a una realidad que sienten cada vez más incierta. No obstante, este aislamiento social lo que está provocando es un aumento disparado de diagnósticos de ansiedad o de depresión. Quizá como respuesta a ese malestar generacional, cada vez más jóvenes deciden estudiar Psicología . Desde hace una década el grado vive un auténtico auge y se ha convertido en uno de los más demandados por la generación Z. Según datos del Sistema Integrado de Información Universitaria (SIIU), solo en el curso 2024-2025, más de 26.000 estudiantes iniciaron esta carrera en España, un 30% más que hace diez años , hasta situarse como el tercer grado con más matriculados nuevos. Para entender esta situación pero sobre todo para saber cómo se preparan quienes deberán afrontar los problemas mentales del futuro, ABC se reúne con varios estudiantes de primero de Psicología de la Universidad San Pablo CEU. La mirada de Alba, Elena, Pablo, Rolfy, Javier y Sebastián permite asomarse a cómo los psicólogos del mañana interpretan el malestar actual de su propia generación. La elección de estudiar Psicología responde, en los casos de estos estudiantes, a una voluntad de comprender y ayudar. La carrera, aseguran, les ofrece herramientas para interpretar sus propias emociones y las de los demás. «Es una lente para ordenar el caos y entender por qué sentimos lo que sentimos», explican. Y lejos de asumir sin más la etiqueta de generación triste, estos jóvenes se oponen a la idea e introducen matices. «No somos negativos, somos realistas con lo que hay ahora. No nos asusta expresar que la depresión es una enfermedad, ni alzar la voz ante problemas que son reales y nos afectan», resume Elena. Para ellos, ese aura de pesimismo que se les atribuye tiene más que ver con unas expectativas elevadas que con una visión derrotista . Aspiran a más que sus padres —mejores trabajos, mayor realización personal—, pero se enfrentan a un contexto que perciben más incierto. «En el 99% de las cosas nos encontramos mejor que hace 50 años. Pero ahora no nos conformamos con tener un piso de apenas 50 metros cuadrados, con precios que no paran de subir y en un escenario donde cada vez es más difícil ganarse el pan», apunta Pablo. Esa tensión entre ambición y realidad, explican, genera frustración. Los datos apuntalan esa percepción. En España, los jóvenes se emancipan de media a los 30 años, casi cuatro más tarde que la media europea, y solo el 42% de quienes tienen entre 18 y 30 años logra cubrir sus gastos básicos. No es extraño que, según el CIS, preocupe más no poder pagar la vivienda que la propia muerte . A esa incertidumbre material se suma, además, otra realidad más silenciosa pero cada vez más visible: la del aislamiento social. «Una realidad que se está acrecentando en los últimos años es que aquí en España a muchos jóvenes les parece más sencillo vivir aislados, en una burbuja cómodos en su casa, mantenidos por sus padres, que salir al mundo, luchar y sufrir. Que esos son los retos de la vida para poder alcanzar tus metas y desarrollo profesional. Le temen a lo que nuestros abuelos y padres vivían en el día a día», apunta Rolfy. Para este estudiante, más allá de las dificultades objetivas, existe también un componente de miedo a enfrentarse a la vida adulta que empuja a algunos a refugiarse en entornos controlados, donde el conflicto, la frustración o la incertidumbre quedan amortiguados. Un aislamiento que, advierte, no solo limita su desarrollo personal, sino que «puede agravar ese malestar emocional que atraviesa a toda la generación». En su diagnóstico, las redes sociales ocupan un lugar central. Para estos futuros psicólogos, no son en sí mismas el problema, pero sí un potente amplificador de riesgos en un contexto donde la salud mental ya se ha convertido en una preocupación estructural. El Barómetro FAD 2025 refleja que más de la mitad de los jóvenes españoles (un 54,7%) ha sufrido algún problema psicológico en el último año, y un 43% reconoce haber tenido ideas suicidas en algún momento. No es casualidad que el suicidio se haya consolidado como la principal causa de muerte no accidental entre los jóvenes. « Las redes no solo crean los trastornos, los agrandan . Si estás mal, te aíslan más; si estás bien, también pueden generarte inseguridades que antes no tenías», explica Alba. La exposición constante, la comparación y la necesidad de validación terminan, a su juicio, erosionando la autoestima y distorsionando la percepción de la realidad. Pero más allá de lo digital, señalan también carencias estructurales. Falta de apoyo familiar, entornos educativos que minimizan el sufrimiento o una sociedad que no siempre sabe detectar las señales de alarma. «Muchas veces los problemas se ignoran hasta que es demasiado tarde», lamenta Alba. Por eso, insisten en conjunto en la necesidad de reforzar la prevención, especialmente en colegios e institutos, donde creen que debería abordarse la salud mental de forma más temprana y sistemática. En este escenario, iniciativas como la planteada por Pedro Sánchez de prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años generan rechazo entre estos estudiantes. «Prohibir no es el camino, es censura», sostiene Javier. En su opinión, cortar de raíz el acceso no elimina el problema de fondo y puede incluso agravar la desinformación. «Lo que hay que hacer es educar, enseñar a utilizarlas bien. No puedes limitar la libertad de información, tienes que dar herramientas para que sepan moverse en ese entorno», añade Sebastián. Lejos de apostar por la restricción, defienden una alfabetización digital que permita a los jóvenes desarrollar pensamiento crítico frente a los contenidos que consumen. Porque, advierten, el reto no es apagar las pantallas, sino aprender a convivir con ellas sin que terminen definiendo la propia identidad. Ejemplo de ello son fenómenos que surgen y que desconciertan tanto a la sociedad como a quienes se preparan para entenderla. Uno de ellos es el de los llamados therians, jóvenes que se identifican como animales . Estos estudiantes rechazan que sea «una simple moda», y reconocen que estamos ante un «problema», un «trastorno de personalidad» nuevo. «Detrás suele haber una falta de identidad y una necesidad de pertenencia a un grupo» , apuntan Pablo y Rolfy. «Si te identificas como un animal, siendo una persona biológicamente hablando, considero que has perdido el significado de la vida y que se te tiene que tratar», detalla Javier. En muchos casos, sugiere, puede estar vinculado a la soledad o a la dificultad para encajar en entornos cada vez más exigentes. El fenómeno, además, les plantea un reto profesional. Elena afirma que ve un futuro en el que los «padres nos traerán a consulta a niños creyéndose perros y nos dirán que no saben qué hacer con ellos» y reconoce, a su vez, que la psicología aún no dispone de herramientas claras para abordar estas nuevas formas de malestar. «Tendremos que investigarlo, porque ahora no se nos enseña a hacerlo», admite. Es, en cierto modo, la prueba de que los problemas evolucionan más rápido que las respuestas de los libros. « A día de hoy en Psicología no hay una regla donde nos digan cómo tratar estos fenómenos , pero también es lo que conlleva ser un buen profesional, actualizarse constantemente y buscar nuevas maneras de tratar los problemas que van surgiendo en la sociedad», defiende Pablo. «Imagino que deberemos ayudarles a redescubrirse, enseñarles que son una persona con valores y no un animal, ni un avión, ni una bombilla», dice Elena. Pese a todo, su mirada dista de ser derrotista, y en ese intento de comprender lo que les rodea, apuntan también a la pérdida de referentes y al empobrecimiento del pensamiento crítico en un entorno dominado por estímulos rápidos. «Una persona que lee, que se forma, que busca conocimiento y que además hace ejercicio físico va a evitar muchos problemas mentales», reflexiona Pablo. «Quien lee a San Agustín no se va a convertir en Therian», puntualiza. Con ese diagnóstico sobre la mesa, estos jóvenes tienen claro que el desafío va más allá de la consulta. No se trata solo de tratar los problemas, sino de anticiparse a ellos. « La base está en la prevención y ahí tienen un papel fundamental los padres y educadores . Tienen que saber cómo formar a los hijos, cómo ayudarles a descubrirse a sí mismos y enseñarles que hay cosas que se pueden y cosas que no, que hay límites. Deben cortar los problemas de raíz», aconseja Alba.