Pérez-Reverte carga contra el cine actual: "La barba de tres días es más falsa que la sonrisa de un político"
2026-02-10 - 06:16
Arturo Pérez-Reverte ha vuelto a disparar con toda su artillería a un tema que seguro que desata más de una reacción entre sus detractores. Lo hizo en su columna semanal Patente de corso, donde, como suele ser habitual, acostumbra a desarrollar sus opiniones de una manera más extensa que en sus redes. En esta ocasión, el escritor y académico pone el foco en un detalle aparentemente insignificante del cine actual, pero que para el cartagenero viene a ser un síntoma de lo que considera uno de los grandes fraudes narrativos de la industria del entretenimiento. Hablamos de la barba de tres días. "La barba cinematográfica de tres días no es complemento facial sino declaración de intenciones", escribe Pérez-Reverte, que tras años observando 'el fenómeno' asegura haber descifrado "el enigma de las arenas" de esa sombra facial perfecta, inmutable y sospechosamente higiénica. No se trata de realismo ni de descuido, sino de una pose estética diseñada para vender complejidad emocional sin tener que construirla. Según el autor, el héroe moderno ya no necesita espada, revólver o gabardina. Hoy basta con una mandíbula sombreada y una mirada de "trauma mal digerido". "Para parecer complejo has de llevar barba de tres días y mirada intensa. Todo muy viril, muy profundo. Y sobre todo, más falso que la sonrisa de un político", sentencia. Miedo al cambio Pérez-Reverte subraya además el carácter antinatural de estas "barbas que ni crecen ni se afeitan, indelebles, permanentes, criogenizadas", que sobreviven intactas a guerras, naufragios, encierros en celdas húmedas o apocalipsis zombis. "El protagonista pasa meses encerrado, alimentado con gachas y desesperación, y cuando sale luce la misma barba que al entrar", ironiza. Una invariabilidad que, en su opinión, revela el miedo del cine actual al cambio real. Para el escritor, afeitarse o dejar crecer la barba como Dios manda sería admitir que el personaje evoluciona, que la vida deja huellas visibles. "Afeitarse sería un riesgo narrativo", apunta, porque implicaría aceptar que algo ha cambiado de verdad. Y eso, en un cine obsesionado con la corrección estética, resulta intolerable. El diagnóstico es demoledor: el cine se ha vuelto "asquerosamente conservador", disfrazando de rebeldía lo que no es más que una repetición de fórmulas seguras. La barba de tres días funciona como atajo emocional y como coartada narrativa para no incomodar al espectador. Pérez-Reverte cierra con una reflexión que va más allá del cine. Antes, recuerda, sabíamos que las películas mentían y no pasaba nada. "El cine sólo era verdad cuando era mentira", decía su amigo Pedro Armendáriz. Hoy, concluye el escritor, nos piden que creamos en una autenticidad prefabricada. Y esa, como la barba perfecta, no engaña a nadie que mire de cerca.