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Mette-Marit, contra las cuerdas: en Noruega existe la posibilidad de que no sea reina

2026-02-04 - 12:25

Parecía que en diciembre las aguas se habían calmado. Es cierto que todavía quedaba el juicio a Marius Borg Høiby, que ha comenzado finalmente este pasado martes y en el que se enfrentará a 38 cargos, varios de ellos por violación —además de agresiones y alteraciones del orden público, incumplimiento de órdenes de alejamiento, grabación no consentida de genitales, amenazas, acoso a la policía y varias infracciones de tráfico—, pero ya parecían lejanas las polémicas que habían rodeado al matrimonio entre la princesa Marta Luisa, primogénita de los reyes Harald V y Sonia de Noruega, y su esposo, el chamán Durek Verrett, y el país parecía haber hecho las paces con Mette-Marit. Sobre todo, si se tienen en cuenta las cifras de donantes de órganos que aumentaron después de que la esposa del príncipe heredero Haakon hablara sobre su trasplante de pulmón. Había todavía un sector que no le perdonaba, eso sí, las acciones de su primogénito, pero la monarquía escandinava se escudaba en que había que dejar actuar a la justicia. Y, de repente, todo ha cambiado en el peor momento, justo a las puertas del comentado proceso penal contra el joven de 29 años, que además vivía una nueva detención. Porque el nombre de la princesa aparece en multitud de ocasiones en los archivos desclasificados del caso Epstein, y su relación con el magnate y proxeneta era mucho mayor de lo que había ella mismo reconocido. Una absoluta pesadilla para la casa real, que no puede explicar la razón de que la heredera consorte y una amiga visitaron la casa del difunto pederasta en Palm Beach, a las afueras de Miami, pernoctando allí durante cuatro noches, ni las comunicaciones entre ambos. "Me avergüenzo", es lo que dicho Mette-Marit sobre sus contactos con el banquero, que se produjeron sobre todo entre 2011 y 2013, que para entonces ya tenía varios cargos y había sido condenado por prostitución de menores, "y quiero expresar mi profunda empatía y solidaridad con las víctimas de los abusos cometidos por Jeffrey Epstein". Pero todo ello ha tenido consecuencias inmediatas en la población noruega. La asociación Sex og Samfunn (Sexo y Sociedad), el mayor centro de salud y derechos sexuales y reproductivos en el país, ha anunciado a través de un durísimo comunicado que retira de inmediato a Mette-Marit como su patrona —en 2025 han reconocido con sus premios a la impulsora de la ley del consentimiento en Noruega— y desde la Cruz Roja Noruega, que a mediados de enero ratificaba a la princesa como su "protectora real" hasta 2030, están teniendo reuniones de urgencia para tomar una decisión al respecto. Además, otras 19 asociaciones del país tienen la heredera consorte como patrona y es muy probable que todas ellas tomen pronto una decisión que afecta directamente a la corona, puesto que puede ocurrir que ninguna de ellas quiera a la princesa en un acto público asociado a su imagen. Por ello, la reacción de los principales periódicos noruegos ha sido inmediata, preguntándose y preguntando a sus usuarios abiertamente si Mette-Marit puede llegar a ser reina algún día después de esta sucesión de eventos. Como recalcan desde Vanity Fair, se abre un tremendo problema para Harald V, que ha reconocido que la monarquía no pasa por su momento de mayor popularidad: en las últimas encuestas, como la de NRK, la televisión pública, entre un 70 y un 60% de noruegos apoyaba a la institución, alrededor de un 20% menos que en 2017. Pero lo que más le puede preocupar es que gran parte de esa afinidad del pueblo noruego con la corona es a través de él, un rey que ya tiene 88 años. Y su hijo y heredero, el príncipe Haakon, solo cuenta con un 35% del apoyo popular. Y estas encuestas eran antes del juicio y de la relación con Epstein. Por lo tanto, en el país, y principalmente Harald, se enfrenta a su sucesión con un enorme problema, pero con la sartén por el mango. Porque realmente Mette-Marit es princesa porque así lo designó él, dado que es el rey quien dispone los honores y los títulos en el ordenamiento noruego. De hecho, la constitución del país no recoge que la consorte del príncipe heredero deba tener por obligación título alguno, agenda pública o siquiera obligaciones: a pesar de que la ley sálica fue abolida en 1990, en la monarquía de Noruega, desde hace dos siglos, las consortes no tienen ningún papel sobre la corona y ni siquiera ejercerían una regencia en caso de ser necesaria —lo llevaría a cabo un grupo de 12 ciudadanos noruegos que conformarían un Consejo de Estado—. Es decir, que institucionalmente hablando Mette-Marit puede no llegar a ser reina a pesar de que su esposo sí sea rey. Y desde la monarquía solo habrían de eliminar su presencia a nivel público, quedando para momentos cien por cien protocolarios, como, por ejemplo, funerales de Estado o bodas reales. En resumen, en la monarquía noruega no existen las consortes. Esto tiene una razón histórica, de cuando la corona de Noruega se unía y desunía con las de Suecia y Dinamarca a través de matrimonios —en especial Margarita I, que comenzó como consorte y acabó dirigiendo los designios de todo el norte europeo—. Pero dicho esto, y habida cuenta de que la Constitución no entra en este terreno, lo que se plantea es qué ocurrirá. El rey es quien da el visto bueno al matrimonio de su heredero, pero una vez concedido no lo puede revocar, por lo que Haakon será el futuro rey. Y será él, con toda seguridad, quien decida el papel de su esposa. Por un lado, puede hacer oídos sordos a la población y nombrarla reina consorte. Pero también tiene la potestad de inventarse otro título para ella o recuperar uno de antaño. O incluso no darle ninguno. En ese aspecto, explican desde el portal, no tiene obligación. Por el otro, está la duda de si el matrimonio aguantará toda la embestida de la actualidad. En dicho caso, volvemos al ordenamiento monárquico de Noruega, que no estipula nada con respecto a los divorcios en la familia real, como ya hizo, de hecho, su hermana, Marta Luisa, con Ari Behn, quien luego se suicidaría. Es decir, que al príncipe Haakon no le afectaría en absoluto a su posición que se divorciase mañana mismo de Mette-Marit —más allá de que no fuese bien visto que dejase en la estacada a una mujer con un hijo presumiblemente en la cárcel y con una enfermedad degenerativa pulmonar—. Tampoco, y quizá esto es más importante, a la posición de sus hijos. Aunque se volviese a casar. Lo único que exige la ley para el heredero o heredera es que hayan nacido dentro de un matrimonio legítimo, a diferencia, por ejemplo, de España, que no lo especifica y donde podría reinar un bastardo. Y la última opción es, como en casi todos los problemas en esta vida, no hacer nada y dejar que las cosas sigan su curso. Esto puede llevar, como ya pretenden algunos movimientos e incluso partidos políticos, a un debate sobre la posibilidad de que el país deje de ser una monarquía parlamentaria, pero también a que el tiempo amaine las aguas y poco a poco Haakon vaya tomándole el pulso al país que más pronto que tarde habrá de reinar.

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