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Los "therian" y los animales que no llevan máscara

2026-02-24 - 06:43

Estamos tan distraídos en la intensidad de las redes sociales que al meme terminamos otorgando la autoridad de fenómeno social. La última, hay una corriente que nos invita a espeluznarnos con los 'therian', personas que, dicen, se identifican psicológicamente con un animal. Lo habrán visto. En TikTok, en magacines de la tele, hasta en los informativos. Este fin de semana, ha crecido la percepción de que se han multiplicado quedadas de “ellos” en plazas de España, donde "acuden" con sus máscaras y "actúan" como gatetes. Y algunos se han echado la mano a la cabeza, cuando lo auténticamente preocupante son las personas que se han movilizado para correr a burlarse de personas por el mero hecho de disfrazarse. Es el perverso mundo al revés, que estamos naturalizando. Aunque las "reuniones" de 'therian' han sido, sobre todo, una falsa tendencia auspiciada por los mercaderes de la viralidad en busca de contenido y visualizaciones. Es lo que nos debería provocar el verdadero escalofrío: cómo compramos un relato que no es nada naif. En el fondo, su cometido intenta contaminar de la excentricidad más frívola a colectivos reales cuya identidad sí que está justificada. Así se cocina el odio. Te invita a que desaparezca la empatía con tu vecino, con tu compañero de trabajo, con tu familiar. Se borra su nombre de pila y se le dispersa en un ente, clan o lobby al que se deshumaniza asociándolo a desnortado, sucio o maligno. Es la vieja fórmula de transformar a un colectivo inocente en un chivo expiatorio para dar sentido a revoluciones inexistentes. Ahí, históricamente, han echado raíces tantos prejuicios que fueron la base de la rabia. Y aquí la rabia no lleva máscara de perro sarnoso. El desasosiego nos lo debería despertar que existan personas a las que les parece divertido humillar a chavales con un antifaz comprado en Temu. Que, cuando se encuentran, suelen ser gentes jugando con su imaginación. Un ratito. Aunque en los vídeos de estos días ni siquiera había máscaras. Era todo un clima forzado para despertar un debate que no existe. Pero, a algunos, les viene bien generar confusión. Logran enredar lo anecdótico y lo trascendental, como primer paso para invalidar y señalar derechos humanos fundamentales. Los más sibilinos, ansían homogeneizar la diversidad -que es parte esencial de la vida- en la imagen de tonterías de niños malcriados. Pringados todos por el relato del absurdo, terminamos poniéndonos del lado del que acorrala y apunta con el dedo. El regustillo de sentirse superior a los demás es contagioso. Los algoritmos de las redes sociales nos empujan a ese estado de ánimo, donde la irritación básica gana siempre en 'likes' al pensamiento sereno. Como consecuencia, el instinto animal lo llevan muchos puesto encima. Y ni se enteran. Porque no poseen la careta de ‘therian’. O como se diga.

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