Los quioscos de prensa se reinventan para no cerrar: "Periódicos vendo muy poco, aunque sigue habiendo una clientela fija de lectores"
2026-03-10 - 05:43
En un soleado mediodía de finales de invierno, la plaza de Antón Martín, en el centro de Madrid, es un ir y venir constante: gente que pasea, que cruza deprisa, que hace recados. En mitad de ese trajín, una estructura de 3 metros de largo por unos 2 de ancho despliega todos sus encantos: paneles abiertos, estantes en abanico, portadas a la vista. Es el quiosco de Severina Ángeles da Silva (Lola para todos), que desde dentro, con unas gafas grandes y una sonrisa más grande aún, invita a entrar a su puesto de trabajo. Lola lleva más de 20 años acudiendo cada día a esa plaza, primero como empleada de los antiguos dueños y, desde que decidieron traspasarlo, como propietaria: "Desde hace ocho años lo llevo yo sola", cuenta mientras atiende con dinamismo a un joven que le pide un mechero y a un hombre que viene a por su periódico diario. El quiosco, como el oficio, lleva años aprendiendo a estirarse para no romperse. La caída del papel ha empujado a los quioscos a reinventarse: nuevos productos, nuevos servicios, nuevas excusas para que la gente se acerque. "El quiosco no vive solamente de las ventas de periódicos", cuenta Lola, que se resiste a firmar el certificado de defunción, "pero la venta del periódico sigue. La revista, sigue. Muchas de ellas se agotan siempre". Según el Informe Anual de la Profesión Periodística de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) (edición 2024, la última de acceso libre) España redujo a la mitad su número de quioscos en una década, pasando de 7.639 en 2012 a 3.897 en 2022. A principio del siglo XXI se calcula que había más de 20.000 en todo el país. Con ese telón de fondo, cada quiosco que sigue abierto cuenta una historia de adaptación y de resistencia. Vender otros productos En agosto de 2024, a Nurul Hussem le llegó la oportunidad que estaba esperando. Llevaba un tiempo trabajando en una tienda de accesorios y quería lanzarse a tener su propio negocio. Tenía una idea muy clara y una línea roja muy presente: "Lo único que no quería era vender alcohol", cuenta. Entonces surgió el traspaso del quiosco de prensa de la Plaza de Tirso de Molina y directamente se lanzó a ello. El arranque, dice, no fue fácil: "Al principio me costó pagar el traspaso", admite, pero esa inversión inicial era más viable que sostenerse con el gasto mensual de un alquiler en pleno centro. Hoy, su mostrador refleja el cambio de época. Junto a varias revistas y a un paquete de diarios que, a esta hora de la tarde probablemente hoy ya no venda, los souvenirs de Madrid inundan el quiosco: imanes, postales, carteras, tazas, bolsos. También tiene una máquina de café y un par de neveras con todo tipo de refrescos. "Periódicos vendo muy poco, aunque sí que se vende, porque hay una clientela fija que viene diariamente", explica. "La revista Pronto, por ejemplo, también se vende mucho, vienen a por ella las señoras", aunque admite que sus productos estrella son, sin duda, "chicles y agua". Lo más difícil para Nurul fue conseguir los proveedores. Tuvo que informarse mucho y antes de tomar la decisión se dio una vuelta por el centro para ver qué vendían los demás. Su emplazamiento privilegiado, frente al Teatro Apolo, le da también parte de sus beneficios: "Yo ahora estoy abriendo desde las nueve de la mañana y cierro a las siete de la tarde. Pero hay algunos días, en fin de semana, que curro un poco más por el teatro". Mecheros, juguetes, paraguas, gorras, chucherías y accesorios de móvil completan la mercancía de Nurul: un surtido expuesto a pie de calle, pensado para el tránsito constante, que convierte el quiosco en una tienda de paso para turistas y vecinos. Mantenerse A unos minutos andando del puesto de Nurul, bajando por la calle Atocha, el quiosco de Carmen Tomás García tiene un despliegue fabuloso de periódicos, revistas, libros y coleccionables, de donde, cuenta, viene la mayoría de sus ingresos. "Nosotros somos de los pocos que, como trabajamos las colecciones, pues seguimos, digamos, a la antigua usanza", cuenta asomada a la pequeña ventanilla. Aunque está sola, habla en plural, porque el quiosco lleva siendo parte de su familia más de 35 años. "Era de mi marido, yo tenía otro trabajo, pero hace 12 años él tuvo un accidente y yo me tuve que meter aquí", explica. Desde entonces, sus días son rutina y constancia. "Trabajo los siete días de la semana". Los sábados, cuenta, aparece un pequeño relevo doméstico: "Viene un hijo mío a ayudarme, me lo coloca y así descanso yo un poquito, me da tiempo a hacer la compra y luego ya me vengo para acá". En este tiempo, ella también ha experimentado el cambio, al que le pone números: "Sí que es cierto que la prensa ha bajado muchísimo. Antes se vendían entre 100 y 120 países al día, y ahora vendo 30 y pico, que no es una venta floja", admite. Su negocio se mantiene por la especialización y porque otros han cerrado. "Como nos dedicamos a los coleccionables y en muchos sitios ya no hay quioscos, sí que tengo clientes que viven en Getafe o en Villaverde. Yo les guardo las cosas y vienen de vez en cuando y recogen dos o tres fascículos a la vez". En esta transición, Carmen también ha sumado productos pensados para el turista: "Tarjetas SIM, imanes, llaveros, cables de teléfono, puertos USB...", enumera, pero marca un límite que no es comercial, sino identitario: "Esto es un quiosco de prensa y tiene licencia para un quiosco de prensa", afirma. "Lo que no es normal es que un quiosco de prensa no tenga prensa". Carmen también es consciente de que, a veces, la clave no es tanto lo que se vende, sino dónde se vende: "Realmente los que sobrevivimos somos los que estamos en el centro. Tú te vas a un extrarradio, por ejemplo, donde vive mi madre, en la Ciudad de Los Ángeles (en el distrito de Villaverde), que había a lo mejor 8 o 10 quioscos, pues ahora yo creo que no queda ninguno". Licencias En Madrid, el sector tiene marcada una fecha: 2029, cuando vencen el 90% de las concesiones municipales. "La mía es una", cuenta Lola, y levanta el dedo índice como si acabaran de decir su nombre pasando lista. "Yo estoy en un limbo, pero la verdad que no quiero pensarlo, porque me genera una ansiedad de la leche", cuenta. Y se vuelve para acercar el datáfono a unas clientas francesas que acaban de adquirir unas revistas. Carmen tiene el mismo calendario y también se protege con la misma reacción: "Mi licencia caduca cuando me quedaría como un año para jubilarme, pero no me lo quiero plantear ahora, porque, ¿para qué vas a sufrir hasta que no llegue el momento?". Aunque le cuesta creer que los quioscos vayan a desaparecer "porque es una cosa que es típica. Yo no he visto ninguna ciudad que no tenga ningún quiosco". Mientras tanto, la capital ensaya encajar el quiosco en el presente sin borrar del todo su función. El Ayuntamiento de Madrid ha anunciado un proyecto piloto de 12 meses para incorporar armarios inteligentes de paquetería y terminales ATM para retirada de efectivo, entre otras opciones. Aunque ni a Nurul, ni a Lola, ni a Carmen les entusiasma la idea: con la paquetería apenas se gana unos céntimos por paquete y la instalación de cajeros implicaría reducir aun más el poco espacio que tienen para sí mismos dentro de su puesto. En medio de esta encrucijada, Lola empuja otra salida: que el quiosco vuelva a ser un sitio donde ocurran cosas. "El kiosco es vida. Es un punto de encuentro", enfatiza. "Me encantaría poder hacer presentaciones de los libros de autores del barrio, gente joven, o de vecinos que tengan un proyecto cultural relevante y que se pueda divulgar", cuenta ilusionada. Una salida Lo que Lola imagina, tiene una versión ya en marcha en Málaga. El Kiosquito abrió en septiembre de 2025 en El Ejido, un barrio pegado al centro histórico y al campus universitario, con un lema claro: café, cultura y comunidad. "La idea nació en 2024, tras un viaje por Europa nos sorprendió ver cómo los quioscos se había reconvertido en un punto de encuentro cultural", cuenta Augusto Gigli, uno de los cuatro impulsores de El Kiosquito. Su modelo combina café, revistas y eventos culturales. "Creo que ninguna de las partes funciona sola, pero juntas se fusionan en algo muy bonito", cuenta Augusto. En El Kiosquito, el café es la excusa para parar y, de momento, la base económica: "El día a día del negocio, por la recurrencia y por el nivel de venta, es el café", explica. Alrededor, se despliega una selección muy cuidada de revistas independientes, publicaciones especializadas y difíciles "por no decir imposibles" de encontrar en Málaga. Dos veces al mes, organizan eventos culturales, pequeños y gratuitos: pop-ups editoriales, colaboraciones con escuelas y sesiones de música en directo, siempre con escala de barrio. "La parte de los eventos y de los pop-ups más que ingresos, nos da un valor fundacional", explica Augusto. ¿Es El Kiosquito un modelo replicable? Para Augusto, la clave es que cada proyecto se entienda "dentro de su contexto y su ubicación". Por eso, los cuatro socios de El Kiosquito, más que en el futuro, están hoy centrados en "perfeccionar el presente, para que la ilusión y la viabilidad económica hablen el mismo idioma". Pero, si piensa en el sector, Augusto se permite una intuición sobre lo que viene: "la forma en que van a funcionar va a ser alguna especie de quioscos híbridos que puedan fusionar varios servicios y productos", afirma. Si quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escribe a actualidad@20minutos.es. También puedes suscribirte a las newsletters de 20minutos para recibir cada día las noticias más destacadas o la edición impresa.