Padres de cafetería
2026-03-18 - 18:40
Hay algo entre muy triste y muy tierno en un padre divorciado con dos niñas preadolescentes intentando serlo en un Vips un martes cualquiera por la tarde. Los refrescos a medio acabar, los deberes de matemáticas abiertos sobre la mesa, un móvil que vibra de vez en cuando. Él explica algo, una de las niñas escucha, la otra mira distraída los cubitos de hielo derritiéndose en su vaso. No parece una escena importante. Pero lo es. La paternidad de muchos está llena de momentos así: padres intentando serlo en tiempos prestados. En fines de semana alternos, parques, trayectos en coche o cafeterías. Pero, en medio de tantas transformaciones sociales, ¿para qué sirve hoy un padre? Porque la verdad es que el padre está en crisis. Massimo Recalcati señala con razón que se ha debilitado el «nombre del padre», la figura simbólica de la ley y el límite. El padre patriarcal, distante y vertical, ha perdido legitimidad. Pero de ahí no se sigue que la función paterna haya desaparecido. Más bien ocurre que cuanto más se diluye su forma tradicional, más visible se vuelve su necesidad. Esto se percibe con especial claridad en contextos de carencia. Las familias que acogemos niños lo sabemos bien. Allí donde ha habido abandono, negligencia o violencia, los niños reclaman algo muy básico: pertenecer. Ser hijo de alguien. No piden solo comida o techo. Lo que tienen es sed de una estructura de relaciones donde alguien ocupe ciertos lugares: el de la madre, el del padre, incluso el de los hermanos. Como si existiera una huella antropológica profunda que empujara a los niños a buscar esa arquitectura mínima de la vida. Y cuando falta, la ausencia se vuelve visible. En nuestra experiencia como familia de acogida hemos conocido a niños que llegan con hábitos de supervivencia más que de convivencia. Niños que mienten igual que respiran. No porque sean especialmente astutos o perversos, sino porque la mentira ha sido durante años una estrategia de supervivencia: mentir para evitar golpes, mentir para conseguir comida, mentir para adaptarse a adultos imprevisibles. Restaurar sus vidas empieza muchas veces por algo tan elemental como reconstruir el valor de la verdad. Y ahí aparece una de las funciones más concretas del padre. La autoridad paterna no consiste en repetir machaconamente «no se miente». Hacer eso, además de escasamente eficaz en estos escenarios, es una caricatura de la autoridad. La auténtica función del padre en este campo consiste en encarnar el valor de aquello que exige: ser el primero en someterse a la norma que transmite. Javier Gomá lo ha formulado con bella precisión al señalar que la verdadera autoridad no reside en el poder, sino en la ejemplaridad. No consiste en mandar, sino en mostrar con la propia vida por qué ciertas normas merecen ser respetadas. Decir la verdad incluso cuando resulta difícil. Reconocer los propios errores. Pedir perdón cuando corresponde. Ser puntual, serio y responsable en el trabajo. Mostrar, en definitiva, que la ley no es un instrumento para dominar a otros, sino una forma de ordenar la propia vida. Pero la función del padre no se agota en introducir límites. También consiste, sobre todo, en abrir horizontes. En la antigua Grecia el niño pasaba sus primeros años en el gineceo, el espacio doméstico femenino. Era el padre quien, llegado el momento, lo sacaba de allí y lo introducía en la ciudad y en la vida pública. Fabrice Hadjadj lo resume con una imagen: el padre no es la cuna que arrulla, sino el caballo que lanza a la aventura. El padre ayuda a sus hijos a cabalgar hacia el mundo real, donde las cosas y las palabras tienen peso, donde el deseo se encuentra con los límites que nos impone la realidad. Y por eso, como también señala Hadjadj, ningún hombre está realmente preparado para ser padre, porque la paternidad es algo que acontece y que transforma a quien la asume. Durante mucho tiempo fue uno de los principales ritos de paso hacia la madurez masculina, y aún hoy muchas investigaciones muestran que sigue siendo una de las experiencias que más responsabiliza y estructura la vida de los hombres. Dejar de ser solo hijo para empezar a ser padre. Ser padre obliga al hombre a salir de la lógica puramente individual, respondiendo por un otro que depende de él. No solo para ponerle límites o empujarle al mundo, sino para darle un lugar. Decirle al hijo quién es. Uno de los gestos más serios de la paternidad consiste en darle un nombre al hijo. Todavía hoy es así: suele ser el padre quien rellena los papeles del hospital que permitirán unos días más tarde formalizar la inscripción de la nueva vida en el registro civil. Pero darle un nombre a un niño (por nacimiento o por adopción) no consiste solamente en registrarlo en un documento oficial: es introducirlo en una historia, una genealogía, una comunidad humana. Hoy que celebramos su festividad, es bueno recordar que en el relato bíblico es san José quien pone el nombre a Jesús, inscribiéndole en una historia concreta. San José, el padre en la tierra de Jesús, es un hombre alejado de cualquier imagen de patriarca o de héroe autoritario. En los Evangelios, de hecho, no habla. Ni una vez. Y es en ese silencio donde aparece una forma de paternidad que muchos reconocemos en padres de nuestro alrededor o en el propio: la del hombre que sostiene, protege e introduce al hijo en el mundo. El padre que enseña un oficio. El padre que acompaña y, llegado el momento, deja marchar. Porque quizá una de las verdades más difíciles de aceptar de la paternidad es que consiste en aprender a perder cercanía. Al principio el hijo lo es todo. Está siempre ahí, al alcance de la mano, completamente entregado a tu cuidado. El escritor Ian McEwan lo cuenta en un momento de su novela 'Lecciones': el padre sostiene al bebé contra el pecho y siente que su corazón late casi al doble que el suyo. Durante un tiempo ambos pulsos se acompasan. Pero sabe que un día dejarán de hacerlo: «Nunca estarían tan unidos. Lo conocería menos bien, luego menos aún». El niño que ahora depende de él tendrá amigos, amores, una vida propia. En ese largo alejamiento, se halla la esencia misma de la paternidad: preparas a alguien para que viva sin ti. Entre la nostalgia del padre autoritario y la tentación de prescindir completamente de él, lo cierto es que los niños de hoy siguen necesitando tener un padre. No necesariamente un padre perfecto, pero sí un padre presente. Aunque sea precariamente, en medio de los accidentes de la vida que te han llevado, un martes por la tarde, a serlo en una cafetería anodina entre los deberes de matemáticas de tus hijas, a las que no ves todo lo que querrías. Unas hijas que adoras, pero con las que, sin su madre, a veces no sabes muy bien qué hacer. Estando todo lo que puedas, te aseguro, ya estás haciendo muchísimo. Felicidades a todos los padres que estáis.