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Ni la Giralda ni la Torre del Oro: el monasterio de Sevilla que fue una fábrica de cerveza

2026-03-15 - 16:03

Cuando alguien visita Sevilla, lo normal es que no salga del circuito de la Catedral, el Alcázar y el barrio de Santa Cruz. Sin embargo, a solo unos kilómetros, en Santiponce, hay un edificio que resume perfectamente lo que es Andalucía: una mezcla de todo. El Monasterio de San Isidoro del Campo es una especie de monasterio-fortaleza que, a pesar de su importancia, sigue siendo un gran desconocido para muchos. Lo fundó en 1301 Guzmán el Bueno y su mujer, María Alonso Coronel. El sitio no fue elegido al azar, sino que se levantó sobre las ruinas de Itálica, donde la tradición decía que estaba enterrado San Isidoro. Lo que empezó siendo un pequeño enclave de monjes cistercienses acabó convirtiéndose en un laberinto de muros góticos y mudéjares que ha sobrevivido a casi todo. Una de las cosas más fascinantes de este monasterio no es solo su arquitectura, sino lo que pasó dentro de sus muros en el siglo XVI. En aquel entonces, San Isidoro del Campo se convirtió en un foco de ideas reformistas . Un grupo de monjes empezó a cuestionar las normas establecidas y a estudiar textos que la Inquisición no veía con buenos ojos. Entre ellos estaba Casiodoro de Reina, que tuvo que huir de España para que no lo quemaran en la hoguera. En su huida se llevó algo fundamental: el trabajo de la primera traducción de la Biblia al castellano, la famosa Biblia del Oso . Es curioso pensar que uno de los libros más importantes de la historia de nuestra lengua se gestó en este rincón de Santiponce, entre rezos y persecuciones. Pero la historia de San Isidoro no es solo espiritual, también es muy práctica y, a veces, un poco surrealista. Tras la desamortización del siglo XIX , el monasterio quedó vacío y sus enormes naves se aprovecharon para fines que poco tenían que ver con la religión. A lo largo de los años, el edificio sirvió como almacén de tabaco y, lo más llamativo de todo, como fábrica de cerveza y malta . Durante mucho tiempo, el olor a incienso fue sustituido por el del cereal fermentado. De hecho, fue precisamente ese uso industrial lo que evitó que algunas partes del edificio se derrumbaran por el abandono, aunque también hizo que se perdieran detalles originales. No fue hasta hace relativamente poco cuando se restauró para devolverle el aspecto monumental que podemos ver hoy. Lo primero que te va a llamar la atención al entrar es que el monasterio tiene una «iglesia doble». No es un solo templo, sino dos iglesias góticas pegadas la una a la otra que forman un espacio único donde el estilo gótico se mezcla con el mudéjar y almohade. En la iglesia principal se encuentra una de las joyas más valiosas del arte sevillano: el retablo de Martínez Montañés . La figura de San Jerónimo es extremadamente realista y recuerda por qué a su autor lo llamaban el «Dios de la madera». Al salir de la iglesia, el recorrido te lleva por sus claustros . El Claustro de los Muertos es uno de los más destacados del conjunto. Es una joya mudéjar decorada con pinturas murales que son de las mejores que se conservan en España. Pasear por aquí, viendo los frescos que cuentan la vida de los santos, te hace entender la riqueza que llegó a tener esta institución, que funcionaba casi como una ciudad autosuficiente con su propia hospedería, sacristía y zonas de cultivo. Incluso el refectorio , donde los monjes comían en silencio bajo una representación de la Sagrada Cena, conserva esa mística que parece transportarte directamente a la Edad Media. Si tienes pensado ir, lo mejor es que aproveches para ir por la mañana.

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