Pedro Almodóvar: «Me he convertido en mi propia musa»
2026-03-15 - 18:43
La oficina de la productora de Pedro Almodóvar parece un museo. Los más de 200 premios se amontonan del suelo al techo entre miles de objetos de memorabilia tan reconocibles como codiciados. Ya dentro de su despacho, el caos se organiza. Apenas adornan las estanterías —repletas de libros, alguno mastodóntico de Taschen— un puñado de galardones. Otra cosa son las fotos: más de 70 instantáneas del manchego con cualquiera que, en los últimos 40 años, haya sido alguien en el cine. Los pocos espacios libres de paredes y suelo los completan pósters de sus películas. En mitad de ese horror vacui trabaja Pedro Almodóvar, ahora sentado ante una vasta mesa para hablar de 'Amarga Navidad', su nueva película , otra vez repleta de autobiografía y autoconciencia. Si en lugar de autor fuera franquicia de Hollywood, se titularía 'Dolor y gloria 2'. Porque Almodóvar se expone de nuevo sin pudor en sus miedos, sus discusiones con los más cercanos, sus soledades creativas, sus egos y sus enfermedades. Nunca sabremos cuánto es verdad, cuánto novelado, cuánto autoficción y cuánto se guarda en los abismos de su reconocible cabeza. «En mi casa, de todos los premios, solo tengo los dos Oscar y los dos Golden Globes». Vuelve Almodóvar a volcarse en sus personajes, un desparrame del yo sobre Bárbara Lennie y Leonardo Sbaraglia, sus dos alter ego en un juego de metacine y metaficción en el que hay veces que hasta parece romper la cuarta pared para dialogar veladamente con el espectador. Lo hace con su quinto trabajo en cinco años (dos cortos y tres películas) que remiten a su época más vital y prolífica, esa década de los 80 en los que se dio a conocer al mundo desde la Movida madrileña. « Nunca como ahora he sentido tanta necesidad de hacer películas. Y yo creo que eso tiene que ver con la edad. Con la sensación de que me queda menos tiempo», explica Almodóvar, que a sus 76 años tiene lista para publicar una novela y ganas de seguir rodando. Esa vitalidad llega, sin embargo, de una realidad inexorable y más dura: «Mi vida se ha reducido mucho: si en los ochenta tenía 30 opciones, en los 2000 tenía 15 y ahora mismo tengo seis. Y esas opciones son tu vida. Por eso me he tenido que fijar más en mí mismo que en lo que me rodea, porque lo que me rodea cada vez es menor: veo a menos gente... Mi exterior ahora es el cine que veo, los libros que leo, los programas que escucho », explica el artista, el más venerado por la industria española. «Por eso me está pasando más y más que de pronto me he convertido en mi propia musa, cosa que no es grata», remata. Aunque tras una pausa insiste: « Me gustaría no tener que seguir mirando dentro de mí. En 'Dolor y gloria' me di cuenta de que me estaba reflejando en lo que escribía y me pregunté si estaba dispuesto a hablar de todo aquello no solo en la película, sino con los periodistas. Porque cuando escribo, soy el ser más libre del universo; pero en el resto de mi vida, no». «La naturaleza del trabajo de un director es, primero, dar órdenes y, segundo, ser obedecido sin cuestionamientos», dice Almodóvar sobre el debate central del filme, en el que el guionista y director va fagocitando las vidas –dolorosas, trágicas– de la gente de su entorno para construir su próxima película. «Yo no me creo un pequeño dios», responde tajante cuando se le cuestiona sobre si ese reproche que recibe el protagonista lo ha sufrido él. Pero, como si se estuviera mirando en un espejo incómodo, confiesa lo mismo que confiesa a través del protagonista de 'Amarga Navidad' : « Ser director te da un poder enorme, descomunal . Yo conozco casos de mandones, de gente que no es buena en su vida, que se nota en sus películas. No doy ejemplos porque no es elegante, pero se nota, se nota, porque hay cosas que el autor no tiene por qué explicar porque le pertenecen legítimamente dentro del set», asegura... Fuera, en la «vida real», la cosa es diferente: «Tengo una ley no escrita y la he llevado a cabo toda mi vida: no me he liado nunca con nadie que haya trabajado en una película mía». Porque Almodóvar tiene claro el material con el que trabaja dentro de un rodaje: «Tienes que tener mucho cuidado a la hora de dirigir a la gente. Yo sé que es delicado porque invito a los actores a que se sumerjan lo más profundamente que puedan en lo que yo les ofrezco, y esa es una inmersión delicada porque trabajan con un banco de dolor y de experiencia que puede fracturar a mucha gente». Sabe de lo que habla quien a sí mismo, entre ironía y seriedad, se define como «una vaca sagrada». Figura central del cine español durante casi 50 años, Almodóvar es consciente de la presión que conlleva su nombre —aunque, seamos sinceros, la lleva sin aparente pesar—. «Probablemente sea uno de los pocos directores, si no el único, que hace exactamente la película que quiere hacer. Algunas salen mejor, otras regulares y otras mucho mejor. En todas, incluso en las que no me gustan, hay partes que me encantan tanto como otras que no me gustan nada», dice. Sobre esas «obras menores» hay en la película un momento brillante: la larga y fructífera conversación entre Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón en el Parque del Retiro a cuenta de la creación, del derecho del autor a explorar las biografías de los más cercanos, de lo que debe o no debe hacer un creador con su obra y vida, en el que debaten de la necesidad de las películas rodadas en sus últimos años de carrera por Fellini o Bergman . Con todo lo autobiográfico que hay 'Amarga Navidad', y con todo lo rodado por Almodóvar estos últimos años de vida, la pregunta es obvia: «No, por Dios. No me comparo ni de coña con Fellini ni con Bergman». Pero acto seguido reconoce que su última película «es la más bergmaniana de todas» y que le divierte jugar con esa idea de «película menor» que, sin embargo, los seguidores de los autores más personales acaban devorando. «Creo que en 'Amarga Navidad' he hecho una buena película, perdonad mi falta de humildad», dirá después, socarrón. Porque Almodóvar reconoce que lo que más original le parece de 'Amarga Navidad' es que «la película se cuestiona a sí misma dentro de la película». Igual que la protagonista (la estupenda Bárbara Lennie, una directora y guionista en un momento complejo de su vida) está siendo escrita por otro director y guionista que a su vez está siendo movido por Almodóvar. «Sbaraglia es una suerte de alter ego mío, no total, porque nunca nadie es un alter ego de nadie, pero me divertía también el hecho de poder cuestionar al director, que era un modo como de agredirme a mí mismo que me divertía mucho», explica. Ese fuego amigo controlado —«no es una autoflagelación porque yo me cuido y donde me duele no me castigo»— es el corazón de la película. «Cuando Sbaraglia dice que soy pudoroso y hermético, eso me pertenece absolutamente a mí», sentencia el manchego. Ya saben lo que dijo Picasso: «El arte es una mentira que nos acerca a la verdad». O también: todo lo que se dice en esta película es verdad salvo lo que es mentira.