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Noelia Samartin, neurocientífica: «Hemos aprendido a sobrevivir, pero se nos ha olvidado vivir de manera humana»

2026-03-02 - 02:43

«¡Si quieres, puedes!» es un mensaje que cuestiona Noelia Samartin Veiga , neurocientífica, psicología clínica y autora de ' Has venido a vivir' . Explica que no todos somos iguales ni nos funcionan las mismas rutinas, por lo que cuando una persona se marca como objetivo cumplir unos hábitos saludables los puede entender como un trabajo, lo que incrementa sus niveles de desgaste y ahogo. «Es entonces cuando la disciplina falla, y la respuesta automática de nuestro cerebro es el estrés. A su vez, la industria y el capitalismo potencian esta insatisfacción vital. Vivimos en un modelo neoliberal de adquisición de hábitos». —¿Por qué cuesta tanto darnos cuenta de que a veces nos planteamos metas inalcanzables? Porque rara vez nos preguntamos desde dónde nos estamos marcando esas metas. No solemos partir del momento vital ni del contexto real, sino de un ideal cultural de rendimiento constante. Vivimos rodeados de estímulos que normalizan lo excepcional, y eso nos lleva a confundir lo deseable con lo único posible y aceptable. —Entonces, ¿es definitivamente erróneo el mensaje 'si quieres, puedes'? Más que erróneo, es peligroso. Borra el contexto, el punto de partida y las variables individuales, tanto internas como externas. Si todo depende únicamente de querer, cuando no llegamos, la culpa también recae solo en nosotros. Esto es profundamente injusto, ya que asumimos una responsabilidad total como si todo fuera una elección personal y no estuviera condicionada por factores que no controlamos. Como consecuencia, esta carga de responsabilidad genera un malestar intenso que suele empujarnos a buscar soluciones externas, rápidas y prometedoras, en lugar de permitirnos parar, observarnos y escuchar qué necesitamos realmente. De este modo, el foco no está en reducir la culpa ni el enfado con nosotros mismos por no «ser suficientes», sino en seguir persiguiendo una respuesta que silencie el malestar sin comprender su origen. —¿Por qué es tan fácil hablarnos mal: «¡Soy un desastre!»? Porque hemos aprendido antes a evaluarnos que a escucharnos. Nuestro sistema nervioso está diseñado para detectar el error con rapidez y responder de forma inmediata, aumentando así las probabilidades de supervivencia. El problema aparece cuando este sistema se hipersensibiliza y se produce una maximización de la respuesta corporal ante la discrepancia entre lo que esperamos que sea y lo que realmente es. En esta amplificación de la distancia entre expectativa y realidad, el diálogo interno adquiere un papel central. Se trata de una conversación automática e inconsciente, que emerge de la actividad cerebral cuando no estamos focalizados atencionalmente. Aunque su función exacta aún no se conoce con precisión, parece estar implicado en la anticipación de escenarios futuros. Sin embargo, cuando quedamos atrapados demasiado tiempo en este diálogo, la evidencia científica muestra un aumento de las emociones desagradables, ya que se sobredimensiona el error y aparece con facilidad el juicio interno: «¡Eres un desastre!». — ¿Cuándo empezamos a «querernos mal»? Más que querernos mal, aprendemos pronto a condicionar nuestro valor. Durante la infancia, es fácil confundir ser valioso con hacer, rendir o ser útil, y asumir que de ello depende ser queridos. Aprendizajes que en su momento fueron adaptativos —porque proporcionaban seguridad o afecto— pueden convertirse en fuentes de fricción en la vida adulta. Decir que no, poner límites o permitirnos cambiar de opinión puede generar un malestar intenso. Para empezar a transformar esta relación con uno mismo es necesario reaprender qué necesitamos para que nos quieran. Y, aunque cueste aceptarlo, la respuesta es sencilla: nada. Quien te quiere bien, te quiere por ser y no por hacer. El problema es que el sistema nervioso necesita creerse esta idea, y para ello no basta con entenderla racionalmente. Es necesario exponerse, poco a poco, a aquello que da miedo: decir no, poner límites, sostener la incomodidad. Que aparezca el miedo es normal; es una emoción que pone al cuerpo en alerta ante un posible peligro. Y ese peligro es vivido como real, porque no sabemos cómo van a reaccionar los demás cuando hacemos algo que antes no hacíamos. Sin embargo, al exponernos y comprobar que no ocurre nada catastrófico, el miedo empieza a disminuir. El sistema nervioso reaprende que decir no o poner un límite no es una amenaza, y así, poco a poco, se reajustan tanto la creencia como la imagen que tenemos de nosotros mismos. — ¿Por qué nos convertimos en nuestros peores enemigos? Nuestro cerebro está orientado a la protección y a la supervivencia, y funciona a través de predicciones constantes. Genera expectativas sobre nosotros, sobre los demás y sobre el mundo. El problema no es anticipar, sino vivir bajo una exigencia hacia nosotros mismos extrema y sostenida. Por eso, es clave preguntarnos dónde está puesta nuestra expectativa y si es coherente con nuestro punto de partida y contexto vital. Para facilitar esta reflexión, una pregunta que suelo plantear en consulta es: si tu mejor amigo estuviese en tu situación, ¿qué pensarías de él o de ella? — ¿Cómo podemos dar el paso para querernos más? Creo que el primer paso es entender (y realmente creerse) que tienes derecho: derecho a ser, a escoger, a cambiar de opinión, a disfrutar y a descansar. Para sentirte merecedor de todo eso, es importante asumir que vivimos en una sociedad donde la productividad se ha convertido en un indicador de éxito vital y en un valor moral. Cualquier conducta que se aparte de ese mandato suele activar la culpa, esa emoción que nos alerta sobre la posibilidad de rechazo por parte del grupo. Si consideramos que solemos exigirnos mucho más de lo que exigimos a los demás, es probable que esa culpa se amplifique y deje de cumplir su función: mantenernos como miembros del grupo. En cambio, nos empuja a estar en grupo a costa de perder poco a poco nuestra esencia. Por eso, la única manera de reducirla no es evitarla, sino atravesarla. Al principio habrá culpa (ese es el peaje), pero poco a poco el cuerpo aprenderá que opinar, disfrutar o descansar no supone un peligro real: no hay rechazo social y, además, nos sienta profundamente bien. — ¿Cuáles son los pilares para recuperar el equilibrio? A lo largo de la vida, es normal sentir que hemos perdido el equilibrio o que hemos fracasado, ya sea por un acontecimiento vital inesperado o porque la inercia de la vida nos lleva a un punto en el que no nos reconocemos, y sentimos mucho malestar. Son esos momentos los que nos invitan a plantearnos un cambio. Para acompañarlo, es útil apoyarse en cuatro pilares: El primero es la sencillez. Aunque todo inicio de cambio necesita un plan, a veces, incluso para planear, necesitamos dejar espacio. Ser conscientes de los huecos en nuestra agenda, de nuestro contexto y de nuestra energía actual ayuda a poner las expectativas en perspectiva. El segundo es la conexión con el cuerpo: aprender a escucharlo y atender de verdad nuestras necesidades. El tercero es la coherencia, esa brújula interna que nos ayuda a distinguir lo que es realmente importante. Y, por último, el cuarto pilar, es el placer, entendido no como un premio, sino como una dirección: algo que nos guía y nos sostiene en la vida diaria. — Si hemos venido a vivir, ¿por qué nos complicamos tanto la vida? Como señala Carlos López-Otín —a quien cito también en mi libro—, hemos aprendido a sobrevivir, pero se nos ha olvidado vivir de manera humana. La expectativa es tan alta y constante que perdemos la capacidad de ponernos en contexto. Cuando nos sentimos mal, resulta tentador buscar soluciones rápidas que prometen eliminar el malestar a base de esfuerzo, en lugar de detenernos, escuchar y comprender de dónde surge ese malestar para poder actuar en consecuencia. Además, el modelo social ha rebajado la importancia de aspectos esenciales de la vida, como los vínculos y el sentimiento de comunidad, o el descanso sin culpa. Estos elementos, que podrían sostenernos y dar sentido a nuestra existencia, suelen pasar desapercibidos en un entorno que valora más la productividad que el bienestar. — ¿Qué es lo esencial para ti? Permitirnos conocernos y observarnos de verdad. Cuando empezamos a entender el lenguaje del cuerpo, se vuelve mucho más sencillo habitar sin culpa aquello que sostiene la vida sin depender de la productividad: dormir, descansar, vincularnos, permitirnos momentos del día sin hacer nada, disfrutar de lo cotidiano. Todo lo demás puede esperar. La vida, no.

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