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Ni por la iglesia, ni para siempre: los datos de la metamorfosis del matrimonio

2026-03-26 - 03:50

Virginia es ingeniera. A sus 43 años goza de un trabajo estable. Tiene pareja desde hace dos décadas, con quien comparte la crianza de sus dos hijos así como una hipoteca... Pero no están casados. «Lo hemos ido dejando sobre todo por la presión social de la fiesta. Íbamos a tener que montar un bodorrio y no nos apetecía invitar a la tía, al primo...», relata a este diario. Su situación es el ejemplo claro de un cambio de paradigma: la tasa bruta de nupcialidad en España se ha desplomado a la mitad desde 1975. En el año 2000 se registraban 5,29 enlaces por cada 1.000 personas, mientras que el último dato del INE, de 2024, sitúa la cifra en 3,57. El cambio de arquetipo no sólo se produce en la manera de entender las relaciones, sino también en la de formalizarlas. Si en el 2000, el 75% de aquellos que decidían contraer matrimonio lo hacían bajo el amparo de la fe, en 2024 apenas un 16,4% de las celebraciones fueron por la Iglesia. Consciente de esta realidad, el Papa León XIV anunció la pasada semana un plan a medio y largo plazo para afrontar las crisis matrimoniales, el miedo de los jóvenes a casarse y a formar una familia. El objetivo es conseguir que las nuevas generaciones «se sientan atraídas por la intensidad de la vocación matrimonial en la Iglesia», tal y como dijo el sumo pontífice. Pero, ¿se trata de una verdadera crisis? «Para nosotros es algo consustancial al propio devenir histórico», señala a ABC Mariano Urraco, Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). «Siempre hay cambios: las maneras en las que se forman las parejas y las formas de organización familiar son distintas en cada momento histórico», explica. Una tesis que comparte María Ángeles Durán, catedrática de Sociología y profesora de Investigación en el CSIC: «Cada época y cada sociedad tiene sus formas compatibles de convivencia y la familia tradicional es poco compatible con la sociedad actual». En este contexto de transformaciones en la forma de convivir, desde la Iglesia lamentan que ese cambio en el marco cultural condicione el matrimonio. «Lo que antes se vivía con normalidad hoy se considera extraordinario», añade el director del secretariado de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida, Miguel Garrigós. «Antes, se vivía con normalidad ser hijos para ser esposos y después llegar a ser padres —prosigue—. Era el hábitat en el que nos movíamos». La tendencia a no formalizar las relaciones se observa también en los hijos nacidos de madres solteras: mientras que en 2000 el porcentaje era del 17,7%, hoy esa cifra se ha incrementado hasta el 49,9%. «En España, hace 80 años, un hijo extramatrimonial era visto por la mayoría como una desgracia y un deshonor que se ocultaba. Hoy nacen tantos niños fuera de matrimonio como dentro», apunta Durán, para quien «no hay que idealizar la familia tradicional porque tenía sus aspectos negativos». Por su parte Garrigós, lamenta esa visión negativa que puede haber hoy de la familia y del matrimonio que se concibe como «una jaula anticuada», aunque apunta también a otras causas para la caída de los enlaces: «influye muchísimo el sueldo que no alcanza, el contrato temporal que se eterniza, la carrera que no termina nunca o el máster que se alarga. También condicionan la dificultad para encontrar vivienda o la falta de ayudas para formar una familia». En esa línea se sitúan también los sociólogos, que lo toman como una consecuencia de que la incertidumbre empape el futuro. «Es una época en la que hay pocas certezas sobre dónde vamos a estar, qué vamos a hacer, dónde vamos a trabajar...es un correlato inevitable que esa incertidumbre con respecto al futuro se acabe aplicando también al ámbito de las relaciones», señala Urraco. Aparte de esa inestabilidad, los expertos coinciden en que si algo caracteriza a las sociedades modernas es el individualismo. «Los vínculos comunitarios tienen menos intensidad», señala la investigadora del CSIC. «Tanto para hombres como para mujeres —continúa— hay más movilidad territorial y social, menos control social y más libertad de pensamiento» . «La persona tiene cada vez más margen de decisión sobre lo que hace y cómo lo hace», remacha Urraco, «y eso también implica que puede decidir no casarse sin sentir una presión social o se vea obligada a hacerlo por el mero hecho de seguir con la tradición». Para Garrigós, «es importante hacer una valoración de conjunto para poder comprender que lo que realmente sucede es que hay es una crisis de compromiso y de entrega, que se ve en las vocaciones al seminario, en la celebración de los matrimonios civiles o religiosos o en la participación de voluntarios en la Cruz Roja. Es una crisis del compromiso, no exclusivamente una crisis de la Iglesia». El cambio de mentalidad no sólo se contempla en el hecho de que formalizar una relación ya no sea algo establecido, sino también en que esta ya no es para toda la vida. «Ahora la gente se casa sabiendo que puede no ser para siempre. Puede que sí, pero también puede que no. No tiene la misma proyección a futuro», recuerda el profesor de la UCM. El número de separaciones y divorcios en 2024 fue de 86.595 casos, un 8,2% más respecto al año anterior, lo que situó la tasa de disoluciones matrimoniales en 1,8 por cada mil habitantes. Una cifra ligeramente por encima de la de la Unión Europea, que se encontraba en 1,6. Para Garrigós el dato está muy relacionado con la «cultura de lo provisorio». «Son múltiples las causas y factores que pueden conducir a una separación y no se debe trivializar el dolor de las personas que toman esta decisión. Podemos señalar, como tendencia general, que cada vez va cogiendo más importancia lo que el Papa Francisco denominaba cultura de lo provisorio: 'creer que el amor, como en las redes sociales, se puede conectar o desconectar a gusto del consumidor e incluso bloquear rápidamente'» Hoy, quienes se casan, «llevan años juntos y conviviendo», comenta Cristina Rosa, organizadora de bodas. Lleva quince años en el negocio y si algo tiene claro es que, ya sean ceremonias civiles como religiosas, los novios «piden experiencias». «Antes era el banquete y unos bailes. Hoy, la comida es importante, pero también se lleva mucho poner una hora loca, bengalas, gastronomía de otros países... La generación Z valora más la experiencia que el producto. De hecho, antes se daban detalles a los invitados y eso ya casi no se hace. Ahora se dan masajes en los pies, hay tatuadores, espectáculos... Las bodas son una experiencia integral». «Sinceramente, no», contesta con rotundidad Garrigós. «La explicación radica en el corazón de cada hombre y de cada mujer que anhela profundamente vivir un amor para siempre, exclusivo y fiel, abierto a la vida —dice—. Estamos firmemente convencidos de que es el mismo Dios quien ha puesto ese anhelo en el corazón y la manera de vivirlo en plenitud es el sacramento del matrimonio». Durán, por su parte, recuerda que la palabra 'familia' viene de 'fámulo', o criado, y en su origen significaba el grupo social formado por un hombre rico y sus servidores. «Lo que a mí me interesa son las nuevas definiciones de familia y su papel en la estructura económica, especialmente en relación con el cuidado», subraya. «Pero lo que más me enternece —concluye— no son dos jóvenes enamorados sino una pareja de ancianos dándose la mano. El amor al final de la vida, más que al principio».

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