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Muere Raúl del Pozo: maestro de periodistas, tahúr de las letras

2026-03-10 - 15:03

Raúl del Pozo fue todo lo simpático que quiso su cartera. Decía que los ricos no tienen necesidad de ser amables . Era generoso como pocos, cariñoso, tierno, lúcido y cobardón. Su columna diaria era un análisis ilustrado, una mirada que se fue decepcionando con las pullas de la incoherencia humana. Le gustaba la noche, el juego, las mujeres y el whisky, pero escribir era su forma de vida y quizá la manera más brillante que encontró en su reporterismo. De 'Pueblo' a 'El Mundo', de Cuenca a Chamartín, Raúl estuvo, sobre todo, en la calle, donde pasaban las cosas. Gastaba su salud entre risas y chismes, entre naipes, en la ruleta de la actualidad diaria y los sablazos para ir a Torrelodones. Decía «el Café» al Gijón, donde Alfonso 'el cerillero' le adelantaba ruinas mientras esperaban amanecer en el piso de arriba, jugando al póker sobre un capote del maestro Chenel y su amigo, Manuel Vicent . Llevaba una biblioteca en la cabeza y una hemeroteca en el hígado. En 'Noche de tahúres' demostró que escribía con la suela gastada. Era un cronista decimonónico, un narrador que miraba al Parlamento con el ceño fruncido y la acidez en la punta de los dedos. Acuñó la España ochentera en 'Costa Fleming' y al socialismo con 'la izquierda caviar'. Quizá porque su corazón noble siempre fue de izquierdas entre tantas amistades que militaban a su derecha. Sus frases eran cortas, justas y precisas . Utilizaba los adjetivos como si fueran navajazos y puso nombre a la impostura. Detestaba la manipulación, la mentira y el alboroto. Siempre defendió que la verdad no se grita: se cuenta. Y esa fue probablemente su tónica en el 'Ruido de la calle' que heredó de Paco Umbral. Por allí desfilaron todos los personajes de nuestro tiempo. Parecía la barra de un bar con humo, copas, políticos, banqueros, escritores, cantantes y folclóricas; personajes de nuestra historia que fueron retratados con la humildad de quien no buscaba reconocimientos sino retratos certeros. No pedía permiso. A veces, sí un perdón . Su prosa era como quien cruza la Gran Vía a deshora: irónico en el paso, con miedo en los bolsillos, pero obsesionado con la frase bien puesta. Esas maneras de narrador cotidiano formado en vivencias personales le hicieron ser un contador de historias con información de primera mano; el crooner de la crónica diaria. Viajó a Roma de empalme para ver cómo trataban de emperador a Paco Rabal , mientras apuraba otra carcajada antes de volar de vuelta a Barajas. Llegó haciendo dedo a París. Se emborrachó con Sartre mientras espiaba a Simone de Beauvoir . Se jugó cualquier afrenta al póker y cubrió en Cabo Cañaveral el despegue de Apolo. Estuvo en la manifestación del millón de personas contra Pinochet y fue hippy un rato con su tocayo Cancio en la isla de Wright, para ver a Jimmy Hendrix y Leonard Cohen. Fue caballero en Moscú, peatón de Corrientes, escribiente en Londres y metrónomo en Lisboa. Sus textos se dividían entre el reportaje, la crónica y la columna; de 'Mundo Obrero' a 'Interviú', de 'Pueblo' a 'Diario 16', Raúl fue Ruano, Cavia, Pedro Rodríguez y Murube . Le gustaba rodearse de jóvenes escritores. A todos les dedicaba palabras generosas, aunque solo se arrodillaba ante los que follaban más que él. Le pirraban Marbella, un casino, el poder, el golf, la terraza del Ritz y cualquier canalla de barrio. Poco a poco fue quedándose en un rostro afilado, greconiano, como si sus labios se hubieran cansado de dar besos y descansaran hacia dentro . Aunque eso no le hizo perder el interés por la última hora, la información que se pasa en susurros. Su vocación. Leía a Plutarco. Hablaba con el Rey. Consideraba a Cela un genio. A Umbral, el lenguaje de su tiempo, y de Quintero dijo aquello de ser el único capaz de convertir el padrenuestro en una sinfonía. En su biografía no autorizada pero consentida, ' No le des más whisky a la perrita ' (Esfera de los libros, 2020), de Úbeda y Valdeón a cuatro manos y tres voces, Raúl dice que: «la vida es una comedia divertida pero corta, y a mí me da igual la posteridad. No soy como esos poetas gilipollas que les llevan sus libros llenos de lamparones de churros a los concejales. A lo largo de todos estos años, me he dado cuenta de que no tengo afán de inmortalidad, pero si algo queda, si en algo me puedo parecer, yo, un maldito mono, a un dios, a un Creador, es porque sé escribir». Cuando perdió a Natalia se rompió su brújula. Y dejó de estar del todo porque no supo vivir sin ella . La miró como a «Isabel de Portugal pintada por Tiziano», escribiendo que «soportó con dulzura los últimos instantes y muriendo una sola vez», aunque eso lo matara a él por vez primera, y hoy de nuevo. Decía Paul Valéry que un hombre solo siempre está en mala compañía. Pero nunca fue su caso. Tuvo a Félix, a Chon, a Pilar, a Carmen, a José María, a Arturo y a muchos más. Invitaba a comer en el Telégrafo. Te contaba la última del Papa. De Julio Iglesias. Incluso de Dios . Se ha ido tranquilo y gastado. Y aunque la calle seguirá hablando mal de todos nosotros (me dijo un día), hoy lo hará en voz baja. Al menos, hasta que oscurezca y uno pueda pedirse una copa por todo lo que nos brindó. Y que viva el vino.

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