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Nacho G. Velilla, el hombre que más te ha hecho reír aunque no lo sepas

2026-03-20 - 08:30

Todavía conserva su libretita de chistes, «adaptaciones mañas de los hermanos Marx» que el pequeño Nacho desplegaba cada Nochevieja ante su familia en su Zaragoza natal. Nacho G. Velilla se ríe a gusto –es contagiosa y frecuente su risa– al recordar las burlas de sus hermanos. Ninguno podía imaginar que el benjamín del clan sería, con el tiempo, el séptimo director más taquillero del cine hecho en español y una figura clave de nuestra industria audiovisual. Formado en Periodismo en el País Vasco de los años ochenta, cambió de tercio gracias a Médico de familia, cantera de una generación de guionistas que cambió para siempre la ficción patria. Revolucionó después la comedia nacional con hitos televisivos como 7 vidas y Aída , antes de ponerse a firmar taquillazos como Fuera de carta, Que se mueran los feos, Perdiendo el norte, Villaviciosa de al lado o las dos entregas de No manches, Frida. Logros que, sin embargo, no lo han convertido en un rostro popular. Más que nada porque huye del exceso de notoriedad como de la peste. XLSemanal lo saca ahora de su cascarón ante el estreno de Por cien millones (26 de marzo en Movistar Plus+), la serie que 'amenaza' con poner su nombre en boca de todos. Por el tema que aborda, por cómo lo hace y por que sorprende al hacernos reír con un suceso que, en su día, fue una tragedia nacional. Hablamos del rocambolesco secuestro de Quini, futbolista de Barça y Sporting de Gijón que pasó 25 días de 1981 a merced de tres maños desesperados que buscaban, a su costa, salir de la pobreza. Velilla nos recuerda con ella que la risa sana y, sobre todo, que la realidad supera, a veces por varios cuerpos de distancia, a la ficción. XLSemanal. Todo lo que ha hecho es comedia, ¿cómo acaba haciendo una serie sobre un hecho tan dramático como el secuestro de Quini? Nacho G. Velilla. Porque la historia es, en realidad, una tragicomedia. El secuestro fue un verdadero drama, para su familia y para toda España, porque Quini, entonces pichichi de la Liga, era el futbolista más querido del país. Lo que pasa es que la historia es tan rocambolesca que enseguida me vino a la cabeza algo del tipo Atraco a las 3, una historia de perdedores torpes que creen haberse topado con la oportunidad de sus vidas... Aunque en esa, también es verdad, los atracadores acaban mucho mejor que los secuestradores de Quini. XL. ¿Dónde vio la comedia en esta historia? N.G.V. En los secuestradores. Son tres tipos desesperados que ven que ETA y el GRAPO sacan millones secuestrando gente y deciden probar. Como eran novatos y no seguían patrón alguno, la Policía estaba despistadísima; no sabían si era la mafia, un grupo terrorista o quién, porque lo hacían todo muy raro. La parte más bizarra es que no habían pensado en cómo cobrar la pasta. Y, claro, comenzaron a hacer disparates... XL. ¿Qué partes del suceso ficciona y cuáles no? N.G.V. El desarrollo del secuestro respeta los hechos. Por ejemplo, las llamadas del 'cerebro' (Raúl Arévalo) son reales. La Policía nos facilitó las transcripciones. XL. En una de ellas se quejan a la esposa de Quini, Mari Nieves, de que su marido come como una lima y que no pueden seguir alimentándolo. ¿Eso es real? N.G.V. Sí, sí. Yo nunca hubiera podido escribir algo tan ingenioso [se ríe]. Imagínate a la pobre Mari Nieves, con unos ataques de ansiedad tremendos, y el tío le dice eso para forzar el cobro del rescate... En las llamadas originales, que Raúl ha clavado, empezaba como un señor serio, con voz grave, pero a medida que avanzaba la conversación y ambos se iban poniendo nerviosos le salía el maño que lleva dentro. XL. ¿Qué más cosas son reales? N.G.V. La confesión final a la Policía; ese cartel tan bizarro, y tan español, que coloca el del bar donde le compraban los bocatas a Quini: «Aquí se venden los bocadillos que se comía Quini»; o el detalle de cómo eligieron a quién secuestrar en las revistas del corazón. Quini les pareció el más buenazo y vulnerable. XL. Descartaron a Schuster, ¿no? N.G.V. Sí, como tenía muy mala leche se libró [se ríe]. Él mismo ha bromeado sobre eso. Imagínate haber tenido a Schuster 25 días en aquel zulo a base de bocadillos... Él fue, por cierto, de los pocos que dijo que había que parar la Liga. Nadie le hizo caso, claro. XL. Sorprende que sus compañeros siguieran jugando cada domingo... N.G.V. Hubo mucha polémica, sí. El Barça iba líder y acabó perdiendo la Liga. Imagínate, jugar con un compañero secuestrado... Porque todos pensaban que su cadáver aparecería cualquier día en una cuneta. XL. ¿Habló con los secuestradores? N.G.V. No, pero hay detalles sobre ellos que son reales. En 44 años nunca han querido exponerse, así que hemos cambiado sus nombres y los hemos puesto de nuestra cosecha. Partimos de un artículo que publicó la revista aragonesa Andalán . El titular era: «El listo, el manitas y el torpe». Empezamos a trabajar a partir de esos estereotipos. XL. ¿Cómo se tomó su proyecto la familia de Quini? N.G.V. Hablé con la familia desde el principio. No me parecía de recibo que se enteraran por la prensa de que el payaso de Velilla iba a airear sin previo aviso algo tan doloroso para ellos. Y quería conocer, claro, cómo lo vivieron. La serie es también un homenaje a Quini, a su modo de vivir el fútbol y de relacionarse con la gente. XL. Perdonó a sus secuestradores y renunció a la indemnización... N.G.V. Mira, la historia me atrajo por los secuestradores –tengo debilidad por las intrahistorias detrás del gran titular y los antihéroes a los que se les va todo de las manos–, pero lo que la hace extraordinaria es la talla humana de la víctima, capaz de entender y de perdonar. Cuando llegó al juzgado y las esposas de los secuestradores, avergonzadísimas, fueron a pedirle perdón, la hija de uno de ellos le pidió un autógrafo y Quini se agachó, le dio un beso y se lo firmó. La madre se echó a llorar emocionada y ¿sabes qué hizo Quini? ¡Se la llevó a desayunar para consolarla! Y así se mantuvo hasta el final. En su última entrevista, ya enfermo, poco antes de morir en 2018, le dijo al periodista: «No tengo duda de que eran buenas personas». Se te pone la piel de gallina, ¿no? XL. ¿Qué visión tienen sus hijos? N.G.V. Han salido al padre, que siempre quitó hierro al asunto. Para mi alivio, les gustó cómo lo habíamos resuelto. Incluso hacen un cameo los cuatro, esperando a Quini a la salida del Camp Nou para pedirle un autógrafo. Su hijo Enrique lleva una camiseta del Sporting de la época y Agustín Otón, que hace de Quini, se emocionó muchísimo. XL. ¿Se rieron? N.G.V. Sí, sí. Ese fue el mayor premio. Enrique me dijo: «En un 90 por ciento me ha encantado, pero en un 10 por ciento lo he sufrido como hijo, por ver lo que vivió mi padre y lo que sufrió mi madre». El tono cómico les impactó de inicio, por supuesto, pero les gustó. Fue muy bonito verlo con ellos. XL. Por cien millones es un cambio de estilo para usted, más contenido, menos gags, un humor menos físico... ¿A qué se debe? N.G.V. Es, simplemente, lo que la historia necesita. Oriol Capel, mi coguionista, y yo nos hemos tenido que contener, no creas, porque nos sale lo otro por defecto. Ha sido un aprendizaje en ese sentido. Buscábamos ese tono de las comedias de Vittorio de Sica, que te hacían reír con historias crudas en duros contextos sociales. Por otro lado, hay también un cambio en el escenario audiovisual español que me permite más libertad... XL. ¿Quiere decir que antes no...? N.G.V. A ver, yo nunca he hecho nada obligado y soy feliz haciendo taquillazos. Todo esto, para mí, no tiene sentido si no llegas a la gente. El cambio es que antes había dos grandes jugadores (Antena 3 y Mediaset) y ahora las plataformas aceptan tonos y estilos de comedia más diversos. XL. Siempre ha sido un director de proyectos con intención comercial, pero ¿qué parte de usted mismo hay en sus historias? N.G.V. Algo habrá, pero mis traumas no son el motor de mis historias, si es que a eso te refieres. Hay, eso sí, un hilo conductor en todo lo que hago a través de dos elementos: mi debilidad por las intrahistorias, que te mencioné antes, y el humor somarda. XL. ¿Humor somarda? N.G.V. Es algo muy aragonés. Una cosa irónica, socarrona, cínica, directa pero mordaz y enrevesada; decir algo sin decirlo, fingir torpeza o seriedad para ocultar tus intenciones... XL. Sus personajes mienten mucho... N.G.V. Eso es. Pero no me sale de forma intencionada, tengo eso dentro, me brota sin querer. XL. De una intrahistoria surgió Aída, personaje secundario de 7 vidas ... N.G.V. Es el mejor ejemplo. Yo empecé de guionista en Médico de familia, donde llegábamos a entre 10 y 12 millones de personas por capítulo, pero me chirriaba que los personajes no hablaran como en la calle. De esa inquietud nació 7 vidas, donde todo era más real y más crudo. Quería sacar a gente de verdad en la tele. Y con Aída, una comedia sobre una familia desestructurada y personajes de la periferia, llevé eso al extremo. Para muchos, me pasé de rosca [se ríe]. XL. ¿Le costó sacarla adelante? N.G.V. Muchísimo. Cuando por fin mostré el piloto, casi me pasan por la guillotina. Yo estaba feliz, pero en el Comité de Ficción de Globomedia no daban crédito. XL. ¿Qué le dijeron? N.G.V. Que si el lenguaje es demasiado grosero; que cómo vas a hacer comedia sobre una mujer maltratada cuya mejor amiga es una puta, el hermano es yonqui y el hijo es delincuente juvenil; que si el niño marica causa mucho rechazo... Y yo les dije: «Perdona, te causa rechazo a ti, pero veamos si los españoles tienen el mismo problema». A cierta gente de poder le gusta el marica cortesano, el graciosito, pero si es un arquitecto con cultura que habla bien, ya no les hace gracia. XL. De Mauricio Colmenero, racista, clasista, machista, putero... ¿no le dijeron nada? N.G.V. Con ese no hubo tanto problema [carcajadas]. El director de ficción no quería que se hiciera la serie, pero hubo dos personas, Mikel Lejarza y José Miguel Contreras, que se levantaron y dijeron: «Es el mejor piloto que se ha hecho nunca en esta casa». Por suerte, Paolo Vasile, que era CEO de Mediaset y sabía de esto más que nadie, dio el visto bueno. XL. ¿Qué le parece esta frase tan repetida estos días: «Es que hoy no se puede hablar de nada»? N.G.V. Siempre ha habido resistencias, pero en ese aspecto estamos mucho mejor que hace 25 años. Ya nadie cuestiona la presencia en una serie de máxima audiencia de un niño gay o de una lesbiana, como también me ocurrió con el personaje de Anabel Alonso en 7 vidas. Porque si el marica causa rechazo, la lesbiana ya ni te cuento. Es cierto que lo de las redes sociales es de locos y que hay mucho odio circulando ahí, pero también es verdad que mucha gente se expone de forma voluntaria y luego no aguantan que los critiquen. XL. ¿La risa es lo que más ofende? N.G.V. Sin duda. Y es curioso porque tu trabajas para que la gente se ría un rato y se relaje, pero parece ser que el humor, para lo bueno y para lo malo, levanta resortes que no levanta el drama. XL. ¿Cuál es su primer recuerdo asociado al cine? N.G.V. Las sesiones de tarde del cine Salamanca, en Zaragoza. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años. Mi madre se quedó sola con seis hijos y le tengo una admiración brutal por cómo nos sacó adelante. Para que ella descansara, mi tía Amelia nos llevaba todos los sábados a los seis y a otros tres primos a ese cine con bocadillos para todos. Fue un ritual familiar durante años. XL. ¿Y alguna comedia en especial? N.G.V. Las de los hermanos Marx. De niño analizaba cómo se construían los gags y anotaba en una libretita, que aún conservo, malas imitaciones al estilo maño de los chistes de los Marx [se ríe]. En Nochevieja venía el recital de chistes de Nacho. Los cabrones de mis hermanos decían: «Venga, ahora el show de Nacho». Yo pensaba que me admiraban, pero... [carcajada]. N.G.V. [Se ríe]. Exacto, se reían de mi inocencia. XL. Eras como un personaje de una de tus películas... N.G.V. Sí, sí [se ríe]. Por suerte mi madre siempre me apoyó. Tenía un humor parecido al mío y en medio de aquel entorno en el que nadie entendía que era aquello de querer ser guionista, su apoyo fue muy valioso. Le estoy eternamente agradecido. XL. Cuando empezó a trabajar en esto, ¿les sorprendió a sus hermanos que la comedia se le diera tan bien? N.G.V. Nunca hemos dejado de vacilarnos [se ríe], pero las cosas no podrían haber salido mejor. Mi trayectoria es la lucha por el control creativo de las historias que escribo. Empecé como guionista en Médico de familia; con 7 vida s me puse a dirigir y terminé produciendo para que ningún productor me dijera cómo tengo que hacer mi trabajo. XL. Y a usted mismo, ¿le sorprendió su habilidad para la comedia? N.G.V. Desde luego, aquel chaval que estudió Ciencias de la Información en Bilbao y empezó a trabajar como periodista jamás habría imaginado todo esto. Mi gran escuela fue 7 vidas, que era un capítulo por semana con 150 personas en el estudio. Y mi gran maestra, Amparo Baró. Yo era un ignorante, iba con mis guiones y no permitía que nadie se saltara una coma. Pero Amparo hacía una pausa, cambiaba un pequeño matiz y, de pronto, las sonrisas se convertían en carcajadas. «Hostia, Amparo, ¿qué has hecho ahí?». Y me decía: «Eso es ritmo, Nacho». Era su frase... Poco a poco asimilé eso, aprendí la mecánica del gag , a trabajar el humor por capas... XL. Es el séptimo director más taquillero del cine hecho en español y dicen de usted que es el más rentable, pero ¿ha ido a alguna gala de los Goya? N.G.V. Nunca me han nominado y, la verdad, yo ahí no pinto nada. Este oficio es maravilloso, pero no me interesan las hogueras de vanidades ni las sobredosis de ego y narcisismo. No soporto ver a gente alabando una película que han visto dos mil personas como si fuera Ciudadano Kane . Un poquito de pudor, por favor. XL. ¿No será envidia? Que se premie a esas películas y no a sus comedias... N.G.V. Es bonito que te reconozcan y, sin duda, a mi madre le habría encantado, pero nunca he buscado el aplauso de los 'entendidos'. ¿Sabes lo que decía Carlos Saura, un director no precisamente comercial, a los que ponían verde a Mariano Ozores? «Gracias a Ozores hay un técnico en España que me hace el travelling de maravilla, porque es el que de verdad le da trabajo». Y es así, porque sin esos directores que construyen industria, el de las pajas mentales no podría hacer sus películas. Somos todos parte de un equilibrio y toca bastante los cojones el desprecio generalizado de la Academia hacia las comedias en un país que ha creado tantas obras maestras del género. Este año, por ejemplo, Alberto San Juan se merecía el Goya por su papel en La cena que es, para mí, el más exigente del año. Pero como lo hace en una comedia... El arte es emocionar. Y la comedia buena emociona a través del humor. XL. ¿Qué le parece que Carmen Machi, la actriz con la que más ha trabajado usted, solo tenga un Goya, y como actriz de reparto? N.G.V. Más de lo mismo, porque lo que hace Carmen no lo hace nadie en España. Así de buena es. Hay actrices de sobra para hacer buenos dramas, pero ninguna te emociona, te hace llorar y te hace reír como ella. Su rango interpretativo es único en España. Y sin perder nunca la verdad ni el ritmo ni el tono. Además de ser generosísima, siempre al servicio de la escena, de la película y de sus compañeros. No como tantos otros que sólo trabajan para si mismos. XL. En algunas de sus películas hay pullitas a derecha e izquierda. ¿Nunca le ha tentado hacer una comedia política? N.G.V. Mi punto de partida nunca será algo así. No hago cine desde un peldaño por encima de los demás para sentar cátedra ni inducir a nadie en una dirección. Por eso me gusta tanto Los domingos, Goya este año. En estos tiempos tan alterados, Alauda Ruiz de Azúa nos da una lección a todos al no plantear las cosas en términos de blanco o negro ni de malo o bueno. Prefiero que me muestres los grises y luego, como espectador, que cada uno se las componga. En todo caso, con las pocas cosas con las que yo me he metido, siempre me han insultado de ambos lados y, la verdad, me encanta. Buena señal [se ríe]. De todos modos, prefiero la sutileza, un gag crítico por aquí, otro por allí; y al que le pique que se rasque.

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