Petróleo y uranio: críticos en las negociaciones de EEUU e Irán
2026-02-14 - 07:25
El estrecho de Ormuz es un enclave geográfico estratégico en el comercio mundial, en especial para el petróleo. En 2024, circularon en la zona más de 20 millones de barriles de crudo en promedio diario, aproximadamente un 20% del consumo mundial. Así, su acceso representa una ruta marítima crítica para el trasporte de petróleo. En ese sentido, Irán juega un papel clave, no sólo por colindar por el norte con el Estrecho de Ormuz, sino por ser el tercer país con mayor producción de crudo de la OPEP en 2024, tras Arabia Suadí e Iraq, y por su capacidad para influir en el precio del petróleo. Esta posición geográfica estratégica y la acumulación de uranio enriquecido en los últimos años hasta un 60% de pureza, unido a la falta de transparencia sobre el programa nuclear iraní desde 2019, han sido los principales elementos de las tensiones militares entre Israel e Irán ante el riesgo de que el régimen de los Ayatolas desarrolle un arma nuclear. Este desafío provocó que en junio del año pasado EEUU bombardease las 3 principales instalaciones nucleares iranís. Tras este suceso, Irán amenazó con cerrar el Estrecho de Ormuz. Sin embargo, las amenazas quedaron en palabras, ya que la clausura de dicho enclave perjudicaría especialmente a la economía de la república islámica. Si rebobinamos a diciembre del año pasado, Irán vuelve al ser protagonista de los conflictos geopolíticos a nivel global, en una coyuntura en el que el orden mundial surgido después de la II Guerra Mundial ha perdido vigencia. La depreciación del rial iraní, el aumento de la inflación, la continua represión política y la corrupción provocaron una histórica movilización de la población en protesta al régimen de los Ayatolas que lidera Alí Jamenei. Según la ONG HRANA, se estima que en las concentraciones murieron aproximadamente 6.842 personas, mientras que las autoridades de Teherán han informado por el momento de 3.117 víctimas mortales. Ante la inestabilidad política y las previas desavenencias entre la primera potencia mundial e Irán, se incrementaron las amenazas de una posible intervención militar de EEUU en el país. Prueba de ello, fue que en enero el presidente Trump aumentó su presencia militar naval y aérea en el mar Arábigo, advirtiendo al régimen de un posible ataque en caso de que no se llegue a un acuerdo diplomático. A su vez, la Casa Blanca también impuso un arancel del 25% sobre las importaciones de bienes procedentes de países que mantuvieran relaciones económicas con Irán. Las consecuencias no se hicieron esperar, ya que el repunte de las tensiones geopolíticas entre Washington y Teherán provocó significativas fluctuaciones en el precio del crudo ante las posibles disrupciones de su suministro. En los últimos días, EEUU ha demostrado su lado más diplomático al abrir la mesa de negociaciones con Irán. De esta forma, recientemente se iniciaron en Omán contactos entre el enviado estadounidense Steve Witkoff y Jared Kushner, y el canciller iraní Abbas Araghchi, centrando por el momento los intercambios en el enriquecimiento de uranio de Teherán. Durante las conversaciones, la república islámica remarcó que no aceptará detener por completo su programa nuclear. Sin embargo, las intenciones iniciales de la Casa Blanca iban más allá. La primera potencia mundial pretendía tratar con Teherán no sólo el programa nuclear sino también el arsenal militar, el apoyo del régimen de los Ayatolas a milicias armadas en la región de Oriente Medio y la represión tras las protestas de diciembre. No obstante, este acercamiento es el primero de una ronda de negociones entre ambas naciones que continúe a lo largo de esta semana. Se espera que esta serie de pasos conduzca a un entendimiento entre ambas potencias y evite una escalada militar. Teherán ha dejado claro que, en caso de intervención militar estadounidense, sus esfuerzos armamentísticos no sólo se limitarían a un posible cierre del Estrecho de Ormuz, sino a la posible coalición con los aliados más cercanos al régimen de los Ayatolas como Hezbolá en el Libano, los hutíes en Yemen o las milicias rebeldes en Iraq. Además de posibles ciberataques, ofensivas contra infraestructuras críticas e incursiones a bases estadounidenses en la región, muy diferente a su respuesta del pasado verano.