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Política de altura

2026-03-01 - 08:53

Tras cuarenta y cinco años de teorías conspiranoicas, versiones contradictorias y la siembra de dudas en torno al golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, la desclasificación de los papeles del asalto al Congreso han arrojado luz entre tantas sombras. El papel del rey emérito fue objeto de dudas en estos años y tras estos días ha salido beneficiado. Su intervención fue clave para el mantenimiento de la democracia y para el fracaso del intento golpista. Esto formará parte del lado positivo de su legado cuestionado, en cambio, por otras actuaciones más controvertidas. Es injusto querer analizar con los ojos de hoy la realidad de la España de los albores de los años ochenta. Eran los años de plomo de ETA. Un país que cada mañana amanecía con un nuevo asesinato de la banda terrorista. Siendo el año 1980 de los más sangrientos, con casi un centenar de víctimas civiles y militares. La inflación estaba desbocada superando el 15% a pesar del esfuerzo de los Pactos de la Moncloa y el ruido de sables en los cuarteles era constante. Todo ello unido a una debilidad política evidente que quedó plasmada en la dimisión de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. Este intento de golpe de Estado no era un hecho aislado y la democracia volvía a estar en peligro. Fue decisivo que la inmensa mayoría del ejército no respaldara a los golpistas y la desautorización pública del Jefe del Estado. España elegía futuro frente a pasado. Todos estos años hemos asistido a teorías que cuestionaban la actuación del anterior monarca, algo que resultaba sencillo a la vista de los despropósitos, las actuaciones impropias y los escándalos posteriores que hemos conocido con el tiempo. Lo que resulta indudable, sin embargo, es el papel que desempeñó como garante de nuestra joven e incipiente democracia. Esto último ha llevado al Partido Popular de manera precipitada a plantear su regreso de manera incondicionada. Este planteamiento ha sido acertadamente matizado por el actual jefe del Estado y la Casa Real, supeditando ese retorno al requisito de fijar su residencia fiscal en España. Esa decisión no sería inocua y obligaría a aflorar lo que sí resulta controvertido, y difícil de entender, que es el actual patrimonio del emérito. Al margen de esta polémica, la desclasificación de los documentos del fallido golpe del 23-F también nos sitúa ante el espejo del papel de los políticos en los momentos claves de la historia reciente de nuestro país. Hoy resulta impensable que se aparquen las diferencias, se abandone la crispación y se sitúen los intereses de los españoles por encima de tacticismos electorales. En cambio, en ese momento fueron capaces de hacerlo. Cedieron, pactaron y actuaron con generosidad a pesar de las amenazas reales, los atentados un día sí y otro también y la crisis económica que atravesaba España. Actuaron con altura de miras y consolidaron la democracia. Quienes en la actualidad con ligereza critican a aquellos dirigentes adolecen en demasiadas ocasiones de esa generosidad política. Ojalá esa lección se abriera paso en la España que disfrutamos donde el conflicto, el enfrentamiento permanente y la polarización parece orillar la mirada común que debemos tener en búsqueda del interés general de los españoles. Ese espíritu de la Transición hoy está ausente entre nosotros.

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