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Padres primerizos a los 40: "No quería un hijo a cualquier precio y con cualquier persona"

2026-03-15 - 07:33

"Yo quería estar muy seguro de que sería padre con la mujer a la que quiero y con la que quería compartir la vida; tuve oportunidades antes con otras parejas, pero no lo veía claro". Sergi, de 46 años, tuvo a su primer hijo a los 41 y resume así por qué retrasó una decisión que siempre había tenido clara. Tenía trabajo estable, su pareja también y los dos gozaban de buena salud, pero quería construir primero una relación sólida antes de lanzarse a la paternidad. Cuando por fin decidieron intentarlo, se toparon con una realidad que no habían anticipado: "Nosotros estuvimos dos años intentándolo; la gente se piensa que a partir de los 40 es fácil ser padres, pero es muy complicado fisiológicamente y muchas parejas tienen problemas para quedarse embarazadas", cuenta. Estuvieron a punto de recurrir a la fecundación in vitro y, justo entonces, llegó el embarazo de forma natural. Hoy su hijo tiene cinco años y Sergi combina la satisfacción de haber esperado "al momento y a la persona" con la sombra de otro pensamiento: "Me habría gustado ser padre antes para poder ver más tiempo a mi hijo; si él es padre a la misma edad que yo, quizá yo apenas conoceré a mi nieto". En España, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la edad media de inicio de la maternidad se situó en 2024 en 32,6 años y la edad media al primer hijo ronda ya los 31,5–31,6 años, frente a los 25 de las generaciones que fueron madres en los años 70 y 80. Los datos oficiales del INE, junto con el análisis de la fundación de estudios Funcas y comparativas de Eurostat, muestran además que los bebés que nacen de madres con 40 años o más han pasado de ser una rareza a representar ya en torno al 10% de todos los nacimientos, una proporción que se ha multiplicado por seis en tres décadas en España, al pasar de alrededor del 2% a comienzos de los 90 al entorno del 10–11% en los últimos años. Ese peso sitúa a España entre los países de la Unión Europea con mayor porcentaje de partos de madres de más de 40 años, prácticamente el doble de la media comunitaria. Empezar a intentarlo con 31, quedarse embarazada a los 39 Giulia tiene 43 años y acaba de ser madre de su segundo hijo; el primero llegó a los 39, después de casi una década llamando a la misma puerta. "Empecé a intentar quedarme embarazada con 31 años y no lo conseguí hasta los 39; fueron ocho años intentándolo, con dos fecundaciones in vitro que no funcionaron", recuerda. Antes había tenido una relación de nueve años en la que no se veía preparada para ser madre y, en esa etapa, priorizó mudarse de Italia a Londres, construir una carrera y vivir una vida de pareja "muy libre". La maternidad entró en escena cuando conoció a su marido actual. Se casaron, empezaron a buscar un hijo y se encontraron con la infertilidad. "Vivíamos una vida de pareja muy libre; queríamos disfrutar antes de pensar en tener un hijo", explica, y admite que también quería consolidar su posición profesional en una empresa donde le costó llegar al puesto que le gustaba. Ahora, con 43 años y un segundo embarazo en marcha, nota el desgaste físico: "Con 43 años estoy mucho más cansada, la barriga pesa más y, además, ya tengo una niña; a los 31 todo habría sido más fácil físicamente". "Hoy tener un hijo o una hija se vive como una elección individual", explica Alexandra Desy, doctora en antropología social y cultural e investigadora del Grupo AFIN de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). "Las personas esperan a tener estabilidad económica, una vivienda en condiciones y una pareja con la que se vean formando una familia", resume. Esa "elección", matiza, está muy condicionada por factores que van más allá de lo que quiera cada cual. La precariedad ocupa el centro de esa lista. Desy cita la combinación de estudios cada vez más largos, empleos temporales, sueldos bajos y alquileres altos como condiciones que empujan hacia arriba la edad del primer hijo. "La precariedad tiene un impacto directo sobre la decisión de tener hijos: tardamos mucho más en estabilizarnos laboralmente y en encontrar un piso o una casa", sostiene. A su juicio, España ofrece pocas políticas que acompañen maternidades más tempranas: faltan escuelas infantiles públicas accesibles, recursos de conciliación en universidades y empresas y bajas de maternidad y paternidad más generosas. Congelación de óvulos Juliana tiene 46 años y una niña de dos; se quedó embarazada poco después de cumplir los 44. "Siempre quise ser madre, pero no lo hice antes porque no tenía una pareja estable; tenía clarísimo que solo tendría hijos con alguien con quien quisiera compartir mi proyecto de vida", explica. A los 38 años congeló óvulos como red de seguridad: si no encontraba a esa pareja, estaba dispuesta a ser madre en solitario. La pareja llegó, pero también las dudas. Él es ocho años mayor y, cuando su hija nació, tenía 52 años; no estaba seguro de querer ser padre a esa edad. "Al principio me pidió tiempo; aproximadamente a los diez meses de estar juntos me dijo que estaba decidido y que, si tenía hijos con alguien, sería conmigo", relata Juliana. Fueron a hacerse pruebas, perdió un primer embarazo muy temprano y después se quedó embarazada de forma natural de su hija. "Mi embarazo fue muy tranquilo, sin náuseas ni vómitos, y el parto fue natural y rapidísimo", recuerda, aunque admite que el susto llegó en la semana 13, cuando el cribado les dio un riesgo de síndrome de Down de uno entre veinte. Las trayectorias de Giulia y Juliana encajan con lo que Desy ve en sus investigaciones. "En la investigación vemos que muchas personas han tenido varias parejas antes de la pareja con la que deciden tener hijos, y cuando no encuentran esa pareja adecuada aumenta la maternidad en solitario", explica. Hoy está más aceptado separarse y rehacer la vida y, cuando el reloj biológico aprieta, algunas mujeres optan por ser madres solas, a veces como "plan A" y otras porque no han encontrado la relación que buscaban. "Hay una acumulación de factores biológicos y ambientales que hacen que la fertilidad disminuya con la edad" Mientras la sociedad empuja a retrasar, la biología marca sus límites. Desy recuerda que en las mujeres la fertilidad disminuye de forma importante a partir de los 35 años, con una caída de la cantidad y la calidad de los óvulos, y que puede dejar de ser posible un embarazo natural hasta diez años antes de la menopausia. "Hay una acumulación de factores biológicos y ambientales que hacen que la fertilidad disminuya con la edad", explica, y añade que en los hombres los factores ambientales parecen afectar especialmente a la calidad del semen, con más alteraciones y más riesgo de aborto espontáneo a medida que cumplen años. Embarazo de "riesgo", etiquetas y miedo A partir de los 35, los protocolos médicos etiquetan el embarazo como de "riesgo". Desy enumera los riesgos asociados a la maternidad tardía: "A partir de los 35 años aumentan riesgos como anomalías cromosómicas, diabetes gestacional, preeclampsia, cesáreas, abortos espontáneos o incluso un mayor riesgo de cáncer de mama cuando se tienen hijos más tarde". Pero matiza que esta categoría está sobredimensionada: "El riesgo máximo se concentra en muy pocos recorridos reproductivos; hay muchas mujeres que han vivido embarazos después de los 35 sin desarrollar ninguna enfermedad y con partos muy buenos". Las etiquetas, sin embargo, dejan huella. Giulia explica que vivió las dos caras del discurso sanitario: "Cuando empecé, a los 31, todo el mundo me decía “todavía eres joven”; a partir de los 35, el mensaje cambió a “ya no eres joven” y “ahora será más difícil”". Juliana habla directamente de "mamá geriátrica" como expresión que escuchó y que no encajaba con cómo se sentía: "Sabía que era un embarazo de mayor riesgo, pero yo no me sentía así; las etiquetas molestan porque te hacen sentir que no vas a poder". No son solo palabras: condicionan la vivencia del embarazo y pueden sumar miedo a dificultades que ya son reales de por sí. Los temores de quienes estrenan hijo a los 40 van más allá de las estadísticas. Juliana y su pareja vivieron uno de los momentos más duros en el cribado de la semana 13, cuando les dieron un riesgo de síndrome de Down de uno entre veinte, muy superior a lo que esperaban. "Lo vivimos casi como una sentencia; teníamos un temor muy grande y hablábamos mucho de quién cuidaría de nuestra hija cuando nosotros no estuviéramos", recuerda, marcada además por la falta de red familiar cercana: su familia está en Colombia y la de su marido también es reducida. En el caso de Sergi, el miedo se ancla en el tiempo compartido: "Me habría gustado ser padre antes para poder ver más tiempo a mi hijo; si él es padre a la misma edad que yo, quizá yo apenas conoceré a mi nieto", confiesa. Tanto él como Giulia y Juliana mencionan también la escasez de amigos con hijos pequeños de la misma edad: muchos de su entorno ya han criado a sus hijos o están en otra fase vital, lo que puede añadir una cierta sensación de soledad en tareas como la crianza o la conciliación. Más madurez, más estabilidad y menos energía Frente a los miedos, quienes llegan a la maternidad y la paternidad con más de 40 años señalan ventajas claras. "Llegar a la maternidad con más de 40 me ha dado madurez; me conozco más, sé lo que quiero y lo que no, tenemos estabilidad económica y nuestra propia casa, y eso nos permite disfrutar con menos preocupaciones", dice Juliana. Giulia coincide en el diagnóstico: "Con la madurez he encontrado mucho más a la mujer que quiero ser; sé mejor quién soy y qué quiero hacer, y eso cambia la manera de vivir la maternidad". "Con la madurez he encontrado mucho más a la mujer que quiero ser; sé mejor quién soy y qué quiero hacer, y eso cambia la manera de vivir la maternidad" Desy lo enmarca en una tendencia que observa en sus investigaciones: maternidades y paternidades más tardías que, a menudo, se viven con "más tranquilidad y más recursos para ofrecer a los niños y niñas". El coste físico y profesional, no obstante, se nota. "Con 43 años estoy mucho más cansada, la barriga pesa más y, además, ya tengo una niña; a los 31 todo habría sido más fácil físicamente", reconoce Giulia. Sergi admite que diez años menos habrían significado más energía para seguir el ritmo de su hijo de cinco años, "con la pila siempre cargada". Carrera laboral y conciliación La maternidad tardía impacta también en la carrera laboral. Juliana habla de un "frenazo": ha dejado de viajar por trabajo, busca teletrabajar y asume que algunas promociones quizá no lleguen, pero asegura que no le importa porque ya había cumplido muchas metas profesionales y ahora su prioridad es su hija. Giulia cuenta algo parecido: sabe que la maternidad cambia su posición en el mercado laboral y por eso ha impulsado un proyecto propio para acompañar a otras mujeres en este tránsito. Esa renuncia, insisten, se vive de manera desigual entre hombres y mujeres. "Los hombres somos un apoyo, pero el peso lo lleva la mujer: el embarazo, el parto, la recuperación, las noches sin dormir; ellas cargan casi todo lo demás", admite Sergi, que cuenta cómo su papel fue "facilitar todo lo posible" mientras la madre de su hijo lidiaba con la lactancia, la recuperación física y el vínculo constante con el bebé. Giulia y Juliana también perciben que, a la hora de conciliar, son ellas quienes reducen viajes, ajustan horarios o frenan una posible promoción para poder estar más presentes. ¿Cómo influye en los hijos que sus padres lleguen a la maternidad y la paternidad a edades avanzadas? Desy señala que hay pocos estudios específicos, pero que la literatura apunta a dos grandes ejes. "Cuanta más diferencia de edad, más distinto es el mundo en el que han crecido padres e hijos, y eso puede generar malentendidos", explica. Al mismo tiempo, muchas de estas familias llegan con más estabilidad laboral y económica y más recursos para ofrecer a sus hijas e hijos, lo que también marca una diferencia respecto a generaciones anteriores. Juliana y su pareja intentan adelantarse a esa brecha generacional: saben que cuando su hija se gradúe del colegio él ya estará jubilado y les preocupa mantenerse activos y conectados para que ella no les perciba como padres "obsoletos". También piensan en cómo suplir la falta de familia cercana de su edad: sus primos en Colombia son mucho mayores y los abuelos están ya en edades avanzadas, lo que puede traducirse en menos red de apoyo cotidiana para su hija. Un cambio estructural que viene para quedarse Para la antropóloga, el retraso de la maternidad y la paternidad no es solo una suma de decisiones individuales, sino el resultado de estructuras que empujan hacia arriba la edad del primer hijo. "Si hubiera más políticas de conciliación, escuelas infantiles públicas accesibles, ayudas económicas y bajas más generosas, muchas personas podrían plantearse tener hijos en edades menos avanzadas", sostiene Desy. Mientras tanto, España sigue combinando maternidad tardía —en torno a uno de cada diez nacimientos de madres de 40+— con una fecundidad muy baja y una natalidad en mínimos históricos, lo que alimenta el debate sobre envejecimiento demográfico y futuro del Estado del bienestar. Entre estadísticas y biografías se dibuja así una generación que ha reordenado el mapa clásico de la vida: primero estudios, después trabajo y mudanzas, luego varias parejas y, por último, el primer hijo cuando el cuerpo empieza a poner límites. No se trata, insiste Desy, de una moda pasajera, sino de un cambio estructural que afecta a la manera de entender la familia, el trabajo y el propio cuerpo. Juliana lo sintetiza con una idea que podría servir de brújula: "El momento ideal es aquel en el que cada persona está lista; para mí era más importante crear un proyecto de familia estable y sano para mi hija que apresurarme a tener un bebé a cualquier precio y con cualquier persona". Si quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escribe a pablo.rodero@20minutos.es. También puedes suscribirte a las newsletters de 20minutos para recibir cada día las noticias más destacadas o la edición impresa.

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