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Menchu Gal, pionera y vanguardista con una mirada propia

2026-03-23 - 12:10

La muestra 'Imágenes de una vida' reúne –veinte años después de su última individual en Madrid– una cuidada selección de medio centenar de piezas pertenecientes a la Fundación con su nombre, el Ayuntamiento de Irún y colecciones privadas. Hablar de Menchu Gal (1919-2008) es hablar de una pionera con una personalidad artística excepcional. En 1959 se convirtió en la primera mujer en recibir el Premio Nacional de Pintura, en un contexto –la España de posguerra– donde la presencia femenina en el ámbito artístico era escasa. Alta, elegante, de carácter firme y con una ironía sutil, se movió con naturalidad en círculos dominados por hombres, tanto en el País Vasco como en Madrid, donde residió durante décadas. En el recorrido de la exposición en Serrería Belga, organizado por géneros –paisaje, bodegón...–, se intercalan vinilos con citas relevantes y fotografías donde aparece la artista. Llama la atención una de los años setenta rodeada de Gaspar Montes Iturrioz (su primer maestro), Benjamín Palencia, Eduardo Chillida, Luis Vallet, Manolo Montes y Jorge Oteiza. «'Blancanieves y los siete enanitos', llamaban a Menchu y sus colegas», recuerda Edorta Kortadi, especialista y amigo de la creadora. En una ocasión, ella le preguntó qué quedaría de su obra entre tantas vanguardias. Kortadi le respondió: «Sin duda, tus paisajes». Magistrales, vibrantes y heterogéneos, en ellos se puede ver la evolución de una personal y larga trayectoria (hay un cuadro que pintó con 13 años), en la que se acercó a diversas corrientes, sin encasillarse en ninguna. En algunos resuenan ecos cubistas, movimiento que experimentó gracias a su estancia en París con el pintor Amédée Ozenfant , aunque su verdadera pasión era el juego con el color y la línea curva propios de Matisse, a quien conoció. No hay más que ver los bosques vibrantes de la primera sala o el lienzo de la vendimia en el que los trabajadores –meras pinceladas arqueadas– se confunden con las flores. Las localizaciones son variadas, desde los horizontes castellanos que aprendió a contemplar junto a Benjamín Palencia –donde descubre una luz austera y una estructura casi arquitectónica del espacio– hasta las vistas de Madrid, como azoteas o el Palacio Real, en las que la ciudad se convierte en un entramado de planos y ritmos alejados de la literalidad. Y su querido norte, con las playas de Fuenterrabía y las marinas, donde las formas se simplifican, la pincelada se libera y el color se intensifica. En obras hipnóticas como 'Nocturno en el Bidasoa', destaca el cromatismo fauvista. En sus retratos, esa misma libertad se traduce en una búsqueda de lo esencial que prioriza la presencia y el carácter psicológico. Los del pintor Vela Zanetti y de su madre son buenos ejemplos –contenidos, densos, introspectivos–, o sus desnudos femeninos, poco habituales siendo mujer. En los interiores y bodegones, vemos un claro recorrido del naturalismo a la complejidad vanguardista, siempre con un estilo muy propio. Menchu Gal pintaba directamente sobre el lienzo, sin bocetos ni redes previas, en un gesto rápido y decidido que deja visible la materia. En toda su obra hay una dimensión física imposible de valorar a través de una pantalla. Sus cuadros exigen ser vistos de cerca: en la densidad de la pintura, el trazo y el color palpitante reside su fuerza. «Yo pinto lo que siento y lo que siento tiene color», decía.

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