Madrid se rinde al reportero que supo convertirse en columnista
2026-03-10 - 15:03
Nos presentó Arturo Pérez-Reverte en Casa Lucio, y lo primero que Raúl del Pozo me dijo fue que él era muy cobarde: siempre que oía las noticias y había una nueva guerra, hacía todo lo posible para llegar tarde a la redacción del diario Pueblo. «La idea era que Arturo llegara primero y lo mandaran a él, que le gustaban tanto los tiros y el humo», dijo. Pero en la década del 70, el director del periódico lo llamó a Raúl y le impuso un viaje a Buenos Aires y una corresponsalía para América del Sur. Por entonces ya estaba declarada la insólita «guerra peronista»: facciones armadas de izquierda y de derecha, alentadas por el propio líder en el exilio, se enfrentaban a muerte. Llegaron a balearse, cara a cara, al grito común de «Viva Perón», como narra Osvaldo Soriano. «Acojonado como estaba, le pedí a Jorge Antonio (un empresario que servía de enlace con el caudillo argentino) que me consiguiera una carta del viejo general, que todavía vivía en Puerta de Hierro», me confió Raúl aquella noche en Casa Lucio. El viudo de Evita escribió la misiva, dirigida a los «compañeros», en la que ponderaba a Del Pozo y recomendaba que lo respetaran y lo atendieran con deferencia. Era un salvoconducto que servía tanto para los pistoleros de izquierda como para los asesinos de la derecha. «Yo viajé a Buenos Aires un poco asustado –me insistió–. Y te puedo asegurar que no me despegaba de la carta. Hasta la llevaba conmigo cuando me bañaba». El texto en cuestión finalizaba con una orden rotunda: «A todas las organizaciones peronistas: atiendan a Raúl del Pozo, porque es amigo del general Perón». Aquí se instaló en el aristocrático hotel Alvear, conoció a violentos de las dos trincheras, y hasta se hizo amigo del Ernesto Guevara Lynch, el padre del Che, con quien jugaba golf y ajedrez. Pensaba que los spaghetti y los ravioli porteños –herencia de caudalosa inmigración italiana– eran deliciosos, y que se comía mejor en Recoleta o en La Boca que en el Trastévere. Debió marcharse apresuradamente de la Argentina porque alguien le avisó que cualquier día podía amanecer en una esquina con un proyectil incrustado en el cerebro: «La Triple A –un grupo paramilitar de extrema derecha– había empezado ya a matar gente. Como yo tenía contactos en el peronismo me avisaron: 'Has hecho un par de crónicas peligrosas. Es mejor que te vayas: si no, te van liquidar'», cuenta en la magnífica biografía de Úbeda y Valdeón 'No le des más whisky a la perrita'. Regresó a Madrid, pero me consta que jamás olvidó Buenos Aires: sus calles, sus edificios, su gente, sus mujeres, sus enconos. Raúl encarnaba como nadie «la vieja escuela» del periodismo, y logró al final de sus años convertirse en leyenda y en un ídolo de las nuevas generaciones: «Nos admiran, Arturo, nos admiran» , le decía a Pérez-Reverte con auténtico asombro. Sus recuerdos, que desgranaba de un modo preciso y por momentos hilarante, no excluían la autocrítica: bromeaba sobre sí mismo y le gustaba presentarse como una especie de antihéroe. Aquella primera noche en Casa Lucio presidió naturalmente la mesa con bromas y comentarios políticamente incorrectos, que involucraban desde el Rey emérito hasta Paco Umbral. Contó, a propósito, cómo debió hacer malabarismos para que Arturo no le diera «un par de hostias» a Paco en el café Gijón, a raíz de que éste había despreciado dos veces en sus columnas al gran capitán. «Me ha gustado mucho tu último artículo. Ven conmigo un momento a la calle, a ver si te gusta el mío», le dijo Pérez-Reverte en aquella ocasión. Umbral estaba pálido de miedo. Del Pozo evitó que todo eso terminara mal: los quería a los dos. Arturo lo miraba a Raúl como sólo un viejo soldado es capaz de mirar a otro con quien ha compartido cien batallas, y le celebraba las evocaciones y ocurrencias, y aquella noche en Lucio aportaban también anécdotas de su inagotable cosecha David Gistau , Edu Galán, Juan Eslava Galán y mi mujer Verónica, a quien Raúl no dejaba de piropear. Luego lo vi en largas y divertidas tertulias del café Varela, y escuché por ahí su conmovedora amistad de altibajos con Manuel Vicent: hermandades de la vida y el arte, y distanciamientos de una polarización política que sin embargo nunca logró convertirlos en enemigos. De hecho, se amnistiaron y volvieron a ser tan unidos como antaño, compartieron veladas memorables de anécdotas y alcohol, y probaron algo de gran valor: sigue en pie una cierta patria transversal, formada de literatura y de periodismo, que no respeta las enemistades ideológicas ni se atañe a las coordenadas iracundas de izquierdas y derechas. Últimamente vivían uno frente al otro, separados apenas por una calle. Cuenta la leyenda que Raúl era muy hipocondríaco, y que Manuel lo llamaba cada primero de enero, y le decía en broma: «Bueno, de este año no pasa, Raúl. Uno de los dos se queda, y creo que ése serás tú». Del Pozo llegó a los 89 años escribiendo cinco artículos por semana en el diario 'El Mundo': una proeza humana y periodística. Siempre me llamó la atención su definición de esa experiencia: «El columnista es un reportero cansado», repetía. Era una crítica a la opinión de escritorio. Y es por eso que él no se resignaba a la argumentación bien razonada; necesitaba además activar su viejo instinto de reportero de calle para realizar con éxito sus artículos. Y consideraba el reporterismo como el género mayor del oficio: ver y narrar, y hacerlo con la mejor prosa posible. Otra vez, almorzando en el Varela, le pregunté si tenía medida su propia fama: «Mira, yo era conocido, pero desde que estoy en Onda Cero soy verdaderamente popular. Los taxistas se asoman por la ventanilla y me gritan: ¡Viva el vino!». Que era su grito de guerra. Cuando le conté algunos viajes y aventuras, me preguntó muy serio si me quedaría a vivir en España: le expliqué que salvo fuerza mayor –algo nunca descartado en un país tan imprevisible y turbio– no abandonaría Buenos Aires. Se le llenaron los ojos de imágenes y sueños al evocar aquella ciudad lejana donde había sido feliz, pero pronto recuperó la conciencia, y repitió como para sí y como un mantra: «Irse de Madrid es un error». No importa que haya muerto: Raúl no se irá nunca de Madrid. Allí nos espera, todavía y siempre, a todos los peregrinos.