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Oliver Laxe, Sorogoyen y una bronca tras otra

2026-03-26 - 15:00

Me imagino la pelea dialéctica entre Rodrigo Sorogoyen y Oliver Laxe como la de Liberty Valance y Tom Doniphon, solo que el 'beef' en este caso no fue por un filete ni en un restaurante del Oeste, sino por ego en un karaoke del norte de España. No es un remake castizo de John Ford, pero podría serlo. Un (otro) 'beef', pero sin látigo. Según reveló 'The New York Times', que publicó lo que era ya en el sector un secreto a voces, Laxe le echó en cara a Sorogoyen que hablara mal en una cena de su película, 'Sirat', de rave por los Oscar sin más éxito que 'El agente secreto'. [Pelo al viento. Contraplano de la cara de póker del director de 'Los años nuevos', que asiente y confirma que a Laxe no le importan sus personajes lo suficiente y que tomó una mala decisión técnica en una escena clave]. «Es la cosa más estúpida que he oído en mi vida», comentó el propio Laxe después. En ese momento, supuestamente en broma, se limitó a decirle a Sorogoyen que no era un director de verdad. La bofetada simbólica habría matado a cualquiera, pero no a Sorogoyen, que en temas de seguridad la tiene más grande. [Ruido de placas tectónicas chocando]. Se escuchó crack, pero no se abrió la tierra sino una distancia insalvable, la de dos estilos contemporáneos, el cine trascendental y sensorial del gallego y el realismo del madrileño, que para más coña ha dirigido 'As bestas'. En gallego y con todas las letras. La batalla cultural, a veces, es simplemente un diálogo. Uno más o menos descarnado que, pese a la opulencia, el matonismo o el abismo entre posturas, denota un interés genuino, real, sobre el adversario. Uno que, en lugar de cima (aquí sería el Oscar, que ninguno ha logrado), es cimiento, es base, y sirve no solo para sostener sino también para elevar una industria empeñada en crecer, criticando al de enfrente más que admirando al de al lado. El actual desorden mundial multiplica guerras y divide y desangra naciones, pero cuando son dos mentes pensantes las que se «pelean», las que se enciscan, el nivel sube, la discusión deviene en debate y el debate se convierte en arte en ebullición, incluso cuando la fractura, la distancia, es además física, como el puñetazo de Mario Vargas Llosa a Gabriel García Márquez. Eso sí hizo boom y no el latinoamericano. De la legendaria rivalidad de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora nacieron algunos de los mejores y más memorables versos del barroco. El gran satírico, príncipe de los ingenios, llamó narigudo, judío, ignorante y mal poeta al ángel de las tinieblas sin usar una palabra malsonante. Eso era elegancia y no la melena de Laxe. El del insulto también es un arte, sobre todo en nuestro idioma, tan rico en tacos como el mexicano, virtuoso, poderoso en matices para el escarnio. Igual que el talento para el mal de Bette Davis y Joan Crawford, empeñadas en hacerse perradas en el rodaje de la película '¿Qué fue de Baby Jane?'. Eran el método contra el estilo, pero ambas demostraron gran suspicacia para ponerse zancadillas. Davis instaló en el set de la película una máquina de Coca-Cola solo porque Crawford estaba casada con el director de Pepsi. Y Crawford se metió objetos pesados en los bolsillos para provocarle a Davis una lumbalgia en la escena en la que tenía que arrastrarla. Ni la muerte reconcilió a las actrices, que dieron una de sus mejores interpretaciones en el filme gracias a la tensión y el odio que se profesaban. Aún hoy resuena la frase de Davis al fallecer Crawford: «Nunca debes decir cosas malas de los muertos, solo cosas buenas... Joan Crawford ha muerto. ¡Qué bien!». Odiadores y odiados, todos se necesitaron para ser quienes fueron. Porque, de hecho, en el mundo de los grandes intelectuales, el mayor respeto que se le puede tener a un rival es odiarlo. La cultura, el arte, es algo vivo, como el lenguaje, por eso crece con el debate, con el diálogo, con los puñetazos, literales o figurados. Pasó en la taquilla, que asfixió las salas hace unos veranos estrenando de forma simultánea las dos películas con más pretensión recaudatoria. Del choque entre 'Barbie' y 'Oppenheimer' no salió humo con forma de champiñón sino el 'Barbenheimer', un fenómeno cultural que se volvió viral y conquistó internet con más carne de memes que la cara de tipo duro de Chuck Norris debido a la disparidad entre las películas de Greta Gerwig y la de Christopher Nolan. La rivalidad impulsó el cine pospandemia y alumbró un refugio no a prueba de bombas pero sí del vacío existencial de las olas de calor, del sudor que invita a no pensar ni sentir ni padecer, del mismo modo que la inercia de 'Torrente presidente', el acontecimiento cinematográfico del año en España con más de 16 millones en menos de dos semanas, dinamizó la taquilla de la 'Amarga Navidad' de Pedro Almodóvar, en el abismo ideológico, o no tanto, de la «fabulilla» del expolicía franquista, gracias a la que debutó con unos meritorios 695.370 euros en sus tres primeros días de exhibición. La competencia y la bronca son un motor de creación infalible. Que se lo digan a Truman Capote, que para esbozar con brillantez se enemistó con todas sus amigas de la alta sociedad, sus cisnes . O aquel Fidias contra Policleto, Miguel Ángel contra Leonardo da Vinci o Mozart contra Salieri, que sin llegar a la rivalidad que relata Miloš Forman compitieron en la corte vienesa por los mejores contratos. Maestros contra aspirantes, viejas glorias contra nuevas, amigos contra amigos. Una bronca tras otra... para beneficio de todos.

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